Financial Times

Mi futuro como una aprendiz de mediana edad

Los grandes empleadores insisten en llenar sus puestos de entrada con graduados, porque cuestan menos y tienen más entusiasmo. Pero los aprendices longevos no tienen por qué ser más costosos.
Lucy Kellaway
06 abril 2014 18:5 Última actualización 07 abril 2014 5:0
oficina móvil de Microsoft

A los recién graduados les pudiera parecer un exceso tener que competir con aprendices entrados en años. (Cortesía)

La semana pasada un consejero de finanzas me hizo una visita para hablar sobre mi pensión. Hasta ese momento yo pensaba que el momento de mi retiro quedaba muy lejos, pero este hombre comenzó la reunión diciéndome que yo ya había llegado a la edad de retiro (temprano).

En teoría, podría comenzar a cobrar una pensión en unas pocas semanas, cuando cumpla los 55.

Esto ha instigado una crisis existencial. ¿Cómo podría estar llegando al final de mi carrera cuando todavía no he decidido lo que quiero ser cuando sea grande? Me quedan unos 20 años de trabajo, lo cual debería darme suficiente tiempo para comenzar de nuevo en un campo bastante diferente.

Cuando comencé en el periodismo tenía 24 años, y me estaba recuperando de una carrera fracasada en JPMorgan. No tenía ni idea si me iba a gustar la vida de periodista más que la vida de banquera, pero decidí probarla. Me gustó. Me gusta. Y por eso lo sigo haciendo 30 años más tarde.

Se podría decir que ésta fue una historia feliz. Tengo la buena fortuna de haber encontrado un empleo que me satisface. Pero este modelo de carreras profesionales – en el cual uno se tropieza con algo cuando tiene alrededor de veinte años y termina haciéndolo por el resto de su vida – siempre fue pobre, y se está volviendo más pobre. Era difícil cuando una carrera duraba 40 años, pero ahora que la mayoría trabajamos 50 años o más, no tiene ningún sentido.

Muchos de mis contemporáneos que han labrado el mismo surco por más de un cuarto de siglo, en realidad ya deberían estar haciendo otra cosa. A la mayoría les entusiasma menos su trabajo que hace 10 años; algunos están tan aburridos que podrían ponerse a gritar. Pero en vez de cambiar, se aferran, impidiendo que otros entren. El sistema no favorece a nadie.

¿Entonces, qué otra cosa podrían hacer? Algunos giran hacia actividades relacionadas. Los editores se convierten en agentes literarios; los periodistas (Dios los guarde) se dedican a las relaciones públicas; los abogados se convierten en jueces. Otros “se meten a portafolio”, haciendo un poco de esto y un poco de lo otro – un puesto no ejecutivo aquí, un poco de filantropía allá. Algunos fundan sus propias empresas, se convierten en empleados “freelance” o convierten un hobby en un trabajo. Conozco a un ex abogado que se volvió fotógrafo. Y un ex maestro que ahora es escritor.

Si uno escribe “nueva carrera a los 55” en Google, encuentra una lista de ocupaciones que reciben aprendices entrados en años, pero ninguna es exactamente lo que yo pensaba. ¿Trabajador de la salud? ¿Detective privado? ¿Guía turístico? ¿Psicólogo? Lo único que uno no puede hacer a los cincuenta y tantos años es pretender que uno tiene 22 años de nuevo.

Pero en realidad no veo por qué no. ¿Por qué no puedo ser considerada para los tipos de empleos que me llamaban la atención cuando me gradué: la administración pública, la publicidad, la industria petrolera – la banca. Si JPMorgan me contratara de nuevo – no es que lo esté pidiendo, es sólo un decir – yo sería mucho mejor candidata que la perdedora de tiempo con cara de desprecio que contrataron hace 32 años.

Los grandes empleadores insisten en llenar sus puestos de entrada con graduados porque cuestan menos y tienen más entusiasmo. Pero los aprendices canosos no tienen por qué ser más costosos. Los profesionales de cincuenta años podrían darse el lujo de comenzar al fondo de la escala salarial si han pagado la hipoteca y sus hijos se han ido de casa.

Igualmente, serían más avispados que una avispa. Si yo cambiara de carrera ahora, con un tiempo finito para aprender nuevas técnicas, me esforzaría como nunca antes. Sin la competencia del cochecito de bebé en el pasillo, hasta las horas largas serían menos dolorosas. Y habiendo dejado atrás la crianza de niños, los hombres y las mujeres – por primera vez – comenzarían con verdadera igualdad.

A los recién graduados les pudiera parecer el colmo tener que competir con aprendices entrados en años – pero tal vez para ellos no estaría del todo mal. Encontrarían menos atolladeros más tarde en el camino, y eventualmente ellos también podrían gozar de dos carreras.

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