Este protagonista de la crisis de 2008 te cuenta cómo lo vivió
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Este protagonista de la crisis de 2008 te cuenta cómo lo vivió

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Este protagonista de la crisis de 2008 te cuenta cómo lo vivió

A pesar del paso del tiempo, quienes estuvieron involucrados aún discuten sobre si el gobierno y la Reserva Federal podían haber salvado de forma legal al banco de inversión

Por John Gapper
13/09/2018

Hace diez años, Jim Wilkinson, el entonces jefe de gabinete del Tesoro estadounidense, envió un correo electrónico lleno de angustia a un colega funcionario. “No puedo soportar que rescatemos a Lehman; será algo horrible en la prensa”. Dos días después, su jefe Hank Paulson les advirtió a otras personas en una conferencia telefónica: “No puedo ser el Sr. Rescate”.

Unas horas antes de que Paulson hablara, el Financial Times publicó una columna un poco burlona escrita por mí, en la cual le aconsejé al secretario del Tesoro que se tomara el fin de semana para dedicarse a su afición de observar aves. El gobierno debería resistir la presión para salvar a Lehman Brothers, como lo habían hecho Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac, las instituciones hipotecarias, escribí. Había “hablado enérgicamente sobre el riesgo moral. . . pero había sido un poco indulgente”.

En cuestión de días, Paulson le hizo caso a mi consejo (y al de los demás) y permitió que Lehman colapsara, desencadenando la peor crisis financiera de posguerra y desatando daños económicos y sociales que todavía perduran. Es raro que un artículo resulte contraproducente tan rápida y espectacularmente, y yo he tenido una década para reflexionar sobre mi participación en la caída de Lehman.

A pesar del paso del tiempo, quienes estuvieron involucrados aún discuten sobre si el gobierno y la Reserva Federal podían haber salvado de forma legal al banco de inversión, y si ignorar a los críticos como yo hubiera cambiado en algo las cosas. Mi conclusión es que yo me equivoqué, pero me hubiera gustado estar en lo cierto.

Por supuesto que estabas equivocado, podrían pensar los lectores: no te debería tomar 10 años para darte cuenta de ello. Pero el riesgo moral no es sólo una construcción que debe evitarse en los libros de texto de economía. Consideremos la amargura transmitida por los rescates, la indignación por cómo los banqueros fueron salvados de la insensatez y el precio que otros pagaron. La intervención resultó ser una necesidad, pero una muy dolorosa.

No podemos estar seguros de que si se hubiera rescatado a Lehman se habría provocado menos sufrimiento. Scott Freidheim, un exejecutivo de Lehman, insiste en que “se habría evitado la carnicería que sufrió el mundo”. Por otro lado, Jamie Dimon, director ejecutivo de JPMorgan Chase, le dijo a la Comisión de Investigación de la Crisis Financiera de EU (FCIC, por sus siglas en inglés) en el año 2010 que “aun así habrían pasado cosas terribles”.

Me inclino por esta última opinión. AIG, la compañía de seguros que respaldaba los derivados hipotecarios tóxicos, tuvo que ser salvada rápidamente y el sistema estaba demasiado frágil como para haber sido estabilizado por un solo rescate. Paul Volcker, expresidente de la Reserva Federal, comparó el rescate de Bear Stearns en marzo de 2008 con el niño holandés del cuento que puso su dedo en una filtración en un dique de protección contra inundaciones para salvar Haarlem. Pero Wall Street tenía filtraciones por todos lados.

No me importa que Lehman haya sido tratado con más severidad que Bear o, posteriormente, Goldman Sachs y Morgan Stanley. La FCIC concluyó que la incoherencia “aumentó el pánico y la incertidumbre en el mercado”, pero que instituir una fórmula de rescate habría alentado nuevos abusos. Ningún banco debería haber tenido el derecho a esperar o exigir el rescate.

Pero nada de esto -ni mi autojustificación en el año 2010 afirmando que dejar que Lehman colapsara era “una apuesta que valió la pena”- me exime de responsabilidad. Mi argumento tenía que ver con algo más que con el destino de un banco imprudente. Se refería a todos los bancos de inversión e instituciones comerciales de Wall Street, aparte de los bancos minoristas.

Lo que me sorprende ahora es más mi ingenuidad que mi error. Yo esperaba y creía -de forma absurda, dado que las barreras entre los bancos comerciales y de inversión se habían debilitado por los cambios en las leyes y fusiones estadounidenses- que los bancos de inversión aún eran pequeños y estaban lo suficientemente separados como para colapsar sin provocar una crisis.

Drexel Burnham Lambert había quebrado en 1990 con una saludable falta de intervención oficial. Incluso se criticó a la Reserva Federal por acorralar a los bancos de Wall Street en una sala y engatusarlos para que aceptaran un rescate privado de Long-Term Capital Management, el fondo de cobertura, en 1998. Se esforzó en vano para limitar la participación pública de la misma manera durante el fatídico fin de semana de Lehman.

Las cosas habían cambiado de una forma que subestimé totalmente. La garantía de la Reserva Federal del financiamiento a corto plazo “debería evitar un pánico bancario”, escribí sobre Lehman. Ay. Para el lunes, no sólo había quebrado, sino que todo el mercado de papel comercial estadounidense estaba bloqueado. En cuanto al sitio oculto de AIG en el núcleo del sistema financiero, yo no tenía ni idea y muy pocos la tenían.

Vivimos con las consecuencias de esa semana de septiembre, no sólo en la inflación de los activos y las distorsiones económicas, sino en el sentido de injusticia que muchas personas sienten con razón. Ojalá estuviéramos aún en la situación que imaginé.