Financial Times

Una lección de historia para Putin: no aferrarse al pasado

Los retos estratégicos de Rusia no están en Occidente, están en otra parte: el estancamiento económico, el deterioro de la infraestructura física y social, el declive demográfico y los separatistas insurgentes.
Philip Stephens
03 julio 2014 20:7 Última actualización 04 julio 2014 5:0
Vladimir Putin

El presidente de Rusia se ha refugiado en lo familiar. (Reuters)

El otro día escuché a un astuto observador del Kremlin de Vladimir Putin aplicar este aforismo a la hostilidad de Moscú hacia Occidente. Frente a lo desconocido, el presidente de Rusia se ha refugiado en lo familiar.

La idea de que la OTAN marque su retiro de Afganistán con un enfrentamiento a Moscú es más que irrisorio. Los retos estratégicos de Rusia están en otra parte: el estancamiento económico, el deterioro de la infraestructura física y social, el declive demográfico y los separatistas insurgentes. Si está buscando amenazas, el Sr. Putin debería mirar hacia el Oriente.

Los ingresos del petróleo y gas de Rusia están perdiendo la batalla contra la decadencia industrial, la privación social y la fuga de capitales. La brutal victoria del Sr. Putin en la segunda guerra de Chechenia no trajo la paz a la región del Cáucaso Norte: el Kremlin está luchando contra guerrillas en Daguestán y contra el aumento del extremismo islámico en otros lugares.

Al igual que el mismo Sr. Putin no tiene un plan para el Cáucaso, tampoco sabe cómo lidiar con una China en rápido crecimiento y ávida de energía, tan cerca de una Siberia despoblada y rica en petróleo. Él puede disimular que las dos naciones representan un bloque de poder que se enfrenta a Occidente; y que le puede vender gas a Beijing a precios de liquidación. Falta una estrategia para revertir el declive en su oriente cada vez más despoblado.

Lo que el Sr. Putin sí sabe, como me recordó mi conocido ruso, es cómo tratar a Occidente como una amenaza existencial. Aún herido por el caos de los años noventa, probablemente sí abriga algunos motivos de quejas reales. Sin embargo, para un alumno de la KGB, culpar a EU y la OTAN por los problemas de Rusia es siempre la opción preferida. Su disco ya se ha rayado de tanto ponerlo: Washington rompió sus promesas de no extender el alcance de la OTAN hacia el antiguo territorio soviético; el Fondo Monetario Internacional arruinó la economía rusa.

La anexión rusa de Crimea y su incursión en el este de Ucrania fueron respuestas oportunistas al derrumbe de las esperanzas siempre vanas de una Unión Euroasiática para competir con la UE. Más allá de la desestabilización del gobierno de Kiev, Moscú no tiene una hoja de ruta. Las cuentas por Crimea ya están llegando a Moscú y, como el Kremlin ha descubierto, sus representantes de habla rusa en el este de Ucrania a veces tienen mente propia. El Sr. Putin ha atizado las ascuas del nacionalismo. Sus índices de aceptación se han disparado. Pero sólo por el momento.


A su manera, Europa también ha estado tratando de aferrarse a lo familiar. Los líderes del continente vieron el colapso de la Unión Soviética como una oportunidad para extender su modelo político postmoderno a los Urales y más allá. Asumieron que la nueva Rusia querría integrarse a Occidente. Pero el Sr. Putin ha decidido lo contrario, y sus vecinos se niegan a admitirlo. A pesar de toda la retórica acerca de la amenaza al orden posterior a 1945 que supone la invasión de Crimea, todavía quieren verlo como se imaginaban que él sería.

Estos líderes han olvidado cómo ser duros, han olvidado cómo distinguir entre determinación y provocación. El Sr. Putin quiere revivir la guerra fría; los europeos han pasado por alto una de sus lecciones más importantes. El propósito de resistir firmemente a la Unión Soviética no era comenzar una pelea, sino evitar una.

Las elecciones de este verano en el Parlamento Europeo evidenciaron la creciente ira popular contra el alto desempleo, la austeridad y la globalización. Parece bastante obvio que los gobiernos de la UE tienen sólo unos pocos años para dar respuesta a los males del continente. La aguda crisis en la eurozona ha pasado, pero su futuro depende de que se vuelva económicamente coherente y políticamente sostenible. A Francia hay que persuadirla de que modernice su economía. Más allá del euro, Gran Bretaña debe ser rescatada de sus delirios aislacionistas.

No se hubiera adivinado tal agenda en la respuesta de las élites políticas a las elecciones. Las élites quieren la Europa que conocen, por lo que han pasado las semanas desde el día de la votación enfrascadas en negociaciones sobre la distribución de los puestos más altos de la UE. Discutir sobre quién encabeza la Comisión Europea o quién preside las cumbres es mucho más fácil que enfrentarse a las realidades de un mundo diferente. Las élites asumieron que el nuevo orden sería multilateral y multipolar. China, la India, Brasil y el resto han adoptado un punto de vista diferente. No importa, siempre pueden discutir sobre si tal o cual trabajo debe ser ocupado por un demócrata cristiano o un socialista, un hombre o una mujer.

En el otro lado del Atlántico, Barack Obama ha estado enfrascado en una lucha muy diferente con la historia. El presidente ganó la presidencia por primera vez con la promesa de retirarse de Irak. Ahora las tropas estadounidenses están de regreso. Su predecesor se había caracterizado por intentar extender el poder estadounidense. El Sr. Obama se ha enfocado en los límites. Mucho de lo que dice acerca del cambio del papel de EU suena bastante inteligente. Pero analizar en exceso provoca la parálisis. La lección de historia de los años veinte es que un EU aislacionista puede ser tan desestabilizador como un EU sumamente poderoso.

Si hay un común denominador en todo esto, es un error de la imaginación: en Rusia y Europa, un intento de aferrarse a las viejas certezas; en EU, la renuencia a esbozar un papel global que se ubique entre la hegemonía y la retirada total. Renuentes a enfrentar el mundo tal como es, estos líderes se aferran a lo que saben. De visita en Londres el mes pasado, el primer ministro chino, Li Keqiang, repitió el familiar refrán de que aquellos que no aprenden las lecciones de la historia están condenados a repetirla. Hay algo de verdad en ello. Sin embargo, una de las lecciones es que a veces hay que dejar atrás el pasado.

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