Financial Times

Perder el miedo puede ser liberador… y peligroso

La repetida experiencia diaria de hacer las cosas por lo menos adecuadamente ayudó un poco. Lo que ayudó más fue fracasar de vez en cuando y darme cuenta de que en realidad uno no se muere.
Lucy Kellaway
16 noviembre 2014 20:51 Última actualización 17 noviembre 2014 5:0
Gente. (Bloomberg)

La repetida experiencia diaria de hacer las cosas por lo menos adecuadamente ayudó un poco.. (Bloomberg). (Bloomberg)

En los últimos meses me he dado cuenta de algo extraño sobre mi misma. Ya no tengo miedo. Durante toda mi vida laboral he tenido miedo. Miedo de fracasar. Miedo de hacer el ridículo. Pánico de hablar en público. Terror de no dar la talla. Y sobre todo, espantada de que alguien se diera cuenta.

Si dibujara un gráfico que trazara el miedo contra la edad, mi nivel comenzó bastante alto. Cuando ingresé en la fuerza laboral a los 21, estaba aterrorizada porque me di cuenta que yo no sabía nada; aunque a la misma vez no saber nada me protegía de entender cuán aterrador iba a ser el trabajo.

Con el pasar del tiempo sentí mucho más miedo al darme cuenta de que casi todos los demás parecían saber lo que hacían. Cuando comenzaba a sentir menos miedo, me mudaba a un trabajo nuevo y el miedo resurgía. El ascenso no ayudaba mi condición – la empeoraba.

Hasta cierto punto tener hijos ayudó ya que parte de la ansiedad se canalizó hacia ellos en vez de hacia el trabajo. Entonces, hace como diez años, el miedo se estabilizó y poco a poco comenzó a disminuir.

La repetida experiencia diaria de hacer las cosas por lo menos adecuadamente ayudó un poco. Lo que ayudó más fue fracasar de vez en cuando y darme cuenta de que en realidad uno no se muere. Pero entonces, en algún momento hace un año o dos, el impulso cambió de repente y el gráfico comenzó a descender dramáticamente.

Desde entonces el cambio hacia la intrepidez ha sido extraordinariamente rápido. A este paso, pronto llegaré al punto del post-miedo total.

Ahora si me piden hacer las cosas que antes me aterrorizaban, las hago sin pensar. La semana pasada di una charla en una cena donde había muchísima gente importante y al subir al escenario sentí la extraña sensación de que se me había olvidado algo. Y entonces me di cuenta que lo que había dejado atrás era el miedo.

Para descubrir si otros sentían lo mismo, he pasado los últimos dos días merodeando con una pluma e invitando a personas de más o menos mi edad a trazar sus propios gráficos del terror.

Mi conclusión tentativa es que soy totalmente estándar. Los gráficos de cada uno son diferentes, pero hay características comunes. Muchas personas entre 50 y 55 parecen haber experimentado la misma disminución en sus niveles de miedo sobre el trabajo.

Los dos o tres periodistas de cincuenta y tantos años con quienes hablé que dijeron que sentían el mismo miedo de siempre tenían trabajos tan aterradores que tendrían que ser idiotas para no sentir ansiedad perpetua. Cuando le pregunté al editor del Financial Times si había llegado al post-miedo, me dio una respuesta enfática: definitivamente no.

Pero para los demás, hay muchísimas razones para perder el miedo al llegar a este momento en nuestras profesiones.

Algunas son las mismas razones por las cuales las personas llegan a ser más felices cuando llegan a los cincuenta y tantos años. Uno tiene la mayor parte de la carrera detrás, es menos ambicioso y no va a sufrir una caída tan alta. Goza de mayor seguridad financiera, así que el gran terror de ser despedido no tiene tanto impacto. Uno también ha hecho las paces con sus habilidades y sus defectos. Y por fin se ha dado cuenta de que muchas de las otras personas no son tan hábiles como uno antes temía.

De cierta manera, el post-miedo es totalmente recomendable. Quiere decir que uno se desliza por la semana laboral sin un nudo en el estómago. Uno duerme mejor y está generalmente de mejor humor.

Sin embargo, como empleado, ser intrépido no es una ventaja tan evidente. Quiere decir que los incentivos de siempre ya no funcionan.

Uno de los hombres sentados conmigo en la cena de la semana pasada era un ex jefe ejecutivo que dijo que manejar al grupo post-miedo de los cincuenta y tantos era muy difícil ya que son a la vez los mejores empleados – y los peores. Su mejor atributo es que sabes que casi siempre te van a decir la verdad – y toda organización necesita unos pocos intrépidos que hagan tal cosa.

Pero por otra parte estar en la etapa de post-miedo puede ser un desastre, porque nos puede volver complacientes y darnos un exceso de confianza. Estas características son más desventajosas mientras más alto se sube; si uno dirige una empresa y no le tiene miedo a nada, uno es peligroso y debería ser removido de su cargo inmediatamente antes de que pase algo malo.

El miedo es esa cosa vital que mantiene vibrante a una organización. No el miedo avivado por un autócrata, sino el miedo natural de no ser lo mejor posible. Éste es el mejor motivador que yo he conocido, y lo único que me anima a trabajar arduamente. Es el miedo de ser basura lo que lo salva a uno de no ser en realidad basura.

Así que si llego al post-miedo, mi peor miedo anterior estará a punto de hacerse realidad: voy a ser inútil en mi trabajo. Lo cual me da algo nuevo que temer. Lo único que hay que temer es el miedo que no se tiene.

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