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Mi método para lograr más con un brazo roto

Los fabricantes de equipos debían dedicarse a producir tecnologías incómodas para las oficinas — teclados anti-ergonomicos, y ratones que fueran tan difíciles de controlar como los carritos de supermercado — haciéndonos de nuevo maestros de nuestras computadoras en vez de viceversa.
Lucy Kellaway
17 abril 2016 20:43 Última actualización 18 abril 2016 5:0
FT. Mi método para lograr más con un brazo roto.

Escribir en el teclado y mover el ratón son tan difíciles que he tenido que escoger una tarea y dedicarme a ella. (El Financiero)

Hace dos semanas regresaba a casa en bicicleta después de visitar a mi padre de 90 años, quien se había caído y fracturado la cadera. Era una bella noche de primavera, mi bicicleta estaba recién ajustada y yo corría sintiéndome agradecida de no estar vieja, frágil e inmovilizada.

A la mitad de Dalston Lane, el joven vestido a la moda que iba en bicicleta en frente de mí dio la vuelta en una esquina a demasiada velocidad, perdió el control de su bici y cayó en frente de mi rueda delantera. Yo me asusté, di un viraje brusco y también me caí.

Tumbada en el asfalto, sentí un déjà vu. Lo primero que me pasó por la cabeza fue: he tenido un accidente de bicicleta, otra vez.

Los lectores de esta columna estarán sintiendo un déjà vu también. No es la primera vez que han tenido que leer sobre una caída de mi modo favorito de transporte. Cuando me presenté en el trabajo al día siguiente, un colega le echó una mirada a mi brazo inútil colgado en un cabestrillo, y dijo: “¡Qué fastidio! Ni siquiera podrás sacarle una columna, pues eso ya lo escribiste”.

En aquel momento, estuve de acuerdo. Pero dos semanas después, cambié de opinión. La cadera rota de mi padre y mi propio brazo roto me han enseñado dos lecciones sobre cómo lograr más que son tan profundas que siento el deber de compartirlas.

Cuando me caí de la bicicleta el año pasado, aterricé de cara, y salí con un ojo morado y rasguños en la frente, la mejilla y el mentón. El tema de la columna que escribí entonces era como pretender ser una profesional cuando una luce como la víctima del abuso doméstico. El artículo ahora me parece de interés limitado, aunque sí recibí un correo electrónico de una mujer que se había caído de su bicicleta, había perdido siete dientes y había ido a la oficina el día siguiente para dirigir una reunión. Esta vez lo que aprendí es de mayor atractivo. Las dos fracturas establecieron dos leyes contraintuitivas de productividad que cualquiera puede usar.

La primera ley la inventé yo misma y dice así: si uno reduce la velocidad de la tecnología, irá más rápido.

Tengo una pequeña fractura en la parte superior del brazo derecho, lo cual significa que puedo mover los dedos y la muñeca, pero el brazo está amarrado y sólo puedo escribir muy despacio. En vez de ser un desastre para alguien que se pasa el día entero en el teclado me ha hecho escribir más eficientemente que en muchos años.

Ya que escribir es difícil, he tenido que practicar el muy olvidado arte de pensar antes de escribir, un requisito de la máquina de escribir manual, cuando las limitaciones de la botella de líquido corrector significaban que había que hacerlo bien la primera vez. Ahora, gracias a la infinita tolerancia por los errores de mi computadora, no pienso dos veces en hacerlo mal 20 veces antes de finalmente agarrar el control y escribir algo inteligible.

Mientras que la mano derecha apenas puede escribir, operar un ratón es demasiado, y he tenido que pasarle la tarea a la mano izquierda, que está completamente incapacitada para hacerlo. Ahora veo que hacer clic en cualquier cosa me hace sentirme como un concursante en The Golden Shot, el programa de juegos de la televisión británica de la década de los 1970 en el cual un camarógrafo con los ojos vendados sostenía una ballesta y era guiado por un concursante hacia dónde debía apuntar: un poco más arriba. Pare. Un poco a la izquierda. Pare. Un poco más arriba. . . Fijar el maldito cursor en la posición correcta es tan arduo que la multitarea ha perdido todo su atractivo. No hay ninguna tentación de pasar el día revoloteando del correo electrónico a Twitter a eBay y de vuelta. He tenido que escoger una tarea y dedicarme a ella.

He descubierto estos placeres por el camino difícil, pero no veo por qué no se pudieran disfrutar sin caerse de una bicicleta. Cualquiera puede operar un ratón del lado equivocado, aunque debo advertir que la curva de aprendizaje es tan inclinada que después de unos pocos días la mano izquierda empezó a acostumbrarse, echando al traste la productividad.

Se necesita una solución más permanente. Los fabricantes de equipos debían dedicarse a producir tecnologías incómodas para las oficinas — teclados anti-ergonomicos, y ratones que fueran tan difíciles de controlar como los carritos de supermercado — haciéndonos de nuevo maestros de nuestras computadoras en vez de viceversa.

La segunda ley contraintuitiva de la productividad no es totalmente mi propio invento. C. Northcote Parkinson fue el primero en observar la indisputable verdad que el trabajo se expande para ocupar el tiempo disponible. Pero en los últimos días he estado encogiendo el tiempo de forma tan drástica — a veces dejando de trabajar a las 4 pm para ir a ver a mi padre — que he comenzado a preguntarme si Parkinson fue suficientemente lejos. Si uno reduce las horas de trabajo, no sólo logra lo mismo, puede lograr más. Lo que puedo hacer en cuatro horas cuando estoy concentrada en el trabajo es más de lo que puedo hacer en 10 horas cuando no lo estoy.

De nuevo, no se necesita un padre con la cadera rota para animarse a intensas sesiones de trabajo. Sólo se necesita algo — cualquier cosa — en nuestras vidas que reclame nuestro tiempo con más urgencia que el trabajo para movernos por las tareas con toda prisa.

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