Financial Times

Obama, entre los hidrocarburos y el legado ‘verde’

Para un presidente que trata de cimentar sus credenciales como campeón del medio ambiente, el tributo a los combustibles fósiles parece incongruente. Pero la revolución de la energía de esquisto y sus riesgos, ponen a Barack Obama en una situación difícil.
Barney Jopson
08 mayo 2014 20:17 Última actualización 09 mayo 2014 7:34
Obama en la Cumbre Nuclear de La Haya. (Reuters)

El presidente no ha tenido reparos en tomar el crédito por los beneficios económicos del auge de la energía. (Reuters)

Esta semana la Casa Blanca celebró el auge energético en Estados Unidos, poniendo de relieve que EU se ha convertido en el mayor productor de gas natural del mundo, que extrajo más petróleo de lo que importó en los últimos seis meses, y que ha generado nuevos empleos y crecimiento económico.

Para un presidente tratando de cimentar sus credenciales como un campeón del medio ambiente, el tributo a los combustibles fósiles parece incongruente. Pero la llamada revolución de la energía de esquisto y sus riesgos ambientales están poniendo al presidente Barack Obama en una situación difícil, al tener que debatirse entre la necesidad de fortalecer la economía de EU y su deseo de dejar un legado “verde”.

La tarea se hace más difícil para Obama debido a los poderosos grupos de interés que lo asaltan desde ambos flancos: el lobby verde dice que ya ha sido demasiado permisivo con la energía de esquisto, mientras que el lobby del petróleo y del gas dice que no lo ha sido suficientemente.

El Presidente no ha tenido reparos en tomar el crédito por los beneficios económicos del auge de la energía, uno de los puntos más brillantes en una economía estadounidense aún frágil. Pero a medida que dirige un delicado curso entre intereses opuestos con respecto a una serie de cuestiones –las emisiones de gases de efecto de invernadero, las excepciones regulatorias, las exportaciones de energía, la exploración en tierra federal– los analistas independientes dicen que aunque ha hecho poco para ayudar al auge del esquisto, también ha hecho poco para obstaculizarlo.

El gobierno de Obama rechaza la noción de que se enfrenta a una elección binaria con respecto a la energía de esquisto: más empleos para los estadounidenses hoy día –el boom ha creado 133 mil de ellos en los últimos tres años– o un planeta habitable para sus hijos.

John Podesta, el asesor de la Casa Blanca quien habló con los periodistas acerca de la energía esta semana, hizo hincapié en que quemar gas natural de rocas de esquisto le permitió a EU generar energía limpia a partir de combustibles fósiles –y reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero– ya que produce mucho menos dióxido de carbono que el carbón. A más largo plazo, dijo, el gas es un “puente” entre un mundo que necesita la energía de combustibles fósiles y uno que pueda funcionar solamente con energías renovables como la solar o la eólica.

El mayor riesgo climático que presenta el gas de esquisto no es el de las plantas de producción de energía, sino más bien los sitios de la fracturación hidráulica o “fracking”, donde el metano “fugitivo” –un gas de efecto de invernadero más potente que el dióxido de carbono– puede escapar a la atmósfera, a pesar de que esa cantidad todavía no se ha medido con precisión. La Casa Blanca dijo en marzo que decidiría para este otoño si esta actividad necesita ser regulada. Los ambientalistas dicen que sí; el Instituto Americano del Petróleo, el principal grupo de lobby petrolero, advirtió que las nuevas reglas podrían tener un “efecto paralizador”.

Los gobiernos estatales son los principales reguladores de la industria del petróleo y gas, pero Obama ha sido criticado por no usar sus poderes ejecutivos para poner fin a las exenciones concedidas en virtud de los presidentes anteriores –incluyendo a George W Bush– que eximen a la industria de partes de las leyes federales, incluyendo la Ley de Agua Potable y la Ley de Aire Limpio.

En las áreas circundantes a los sitios de perforación en los estados de Colorado a Pensilvania, persisten las preocupaciones del público con respecto a la contaminación del agua debido a pozos con goteras, la reticencia de la industria para divulgar los productos químicos que utiliza en el proceso de “fracking”, y la contaminación del aire.

“No existe una buena razón” para las exenciones legales, dice Ilmi Granoff del Overseas Development Institute, un centro de estudios independientes en Londres. “No tiene sentido eliminar algo que protege la salud pública”.

La industria de la energía y sus aliados dicen que los efectos ambientales de la revolución de esquisto son manejables. Igual que el exceso de regulaciones, se quejan de que el gobierno de Obama ha frenado la revolución de esquisto al atrasar la toma de decisiones.

Los republicanos en el Congreso federal han estado apurando proyectos de ley para acelerar la aprobación de permisos para la exportación de gas natural licuado de EU a Europa, argumentando que esto resultaría en una mayor producción y más empleos bien remunerados en EU. Pero la Casa Blanca, en vista de los demócratas que oponen más “fracking”, se mantiene indecisa.

Las quejas de la industria, sin embargo, pueden ser muy miopes, dicen algunos medioambientalistas. Fred Krupp, presidente de Environmental Defense Fund, dice: “Muchos estadounidenses han perdido la confianza en el desarrollo de la industria del gas de esquisto, y se necesitan fuertes regulaciones si la industria pretende mantener su licencia social para operar”. Si es así, la capacidad de Obama para cosechar los frutos económicos del gas de esquisto no está necesariamente en contra de una política medioambiental más estricta. De hecho, bien podría depender de ella.

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