La danza del balón sobre los muertos
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

La danza del balón sobre los muertos

COMPARTIR

···

La danza del balón sobre los muertos

En los estadios de River y de Rosario de Argentina, la tribuna se olvidaba, se anestesiaba, de la dura realidad propiciada por la dictadura militar iniciada en 1976.

Los jugadores de la selección argentina de 1978 recuerdan que su principal preocupación en ese entonces era que sus familiares estuvieran bien.

Mauricio Mejía
12/06/2018
Selección de Argentina.

Al sur de tu impiedad

a orillas de un río a veces bello,

callaste las luces poderosas

que hicieron más profundas las sombras de la muerte.

Dejaste entrar cañones a tus áreas

y jamás intentaste ni un rechazo.

Los versos de Carlos Ferreira se volvieron eternos como el macabro hilo de los hechos que sucedieron antes y después de la fase final de la Copa del Mundo de 1978. El golpe militar de Jorge Rafael Videla en contra del régimen de María Estela Martínez de Perón (viuda de Juan Domingo Perón, muerto el 1 de julio de 1974), organizado desde 1975 con la Operación Independencia, se produjo el mismo día que la albiceleste jugó un partido de preparación ante Polonia en Chorzow. La plantilla ha recordado versiones variadas sobre el impacto que le produjo la noticia del arribo de los “milicos”.

En las declaraciones posteriores, ya en democracia, todos coinciden en una cosa: la inmediata preocupación por sus familiares. Alguno de ellos, como Rubén Américo Gallego, debutado por Newell’s Old Boys en el 74, tenía conocimiento que gente cercana a él pertenecía a grupos de izquierda, que fueron brutalmente perseguidos por los militares. La cifra total de muertos, desaparecidos y torturados es imprecisa; desde 30 mil hasta 70 mil.

Hace 12 años, Página12, uno de los diarios más importantes de Buenos Aires, entrevistó a los integrantes de aquel equipo de César Luis Menotti, que resultó campeón al vencer en la final a Holanda. “El recuerdo más fuerte que tengo de la gira del 76 es la tristeza que teníamos todos los jugadores por lo que estaba sucediendo en el país”, confesó al periódico René Houseman, autor de uno de los goles de aquel encuentro en el que la albiceleste venció 2-1 a los polacos. La Selección se convirtió en un tema de gabinete para la Junta Militar. Con la ayuda de Joao Havelange, el brasileño y nuevo presidente de la FIFA, Argentina había obtenido la sede del Mundial del 78, pese a no tener señal a colores de televisión, pese a su crisis financiera y, sobre todo, pese a la débil situación política, agravada con el debilitamiento de la salud de Juan Domingo Perón.

Como sucedió en las eliminatorias de Alemania 74 en Santiago de Chile (la Unión Soviética se negó a jugar la última eliminatoria en suelo chileno y dejó libre el pase para La Roja, después del golpe de Pinochet a la presidencia de Salvador Allende), las torturas en Buenos Aires se llevaron a cabo cerca, muy cerca de los estadios de futbol. La pelota bailaba entre los muertos. Abajo del césped se cometieron los más terribles tormentos contra la disidencia política. En los estadios de River y de Rosario, la tribuna se olvidaba, se anestesiaba, de la dura realidad.

Como el 34 y en el 38, el equipo nacional era la cara de un régimen totalitario. Y debía ganar a fuerza. El costo era lo de menos. Había que legitimar el uso de la fuerza. Y el futbol era la mejor manera de hacerlo en un país en el que el balompié es una religión; una protesta contra esa necesidad. Jorge Carrascosa, del Huracán, era el jefe en la cancha. Menotti le atribuyó, incluso, el gafete de capitán. Fue el único de los muchachos que se negó a competir en Mundial. “Uno siempre estaba pendiente de que a la familia no le pasara nada. El único contacto que yo tenía era telefónico, pero el deseo de todos era regresar lo más rápido posible para estar con los suyos... Al peronismo le quedaba poco tiempo para terminar su gobierno, pero igualmente uno percibía que se venía gestando algo así...”, contó, años después, a Página12.

Carrascosa, desencantado del tratamiento político de la pelota, también previó lo que hoy ha sido ventilado: el uso de sustancias ilegales en aquel cuadro campeón. El dopaje fue una herramienta a la mano para conseguir el título tan deseado por los militares. Vuelven los versos de Ferreira:

Aquello fue mundial.

Hicimos pelota nuestros miedos,

le pusimos un caño a los horrores,

apartamos de taquito la miseria,

gritamos el horror como si fuera un gol,

eludimos la angustia,

gambeteamos el nudo

que nos poblaba el vientre.

Las sospechas se fueron acumulando. Primero el penal descaradamente regalado ante Francia. Luego el sobrerendimiento de varios de los jugadores en los partidos ante Italia y Polonia. El 21 de junio, en la cancha de Rosario, Argentina saltó al césped con la obligación de ganar por cuatro a Perú. Parecía imposible la faena. La albiceleste se impuso con un extraño 6-0. Dice Julián García Candau, en Épica y lirica del futbol, que “el general Videla, con su gobierno militar, hizo lo posible para que Argentina ganara el campeonato mundial y lo consiguió. Los goles de Kempes (dos en la final ante Holanda) fueron utilizados que el pueblo olvidara, al menos durante unos días, los miles de desaparecidos”.

En 1983, después de la eliminación del cuadro de Menotti en el Mundial español del 82 y de una absurda guerra contra Inglaterra por las Islas Malvinas, Argentina volvió a la cancha de la democracia. Los versos de Ferreira sobre su Mundial terminan de esta manera:

Cuando bailamos en aquellos días,

que dulce fue el mareo del engaño,

cuántas ganas de ignorarlo todo,

de creer que había vuelto

el perfume de las buenas cosas.

Lo malo fue el final,

indigno y torpe:

aquellos cadáveres volviendo

al lecho de los ríos,

a las comunes fosas

meneando las cabezas,

canturreando una canción de olvido.

Y nosotros allí, con esos bombos,

con esas insensatas banderas sudorosas,

con el mundo al revés,

hechos pelota.