Economía

El ‘Abenomics’ tiene ecos de la década perdida en Japón

01 febrero 2014 8:15 Última actualización 21 diciembre 2013 5:3

  [Japón ha lanzado una fuerte inversión en el sector de la construcción./New York Times News Service] 


 
New York Times News Service
SAGA, Japón.– Las maquinarias empezaron con estruendo este año en este bucólico rincón del sur de Japón, desatando un frenesí de construcción, y una sensación de “déjá vu”.
Los conos para el tránsito y los letreros de “en construcción” a la vera de los caminos y canales de Saga son, casi, el único cambio visible que ha traído el ‘Abenomics’ o el muy laureado plan del primer ministro Shinzo Abe para volver a poner a Japón en el camino del crecimiento. Los habitantes aquí dicen que el auge en la construcción es un retroceso a los problemáticos 1990 en el país, cuando remotas regiones trataron de volver a la prosperidad con construcciones.
Y les preocupa que, como con intentos anteriores, no dure el crecimiento.
“¿Cuánto tiempo para que todo esto toque a su fin? Eso es lo que les preocupa a todos”, comentó Masataka Matsuo, un obrero de la construcción que reforzaba un dique de irrigación a varios kilómetros de distancia del centro de la ciudad.
Japón ha sido la historia de crecimiento sorprendente del mundo este año, superando, en gran medida, a otros grandes países industrializados con un audaz conjunto de políticas que están levantando a su economía tras años de deflación. Hasta ahora, que Abe haya inyectado dinero a los bancos del país – junto con las promesas de reformas al sistema bursátil de gran alcance – es lo que ha obtenido gran parte de la atención de los inversionistas.
Sin embargo, algunos economistas dicen que la recuperación de Japón se ha hecho peligrosamente dependiente del gasto en obras públicas a gran escala, lo que aquí se recuerda porque aumentó la carga de la deuda, alimentó la política clientelar y plagó al país de caminos, puentes y presas poco usados.
Hace poco, el gobierno anunció un gasto en estímulos nuevos de 5 mil 500 billones de yenes, la mayor parte para obras públicas, en un intento por contrarrestar cualquier reacción negativa de la población al incremento en el impuesto nacional sobre las ventas que se avecina.
No obstante, meter dinero a los proyectos de infraestructura hará poco para aumentar el potencial de crecimiento de Japón en el largo plazo, advierten algunos economistas. Y con poca evidencia de que la flexibilización monetaria esté, de hecho, levantando a la economía real, “hay riesgo de que se vaya por la borda” el crecimiento, dijo Chotaro Morita, principal estratega en SMBC Nikko Securities en Tokio.
Cifras recientes parecen sustentar este punto de vista. En los tres meses hasta septiembre, el gasto del consumidor apenas si aumentó 0.2 por ciento respecto del trimestre anterior, y la inversión de capitales quedó igual, a pesar del dinero fácilmente disponible debido a la ultra relajada política monetaria de Japón.
 
Las exportaciones netas cayeron 0.6 por ciento.
Incluso el aumento en el mercado bursátil – casi 50 por ciento desde principios de año, en gran parte, porque las ganancias de los exportadores son más altas – no ha ayudado a que gasten más los ciudadanos promedio.
“El motor del crecimiento en Japón ha sido el enorme gasto gubernamental”, dijo en una nota reciente Ryutaro Kono, un economista en BNP Paribas.
 
El declive de la inversión pública
 
Saga, una pequeña prefectura con cerca de 850 mil 000 habitantes, sabe todo sobre la esplendidez gubernamental.
 
La construcción fue abundante durante la década perdida de los 1990, mientras Japón buscaba soslayar una recesión con una campaña de enormes obras públicas, que en unos cuantos años superó a todo el presupuesto militar de Estados Unidos.
Saga construyó un aeropuerto nuevo y presas en casi todos sus ríos; abrió un parque paisajista de 80.9 hectáreas, con un reluciente centro para visitantes y casi 100 edificios históricos. En el punto máximo del frenesí por la construcción, uno de cada nueve trabajadores en Saga estaba en ella.
Sin embargo, desde principios de los 2000, un primer ministro reformista empezó a reducir el gasto y dejó dando tumbos a regiones como Saga. El Partido Democrático, que tomó el timón del país en 2009, declaró que Japón cambiaría todavía más sus recursos “del concreto a las personas”. Para 2012, la inversión pública había declinado a un tercio de su punto máximo en 1998. Casi un quinto de las constructoras de Saga cerraron o quebraron. Se hundió la economía local.
Abe, quien llevó al Partido Democrático Liberal a la victoria en diciembre pasado, volvió a abrir la llave. Apenas dos semanas después de asumir el cargo, Abe anunció un paquete de estímulos de emergencia de 10 mil billones de yenes (más de 110 mil millones de dólares), centrado en obras públicas.
En unos días, la asamblea de la prefectura de Saga aprobó su propio paquete de estímulos por 28 mil millones de yenes, cuatro quintos del cual fueron para proyectos de infraestructura. Se debe repavimentar la pista del aeropuerto, dijeron legisladores, y ampliar los caminos. Incluso, la prefectura empezó a cambiar los sanitarios públicos estilo japonés por unos occidentales.
Los contratos para obras públicas en Saga han aumentado durante seis meses seguidos. Hubo pleitos internos en la prefectura debido a la contratación de 47 empleados temporales solo para manejar las licitaciones extras. En el ámbito nacional, los proyectos de obras públicas están en su nivel más alto en una década, y se han gastado casi 4 mi billones de yenes en los primeros tres trimestres. “Si un camino le sirve aunque sea a una persona, cumple con un propósito importante”, señaló Masatoshi Inadomi, un legislador democrático liberal en la asemblea de la prefectura de Saga.
 
El riesgo de expandirse
 
No obstante, sin ninguna garantía de que continúe la bonanza en el gasto, hasta las constructoras dudan en incrementar las contrataciones o la inversión. Son cada vez más los proyectos para los que no hay licitantes debido a la escasez de trabajadores y maquinaria.
Hay mucho trabajo, pero es muy arriesgado empezar a expandirse otra vez. El gobierno es tan variable”, notó Tsuyoshi Kishimoto, el presidente de Kishimoto Gumi, uno de los contratistas más grandes en Saga.
Estos movimientos fiscales no preocuparían demasiado si las otras políticas del “Abenomics” rindieran efectos más generales. Sin embargo, aquí en Saga, hay pocos signos de que se le esté dando un buen uso al dinero fácil. Los créditos en el Banco de Saga, la entidad que más presta en la región, “no han tenido casi movimiento este año”, y son pocos los signos de algún repunte en la demanda de fondos, dijo Takanori Nishikubo, un portavoz del banco.
Ni tampoco están empezando a gastar los consumidores, y por buenas razones. La proporción de oferta de empleo en relación a quienes buscan trabajo, una crucial medida del empleo, siguió estancada en 0.77 en septiembre.
Y un salto de casi 20 por ciento en los empleos en la construcción no fue suficiente para compensar la pérdida de empleos en otros sectores, según el gobierno local. Con un tibio mercado laboral, los salarios también siguen estancados, al igual que los precios al consumidor, a causa de la demanda débil, según un informe de noviembre dado a conocer por la sucursal en Fukuoka del Banco de Japón.
Mitsuko Maruko, quien ha tenido una tienda de aparatos electrónicos en Saga por casi cuatro décadas, dice que sigue las noticias optimistas sobre el “Abenomics”, pero no ve repunte alguno en su propio negocio. Su tiendita es una de las pocas que todavía está abierta en su caserío, Iwaya, de donde se han ido muchos jóvenes. Comentó que no podría pensar en expandirse ni en contratar ayuda externa. Las ventas han estado en casi constante declive durante las dos últimas décadas.
“Nada ha cambiado en absoluto”, dijo Maruko.
No obstante, en la ciudad de Karatsu, en Saga, hay un intento por emplear otro aspecto del plan de crecimiento económico de Abe: reducir los trámites burocráticos que inhiben el inicio o el crecimiento de los negocios.
Encabezado por Bloom, una compañía lcoal que realiza pruebas en cosméticos importados, existe un proyecto regional para reunir a campesinos y talleres para producir cosméticos y perfumes.
Karatsu ha destinado unos 10 millones de yenes para ese proyecto hasta ahora, una nimiedad en comparación con los miles de millones que van a la construcción. El centro presiona para que se nombre a Saga como una de las nuevas “zonas económicas especiales” del gobierno, una designación que podría conllevar tasas fiscales favorables, restricciones más flexibles en la contratación y los despidos, y otras medidas amigables con los negocios. Funcionarios de Saga dicen que tienen esperanzas especialmente elevadas en reorganizar al sector agropecuario, logrando que los campesinos locales cultiven valiosos ingredientes para cosméticos, como las yerbas tradicionales.
“La idea es crear algo nuevo en Saga”, dijo Shinji Yamasaki, el director ejecutivo de Bloom. “Para crecer, necesitas ideas nuevas”.
 
 
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