El toro es Picasso
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El toro es Picasso

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El toro es Picasso

La tauromaquia fue enriquecida como fiesta y como arte en los pinceles de Picasso.

Una de sus máximas obras, el 'Guernica', deja en claro que el toro era mucho más que toreo para él.

Mauricio Mejía
06/04/2018
Picasso
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Pablo Diego José Francisco de Paulo Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispín Crispiano Santísima Trinidad Ruiz y Picasso nació de noche.

Hacia fresco en Málaga. Y eran los últimos minutos del 25 de octubre de 1881. Batalló para respirar y dar el primer grito. Una bocanada de humo le despabiló. Y logró imponerse a la primera faena de la existencia. La vida le impondría muchas más hasta el 8 de abril de 1973, cuando el destino le quitaría para siempre la coleta. Hace, pues, 45 años.

Hijo de José Ruiz y de María Picasso, el niño Pablo –en resumidas cuentas– batallaría en la escuela. Creció entre mujeres. Su madre, su abuela, sus tías Eladina y Eliodora y una sirvienta. En un autorretrato perdido se llamó tres veces “Yo, el rey”. Dice Norman Mailer que por supuesto lo era en el mundo íntimo de las mujeres que estaban completamente dispuestas a deleitarse en cada uno de sus movimientos. Afuera era otro. Inseguro, tímido y retraido. Un cabezota, pues. Algo traía bajo la muleta este chico que no podía concentrase en las clases de español y matemáticas. No veía la aritmética; la suma o la resta. Miraba números. Sí, la forma de los números.

Cuenta Jaime Sabartés que un día dijo: ¡Ya verán lo que soy capaz de hacer! Ya verán cómo me puedo concentrar. No se me va a escapar un sólo detalle... el ojito de la paloma –Paloma se llamará su hija, mucho tiempo después– es redondo como un cero. Debajo del cero al seis que es el pecho, debajo de él un tres. Los ojos son como doces y también las alas...”. Mailer, siguiendo el juego, cree que Picasso vio, en las botas de vino que bebían los hombres en las corridas de toros, otra forma del seis. El caso es que el hombre que tomaría la alternativa del arte en el siglo XX se la pasaba dibujando en la escuela gracias al permiso del director, quien se dio cuenta que no sacaría a un Max Planck o a un Albert Einstein de semejante artista.

El dibujo, opinan todos sus biógrafos, lo mantenía sereno y seguro. En 1966 dijo al fotógrafo Brassai que sus dibujos primeros no podrían figurar siquiera en una feria escolar. Eran, según él, torpes e ingenuos; le horrorizaban. Fue su padre, José Ruiz, quien dibujaba más o menos bien, quien lo indujo al trazo.

El chico quedó maravillado con el traje de un matador. Se prendió tanto que no paró de llorar hasta que le permitieron tocarlo; miró deslumbrado torero

Arianna Stassinopoulos, en su Picasso, creador y destructor, cuenta cómo el toreo quedó marcado para siempre en la vida de la futura figura del cubismo. En Málaga, José Ruiz se lo pasaba de maravilla llevando al pequeñísimo Pablo a las corridas. Una vez, se ha perdido la fecha del relato, el chico quedó maravillado con el traje de un matador. “Se prendió tanto que no paró de llorar hasta que le permitieron tocarlo”. Otras fuentes aseguran que el niño se sentó en el regazo del torero mirándolo, deslumbrado.

Picasso encontró en Barcelona, años después, el despertar de la vida y el final de la inocencia. En 1901, siguiendo los pases de Matisse, Poussin y Rosseau, eligió firmar sus obras para siempre como Pablo Picasso. Pero fue en París que empezó a pintar como loco. Picasso vio en el toreo, pero principalmente en el toro, un símbolo inequívoco de España. Andrés Amoros, el crítico de toros del ABC madrileño, contó en una ocasión que Pablo incluía en los símbolos netamente españoles a la misa, la paella y el burdel. Con toda certeza se puede decir que fue un asiduo cliente –algunos dicen que muy consentido– de prostitutas. Amorós rescata una frase contundente de Picasso: “el toro soy yo”.

Zeus viajó a Creta, tierra de Minos y en la que se celebraban fiestas taurinas, pelas de boxeo y de lucha, para raptar a Europa en forma de toro blanco. Ariadna, enamorada de Teseo, hábil en la gimnasia, le reveló el secreto para que éste acabara con Minotauro. No se tiene la certeza de que el mito griego haya influido en la vocación toreril del genio de Málaga. Quizá sí una influencia lejana de un óleo de Tiziano. Lo que sí se puede afirmar es que Goya fue clave en la composición artística del malagueño. Dice Amorós que los desplantes de devoción por el astado incluye la escultura, la cerámica y el grabado. Su tauromaquia incluye 26 aguatintas que creó por encargo del editor Gustavo Gili en 1956.

Una de las máximas obras de Pablo Picasso, el Guernica, deja en claro que el toro era mucho más que toreo para él. Su vitalidad atlética en el sexo, en el amor y en la pasión da a entender que el toro es una representación de virilidad, de fortaleza y de bravura. Apollinaire lo terminaría de mejor manera: “Picasso puso en duda hasta el mismo universo... una carcajada salvaje en la pureza de la luz...”.