Vuelta a Hamelin
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Guillermo Ochoa impidió que Brasil tradujera la paseada en goleada. Brasil ha sido mucho para México en Samara.

Mauricio Mejía
02/07/2018
El brasileño Neymar anota su primer gol en su encuentro con México en Samara.
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El tú a tú duró apenas 20 minutos. El resto fue un descaro. El pentacampeón se acordó, durante muchos momentos, del juego bonito de antaño y puso a prueba al guardameta mexicano que ha dado uno de los mejores partidos de su carrera. El Mundial no se partió esta mañana de lunes para el cuadro de Osorio. Fue en el final del segundo tiempo ante Corea. Desde entonces recibió seis goles sin anotar uno. Abatido por la grandeza del rival, el once nacional volvió a los años 50 en los que la verdeamarela hacía con él lo que le venía en gana. Hoy lo volvió a hacer: le dio un baile descarado y lo regresa a casa, como siempre, en el cuarto partido.

Brasil dejó que México apareciera en el teatro al comienzo del encuentro. Prestó campo, otorgó pelota y hasta dio crédito de ilusiones a los verdes, los cuales hacían recordar el partido de debut ante Alemania: abiertos, concentrados y muy impetuosos. Tenían, pues, idea básica de la pelota, de la conducción correcta de la pelota. No fue suficiente el atrevimiento. En dos minutos, la pentacampeona del mundo se puso en forma y arrebató todo lo que había concedido. Recuperó, con un Willian muy eficiente, el medio campo y el blasón. Fue entonces que México necesitó de los servicios de su mejor hombre en este campeonato: Ochoa, quien fue el responsable del empate hace cuatro años en Fortaleza. El meta estaba a la altura de aquel histórico juego. Imbatible, preciso y muy intuitivo detuvo cuantas pelotas asolaban su puerta.

El 0-0 del final del primer tiempo escondía una flauta, sería Neymar el encargado de hacerla sonar poco tiempo después.

Este México ha convertido a la sicología en un arma caliente en los comienzos de los segundos tiempos. Los 15 minutos de descanso le pesan y le distraen. Y los cambios nunca esconden algo bueno. El técnico de las rotaciones se empacha ante el talento y ante el esquema. Hace complejo de los complejos movimientos. Osorio, presa del miedo, metió a Layún para encontrar desbordes por derecha. Perdió eficiencia en la defensa. Al minuto 51, el astro del Paris Saint Germain evidenció lo que Corea ya había anunciado: el descuido. Brasil era justo ganador de un partido en el que había puesto estética y, por ratos, excelencia.

No se veía manera del regreso del Laberinto. Presas del pasado, de las imágenes de Bulgaria, Alemania, Estados Unidos, Argentina y Holanda, los ratones eran una oscura metamorfosis; perdían ante la tribuna lo que habían conseguido el 17 de junio, volvían a ser ese equipo chico que necesita el apapacho y el consuelo en cada avanzada. Brasil desdibujaba al rival con insensible porte gatuno. Ochoa, nuevamente, salvó dos claras de gol. Al final de la obra, otra vez Neymar ante el arquero. Falló, pero Firminó cerró a boca puerta para dejar en claro quien había mandado con categoría en el césped.

Los ratones, crecidos por la publicidad y el jolgorio, vuelven a escuchar el canto de la flauta y domesticados regresan al ombligo de la luna para soñar en ese tequila freudiano que los despierte, por fin, en el quinto partido… en Qatar, en el 2026 o en el 2034. Cucurucucú, paloma.