Gran Bretaña será la ‘Canadá’ de Europa
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Gran Bretaña será la ‘Canadá’ de Europa

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Gran Bretaña será la ‘Canadá’ de Europa

Después de la tormenta por el 'Brexit', Reino Unido se relacionará con la UE de una manera no muy diferente a la relación de Canadá con EU.

Financial Times Por Martin Wolf
21/02/2018
Actualización 20/02/2018 - 22:03
Reino Unido seguirá siendo una democracia centrista, como Canadá, y no se convertirá en una distopía de “Mad Max” liderando una carrera regulatoria hacia el fondo.

Entonces, cuando pase la tormenta ¿dónde terminará el Reino Unido? Se convertirá en Canadá. Tendrá una relación comercial con la Unión Europea (UE) similar a la de Canadá. Se relacionará con la UE de una manera no muy diferente a la relación de Canadá con EU. Seguirá siendo una democracia centrista, como Canadá, y no se convertirá -como lo ha expresado el secretario de Estado para el Brexit David Davis- en una distopía de “Mad Max” liderando una carrera regulatoria hacia el fondo. Por último, como Canadá, podrá buscar una influencia global modestamente positiva.

Michel Barnier, el principal negociador de la UE, ha explicado por qué la futura relación comercial del Reino Unido con la UE será similar a la del Acuerdo Económico y Comercial Global (AECG) entre la UE y Canadá, también conocido como el CETA, por sus siglas en inglés. Este acuerdo permite a ambas partes celebrar tratos separados con otros socios. También coloca a Canadá fuera de la unión aduanera y del mercado único de la UE. Por lo tanto, el CETA proporciona beneficios limitados a los proveedores de servicios.

Tal y como lo señala Barnier, las “líneas rojas” del Reino Unido -no estar sujeto a la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), no tener libre circulación ni obligación de contribuciones financieras sustanciales continuas, pero sí contar con autonomía regulatoria y de política comercial- impiden la adhesión al Espacio Económico Europeo (EEE). Estas líneas rojas también descartan un acuerdo similar al de Suiza. La oposición del Reino Unido a la jurisdicción del TJUE y la demanda de autonomía regulatoria excluyen un acuerdo de asociación como el de Ucrania. La demanda de una política comercial independiente incluso excluye un acuerdo de unión aduanera, como el que tiene con Turquía. Cuando se descarta todo lo imposible, lo que queda es un acuerdo como el existente con Canadá.

Barnier probablemente termine estando en lo cierto. Una de las razones para creerlo es que usualmente lo está. Otra es que las líneas rojas están profundamente arraigadas en el Reino Unido. Malcolm Rifkind, un exsecretario de Asuntos Exteriores del Partido Conservador, tiene razón al decir que es poco probable que el Reino Unido acepte la obligación de seguir las regulaciones de la UE sin tener voz o voto en ellas. Si estuviera dispuesto a hacerlo, tendría más sentido que retirara su solicitud de abandonar la UE.

El modelo del CETA impondría costos económicos reales. En particular, los proveedores de bienes a la UE del Reino Unido tendrían que cumplir con las normas sobre contenido nacional, mientras que los proveedores británicos de servicios perderían el acceso favorable existente. Pero para evitar estos resultados, el Reino Unido tendría que cambiar sus líneas rojas o convencer a la UE de que cambie su posición en asuntos esenciales.

En el primer caso, el Reino Unido pudiera abandonar el deseo de tener autonomía sobre su política comercial para unirse a una unión aduanera. Pudiera aceptar la libre circulación y así tener un acuerdo similar al de Suiza. Incluso pudiera aceptar un papel sustancial por parte del TJUE. Pero actualmente nada de esto parece probable.

En referencia a los servicios, el gobierno tiene esperanzas de contar con un proceso de “divergencia gestionada”, en el cual las nuevas regulaciones del Reino Unido serían reconocidas por la UE como equivalentes a las de la UE en objetivo, si no en detalle. Es probable que la UE rechace esto porque: daría la impresión de que el Reino Unido se está saliendo con la suya por completo; establecería un peligroso precedente; sería complejo llegar a acuerdos y monitorear tal divergencia; y exigiría confianza en las buenas intenciones del Reino Unido, una confianza que su propio debate dificulta mantener. Demasiadas personas celebran la oportunidad de eliminar las gravosas regulaciones de la UE, sin ser precisas acerca de qué debe eliminarse.

Algunos en el Reino Unido creen que la industria de servicios financieros del país brinda beneficios tan grandes a la UE que esta última debiera hacer lo imposible por mantener al país dentro del mercado único. Era más fácil argumentar ese punto antes de la crisis financiera. Además, el acceso a los mercados mayoristas con sede en el Reino Unido se mantendría, incluso si los proveedores basados en el Reino Unido perdieran los privilegios del uso del “pasaporte financiero europeo”.

El destino más probable es entonces -a través de un estancamiento temporal de hasta dos años- un acuerdo al estilo del de Canadá. Es cierto que eso pudiera dejar sin resolver el problema de la frontera irlandesa. También impondría costos sustanciales.

El Reino Unido a menudo considerará a su vecino desesperante y controlador. El precio de ser un ‘extranjero’ será palpable y permanente. Pero las grandes decisiones conllevan grandes consecuencias.