'México, mi amor, mi amor...'
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'México, mi amor, mi amor...'

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'México, mi amor, mi amor...'

Presa de la incertidumbre, el cuadro de Osorio se mide ante el campeón, marcado como favorito para el título.

Mauricio Mejía
15/06/2018
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RUSIA 2018

El siempre inédito equipo de Osorio arriba a Rusia sin objetivo histórico. La gastada zanahoria del quinto partido parece, paradójicamente, más lejana que hace doce, ocho y cuatro años. El “no era penal” suena lejano, como del siglo pasado, más con la ausencia de Robben y el resto de la Naranja Mecánica. Sin esquema fijo, con parches, el doctor Frankenstein ha logrado la hazaña de no repetirse ni una palabra. Desenfadado, displicente y desganado, el técnico no escucha ni corrige, va derecho y no se quita. Dueño de su verdad, tipo José Alfredo, no tiene ni trono ni reina ni nadie que le comprenda. Pero, eso sí, sigue siendo el Rey, aunque Chile y Alemania le hayan dejado en claro que lo mejor es darse la media vuelta y volverse con el sol a media cuesta.

El colombiano se empecina en el desvarío. Busca y en el oficio del futbol, hasta el gol, se encuentra. Hurga el míster en la táctica, por aquí o por acá, mejor allá. No se da por convencido nunca. Juega al papel de protagonista, de falso profeta; él es el que manda y ordena. Pero en la tarea de dar orden, desordena. Llama la atención de la prensa, del aficionado y del iniciado: quiere ser el chico del filme, el que da forma al reparto. Ufano y burdo se olvida de las fórmulas geométricas: la base es por la altura sobre dos. No tiene piso, ni dado por seguro. Improvisa. Como el novato gerente que supone que un cambio útil puede ser poner al encargado de distribución en el área de la implementación y a éste en el campo de la coordinación. Torpe idea de administrar el cuadro. Rotar habilidades supone, de tajo, desconocimiento de la empresa al cargo. Y lo ha hecho, con descaro, durante tres años: la torre de alfil; el peón de torre y los caballos de damas inglesas o chinas porque, quizá, el secreto de la estrategia esté en otro juego, en el de la adivinación y el esoterismo de falso horóscopo al que poco le importa el sentimiento nacional.

No tiene base el rectángulo del inventario. Osorio no cree en hábitos. Cada partido es nuevo para él y también el resultado. Resulta que el domingo enfrenta a la más ordenada, preparada y organizada de todas las Selecciones de todos los Mundiales: Alemania, que nunca se ha quedado en la fiesta de los grupos y que la última vez que perdió su primer partido mundialista fue ante Argelia en 1982, año en el que perdió la final ante Italia.

A Osorio se le contrató para llegar al quinto partido; nunca para ganar el Mundial. Y jugó a eso: jugar cuatro partidos y esperar que el viento a favor le hiciera el resto. Pero el sorteo del Mundial de Rusia le sopló en contra: Alemania, Corea del Sur, Suecia, en ese orden, para dejar que el Cielito Lindo empuje a Brasil; eventual cuarto rival.

México acostumbra llegar a la fase final de la Copa del Mundo con trompicones en los amistosos previos. Parte del melodrama. Pasó con Lapuente, con Aguirre y con Herrera. Pero esta vez es distinto: no hay organigrama en el terreno de juego. No existe el recuerdo de una base en la formación. Los verdes suman 16 con experiencia en el certamen; Alemania dejó la edad entre Río y Moscú y con una nueva ropa se hizo de la Copa Confederaciones en la que aplastó 4-1 a México. Los alemanes juegan al sistema; los mexicanos al albur, al volado, en la espera de la gracia del “ojalá que nos vaya bonito”.

Osorio sabe que su Mundial no se juega en tres partidos, como el resto de los cuadros de la eliminatoria, sino en uno: ante Suecia, en el que no alineará al mismo equipo que contra Alemania, porque lo suyo no es edificar, sino reconstruir, reconstruir, reconstruir. Osorio nunca llegará a la cima porque antes volverá, con cuentas nuevas, Sísifo sin chiste. México no le dice nada; tampoco la Sierra Morena.