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FINANCIAL TIMES: Los cilicios lucen mejor en los ejecutivos

10 febrero 2014 4:17 Última actualización 29 octubre 2013 5:2

[Las empresas apliican medidas para evitar gastar el dinero en cosas que no sean de importancia para los clientes. / Bloomberg] 


 

 
Por Andrew Hill
 
 
Había algo familiar en los informes sobre un clérigo alemán apodado “el obispo del lujo” que había gastado 15 mil euros (20 mil 608 dólares) en una bañera para su nueva residencia palaciega. El Papa ha suspendido a Franz-Peter Tebartz-van Elst,Obispo de Limburg, mientras que las remodelaciones de su hogar son auditadas. No hay evidencia de que el obispo haya hecho algo indebido, y mucho menos ilegal. Pero el asunto trae recuerdos de la notoria compra del deshonrado presidente ejecutivo de Tyco, Dennis Kozlowski, de una cortina de baño de 6 mil dólares estampada con motivos florales de oro y burdeos, con dinero en efectivo y préstamos de la empresa.
 

Sucede que, Kozlowski, condenado por fraude corporativo en 2005 y en espera de audiencias de libertad condicional, dejó recientemente una prisión de seguridad mínima por un trabajo de oficina, como parte de un programa de trabajo de liberación. Reingresará en un mundo corporativo diferente, donde son los ejecutivos quienes están usando los cilicios.
 

Un día después de la decisión del pontífice sobre la supuesta extravagancia episcopal, el arzobispo católico de Gran Bretaña Vincent Nichols y otros líderes de la iglesia dieron la bienvenida a los príncipes de las empresas británicas a la última conferencia en Londres acerca de cómo restaurar la reputación de las empresas a través de la buena conducta.
 

Uno de los requisitos es que deben rechazar la ostentación. De hecho, deben ir más allá y firmar el credo de la frugalidad ostentosa. Tiene sus paralelos en el sector público. China ha ordenado a los funcionarios estatales a cambiar sus ostentosos estilos de vida.
 

Sudáfrica también ha tomado medidas contra los beneficios de los funcionarios públicos, destruyendo las tarjetas de crédito del gobierno, endureciendo las normas de viaje y prohibiendo el uso de fondos públicos para comprar alcohol.
 

Algunas empresas ya están aplicando el credo. No hace ningún daño a los esfuerzos de rehabilitación post-crisis de Barclays que su presidente ejecutivo Antony Jenkins que, desde su actitud humilde hasta su apellido común, parece la antítesis de su predecesor Bob Diamond. Otros ejecutivos se han puesto los cilicios hace tiempo. La frugalidad de Warren Buffett es conocida (y bien publicitada), mientras que Amazon, de Jeff Bezos, busca no “gastar el dinero en cosas que no sean de importancia para los clientes.” En el libro The Everything Store, sobre la empresa, Brad Stone cuenta cómo los nuevos reclutas reciben una mochila que contiene un adaptador de corriente y una base dock de una computadora portátil. Cuando se van, tienen que devolver el lote, incluida la mochila.
 

En un artículo de 2004, los profesores de derecho James Spindler y Todd Henderson argumentaban que los beneficios modestos, que simplemente sustituyen los gastos corrientes (los cortes de pelo cargados a las cuentas corporativas, por ejemplo), permiten a los ejecutivos acumular efectivo, dándoles la flexibilidad financiera de desertar. Los beneficios extravagantes, por el contrario, funcionan de forma parecida a las drogas duras, ya que hacen a los adictos dependientes del “traficante.” Los autores aconsejaron a las empresas a aprender una lección de Luis XIV, el “Rey Sol”, cuyos cortesanos, quienes se sentían obligados a seguir los caros gustos en moda del rey, tenían que depender de las donaciones reales como resultado.
 

Pero el título de su artículo –“La heroína de las empresas”– echa a perder la trama. Como incluso los académicos reconocen, los edulcorantes lujosos pueden dejar un sabor de boca muy amargo. Animan a los malos ejecutivos a intentarlo todo para aferrarse a sus puestos de trabajo, inclusive fraudes; conducen a otros por caminos conspicuos, posiblemente ruinosos, de consumo; y atraen a candidatos moralmente cuestionables para los trabajos más importantes.
 

También hay razones positivas por las cuales los ejecutivos corporativos deberían seguir el nuevo credo. La burbuja en la que están condenados a vivir ya es lo suficientemente remota. Mientras más extravagantes sean sus hábitos, es más probable que se deslinden totalmente de la realidad.
 

Creo que esto también vale para los ricos empresarios quienes han amasado sus propias fortunas. Jim Ratcliffe, el multimillonario británico fundador de Ineos, una empresa de productos químicos en el centro de una fuerte disputa con los sindicatos, tiene un súper yate. Se dice que el barco cuenta con una bodega de vinos “con un área de observación bajo el agua.” Sí, de vez en cuando, un hombre necesita unas horas a solas con un vaso de borgoña y una vista submarina del Mediterráneo. Pero la brecha con sus constituyentes (el personal de Ineos, los sindicatos, los políticos locales) no ha facilitado la gestión de su empresa. El súper yate, por muy bien merecido que sea, es parte del problema.
 

El puritanismo de los jefes ejecutivos desinteresados podría invitar el cinismo, y el éxito de un credo frugal depende de cuán extendido y cuán perdurable sea. Pero si dicho credo reduce el riesgo de que las empresas sean manejadas de nuevo por sacerdotes despilfarradores, sin duda vale la pena adherirse a él.
 
 
 
 
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