Vladimir Putin: ¿El nuevo zar de Rusia?
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Vladimir Putin: ¿El nuevo zar de Rusia?

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Vladimir Putin: ¿El nuevo zar de Rusia?

A un siglo del asesinato del Nicolás II y su familia, que extinguió el reinado de la dinastía Romanov, los fantasmas del zarismo aún deambulan por el Kremlin.

Eduardo Bautista
18/07/2018

Los Romanov nunca fueron una familia real promedio. No sólo por su habilidad para gobernar durante 300 años el imperio más exitoso desde los tiempos de los mongoles —según el historiador Simon Sebag Montefiore—, sino también por su capacidad para tejer un drama que ni Shakespeare se hubiese imaginado.

Parricidios, guerras, incestos, emperatrices ninfómanas, prácticas sadomasoquistas y bacanales con enanos fueron algunos de los deslices de esta dinastía que llegó a controlar —a finales del siglo XIX— una sexta parte del mundo. Se calcula que el Imperio Ruso crecía 142 metros cuadrados al día, según The Russian Empire: The Geopolitics of Expansion (1997).

Lo que con sangre empieza, con sangre acaba. Hace exactamente un siglo, los últimos Romanov fueron masacrados a balazos por los bolcheviques tras varios días confinados en una vieja casa de Ekaterimburgo, donde los antiguos miembros de la realeza fueron tratados como animales de zoológico: alimentados con té y pan negro a la vista de un pueblo burlón. Su espíritu, sin embargo, aún deambula por los pasillos del Kremlin

Expertos consultados por El Financiero observan que, igual que hace 100 años, Rusia sigue siendo el país de un solo hombre. Las formas de gobierno del zarismo, aseguran, sobreviven en una Rusia que aún se rige por esa máxima que a los zares tanto les gustaba mencionar: “el éxito de la autocracia depende de la cualidad del individuo”.

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Los Romanov fueron una de las autocracias más férreas de la época moderna. Fue una dinastía caracterizada por su poder despótico y su patrimonialismo, dos rasgos que se preservaron durante el régimen soviético y prevalecen en el actual gobierno de Vladimir Putin”, considera el historiador Carlos Illades.

El presidente de la Federación Rusa —que lleva 18 años ininterrumpidos en el poder— nunca ha tenido empacho en decir públicamente que es admirador de Pedro El Grande; incluso las reformas que llevó a cabo éste las ha comparado con sus propias acciones. Igual que Pedro, Putin se considera un “modernizador de Rusia”. Su objetivo —ha dicho— es similar al de este zar que gobernó de 1682 a 1721: reconciliar a Rusia con Occidente.

Si Pedro mandó cortar las barbas de los miembros de su corte para adaptarse a la moda europea —bajo la amenaza de decapitar a quien no obedeciera—, Putin ordena a sus alcaldes emprender “planteamientos fuera de lo común” para acercar al pueblo ruso a otras latitudes. Si Pedro fue el primer zar en salir de Rusia para casar a sus hijas y sobrinas con príncipes de otras casas reales de Europa, Putin corrompe a altos funcionarios de la FIFA para organizar el primer Mundial en la historia de su país y, con ello, “romper los estereotipos” que tiene Occidente sobre Rusia. Si Pedro colgó en la Plaza Roja a 200 mosqueteros disidentes, Putin abre proceso judicial contra su principal opositor, Alexei Navalny, y encierra a los empresarios que no se adhieren a sus políticas proteccionistas, como Mijail Jodorovsky, ex dueño de la petrolera Yukos.

“Resulta irónico comprobar que ahora, dos siglos después de que los Románov accedieran por fin a aprobar una ley de sucesión, los presidentes de Rusia sigan nombrando a sus sucesores como lo hacía Pedro El Grande”, escribe Montefiore en su libro Los Romanov: 1613-1918 (2017).

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El actual gobierno ruso —explica Illades— opera de una manera similar a la dinastía Romanov: el soberano gobierna a través de pequeñas cámaras (hoy círculos empresariales) que amasan fortunas que a su vez son repartidas y controladas mediante prácticas clientelares y patrimonialistas, siempre a merced de los caprichos del gobernante.

El zar del siglo XXI

Gobernar Rusia nunca ha sido fácil. En su libro Los Romanov (2017), Montefiore observa que —a diferencia de otros países de la época moderna— el soberano ruso debía inspirar respeto y confianza entre sus cortesanos, pero también una veneración casi sagrada entre su pueblo: un zar tenía que ser dictador y generalísimo; sumo sacerdote y padrecito; líder carismático y soberano magnético.

Algo ha aprendido Putin de todo eso. Ganó las últimas elecciones con el 76 por ciento de aprobación, el mayor índice para un presidente ruso después de la caída de la URSS. El Centro Levada concluye que el ex agente de la KGB nunca ha gobernado con un apoyo social inferior al 61 por ciento. ¿Los motivos? “Identificación personal del ruso de a pie con el líder”, “imagen carismática” y “héroe que lucha contra los enemigos de Rusia en un entorno hostil”, según la encuestadora.

“La personalidad de Putin tiene muchas caras. Los rusos están contentos con su gobierno porque les ha traído la estabilidad económica de la que no gozaron cuando gobernó Boris Yeltzin. Antes de Putin, Rusia estaba a la deriva. La llegada de Putin al Kremlin permitió reconstruir el funcionamiento del país hasta convertirlo en potencia mundial. Hace unos días, el mismo Trump aceptó que Rusia tenía tanto poder nuclear como Estados Unidos”, explica el historiador Enrique Semo.

Pero la democracia rusa es una democracia a medias: no se puede confiar en un país con un sistema electoral fraudulento, agrega.

Montefiore no tiene dudas: “el contrato que unía al zar con su pueblo —escribe— era propio de una Rusia primitiva de campesinos y nobles, pero guarda cierta semejanza con el Kremlin del siglo XXI: gloria en el exterior y seguridad en el interior a cambio del dominio de un solo hombre y el enriquecimiento ilícito de su séquito”.

Los aires imperiales aún soplan en Moscú.

Una familia excéntrica

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Pedro I El Grande

Para ser su cercano, era menester pertenecer al Sínodo de los Locos, Bromistas Borrachos.

Las suntuosas fiestas que ofrecía esta sociedad secreta recibían hasta 300 asistentes, quienes se deleitaban con cantidades industriales de vodka y un circo de enanos desnudos, una giganta finlandesa y otro francés, que más tarde fue disecado y exhibido en la galería de curiosidades del palacio.

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Catalina II La Grande.

La condesa Praskovia Bruce era su “catadora” de amantes. Su apetito sexual era insaciable. Tuvo al menos una decena de abortos. Construyó una “habitación del amor” en el Palacio de Tsárskoye Selo, donde había juguetes sexuales de todo tipo, desde consoladores de madera hasta muebles eróticos. Practicó la zoofilia y el sadomasoquismo.

La leyenda —jamás comprobada— cuenta que su sueño era copular con un caballo.

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María, hija de Nicolás II.

Acababa de cumplir 19 años y quería tener su primera aventura sexual. Sabía que iba morir. Presa en una vieja casa de Ekaterimburgo con su familia, los únicos candidatos para tal empresa eran sus guardias.

El encuentro sucedió con Iván Skorojodov, quien le había regalado un pastel de cumpleaños. Tras ser descubiertos en el desván por agentes bolcheviques, él fue cesado y ella murió días después, asesinada junto a su familia.