¿A quién beneficia el plan fiscal de Trump?
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¿A quién beneficia el plan fiscal de Trump?

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Financial Times

¿A quién beneficia el plan fiscal de Trump?

Las organizaciones que apoyan el plan de Trump argumentan que reducir las tasas corporativas incrementará el crecimiento de EU, pero los recortes fiscales no han estimulado el crecimiento durante 20 años.

Rana Foroohar
02/10/2017
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Si todavía quedaba alguna duda de que el presidente Donald Trump es un partidario de la teoría de la economía del goteo en lugar de ser un populista, sólo hay que considerar su nuevo plan tributario.

Representaría el mayor conjunto de recortes desde la época de George W. Bush. La Business Roundtable y otras organizaciones ejecutivas que apoyan el plan de Trump argumentan, con razón, que las tarifas corporativas estadounidenses son mucho más altas que el promedio del grupo de países ricos de la OCDE, y que EU necesita desesperadamente un código fiscal más simple y más racionalizado para evitar la pérdida transfronteriza de activos.

También argumentan que reducir las tasas corporativas incrementará drásticamente el crecimiento de EU, traerá de vuelta los empleos y elevará los salarios. Eso sí es más difícil de creer. Por un lado, los recortes fiscales no han estimulado el crecimiento sostenido durante 20 años. Sí, hubo recortes de impuestos y crecimiento durante la época de Reagan.

También hubo un aumento del crecimiento de la productividad, una entrada masiva de mujeres a la fuerza laboral y una carga de deuda federal del 20 por ciento del Producto Interno Bruto.

En la actualidad, la deuda es del 77 por ciento del PIB, la productividad está estancada, y no sólo se han aprovechado los grandes beneficios de la incorporación femenina a la fuerza laboral, sino que las tasas de natalidad son más bajas, y el Presidente está haciendo todo lo que puede para limitar la inmigración. El crecimiento es igual a la productividad más la demografía. No hay nada más que hacer, a menos que algo en esa ecuación cambie.

Trasladar los activos a lugares con menores impuestos es una cosa. Crear crecimiento económico real es otra. Los dirigentes empresariales a veces confunden ambas cosas. Quizás algunos de ellos creen que una lleva a la otra. Pero si se examina el panorama económico, se podrá ver que hay una abundancia de dinero. Las negociaciones, los valores de los activos y la deuda corporativa están a niveles históricamente altos. El dinero está ahí. Los empleos no.

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Yo diría que esto se debe a que no hay suficiente demanda de los consumidores. Como dijo recientemente un director ejecutivo de mercados emergentes, quien ha “abandonado las esperanzas” en el crecimiento en EU, ya que la mayor parte de la demanda proviene del extranjero.

En una economía en la que el gasto de los consumidores representa aproximadamente el 70 por ciento del PIB, es un problema cuando no se mantiene en el nivel necesario. Los estadounidenses promedio no han tenido un aumento salarial en términos reales desde principios de la década de 1990.

Los líderes corporativos dirán: bajen los impuestos, vamos a traer de regreso a bajos costos los 2.6 billones de dólares que hay en el extranjero y así podremos crear empleos y demanda. Ojalá que pudiera creer eso. Pero eso significaría ignorar la evidencia histórica de que la repatriación tiende a canalizarse hacia los accionistas en vez de los trabajadores.

Aunque muchos líderes empresariales quieren creer que crear crecimiento es tan sencillo como reducir los impuestos corporativos, hay una cuestión mucho más profunda en juego en el lado del sector privado: quiénes dirigen las compañías y cómo se dirigen.

Un documento publicado por el izquierdista Institute for New Economic Thinking sostiene que nuestro marco para la gobernabilidad corporativa es erróneo. Las compañías estadounidenses y, en menor medida, las británicas, son dirigidas de acuerdo a la “teoría de la agencia”, que sostiene que los accionistas impulsan el desempeño corporativo y el crecimiento económico con sus inversiones.

La idea es que éste es un círculo virtuoso y productivo en el que el capital se asigna con prudencia e imparcialidad. Es el argumento que los “activistas” corporativos utilizan para justificarse como destructores creativos y reconstructores del valor, en lugar de bárbaros al acecho.

Pero cualquier repunte en el desempeño de las compañías que fueron objeto de este método puede fácilmente explicarse tanto por el aumento de las ganancias a través de la reducción de costos y los despidos como por las mejoras del rendimiento corporativo.

Mientras tanto, hay un creciente desequilibrio entre quienes crean valor en la economía -ejecutivos e inversionistas, así como los trabajadores y los contribuyentes a través de sus inversiones en, por ejemplo, educación e infraestructura básica- y aquéllos que pueden extraerlo, principalmente los accionistas, quienes han recibido pagos históricos en el pasado a través de las recompras de acciones y dividendos.

El 20 por ciento de la población posee el 80 por ciento de los valores; hay un límite al número de casas, autos y pares de pantalones vaqueros que pueden comprar.

Seguro, podemos reducir los impuestos. Pero esto no cambiará el hecho de que disponemos de un sistema de mercado del sector privado que ya no le sirve a la economía real.

Los líderes empresariales que se preocupan por el crecimiento y la competitividad a largo plazo deben pensar seriamente acerca de cómo corregir esas cosas, y dejar de engañarse pensando que un plan tributario de goteo es la respuesta.

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