Teoría y práctica de la nueva Cuba
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Teoría y práctica de la nueva Cuba

Rubén Gallo retrata las contradicciones del país caribeño, entre la euforia del deshielo impulsado por Obama y el congelamiento al que devolvió la era Trump.

Rosario Reyes
11/06/2018
La nueva Cuba

Durante 57 años el Granma no mencionó el nombre del imperio. La edición del jueves 18 de diciembre de 2014 fue distinta: por primera vez desde el triunfo de la Revolución -el 1 de enero de 1959-, en el periódico oficial cubano Estados Unidos dejó de ser impronunciable. El reporte del día anunciaba el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países.

Al escritor mexicano Rubén Gallo le tocó vivir el deshielo en la isla. Pasó seis meses en La Habana después del histórico acuerdo de los entonces presidentes de Cuba, Raúl Castro, y de Estados Unidos, Barack Obama. En la isla, dice Gallo, se respiraba la esperanza.

“Era ese tipo de euforia condenada al fracaso”, reconoce el autor, quien acaba de publicar Teoría y práctica de La Habana (Jus), el relato de aquellos seis meses que pasó en el país caribeño, protagonizado así: “Por poetas, rufianes, pintores, jineteros, santos pecadores y crápulas angelicales”. La materia humana de una ciudad incandescente.

“Viví en Praga en 1991 -entonces era Checoslovaquia- y me tocó ver algo muy parecido. Era el momento justo después de la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética; también ahí había una euforia porque de repente todo parecía ser posible. En el caso de Checoslovaquia el cambio se dio como los optimistas lo imaginaban: el país entró a la Unión Europea, subió el nivel de vida y llegó un gobierno democrático”, recuerda Gallo.

Pero cuando las esperanzas son extremas, la desilusión es inevitable, advierte. “La mayoría de los cubanos se imaginaron que de la noche a la mañana se acabarían todos los problemas, vendría una bonanza económica, una serie de fantasías que en ningún caso se cumplieron. Cuba, que es un pueblo tan castigado por la historia del siglo XX, vivió solo unos meses de euforia, los que a mí tocó vivir”.

Tiempo después, Gallo regresó a La Habana, sin saber que el final del libro que aún no empezaba a escribir le llegaría la noche del 25 de noviembre de 2016, en el bar Las Vegas, cuando Imperio, la estrella del lugar, cantó Se muere el amor, antes de que se declararan nueve días de luto nacional. Fidel Castro, el líder histórico de la Revolución cubana, moría a los 90 años de edad. No alcanzó a ver el deshielo. Tampoco que una de las primeras acciones de Donald Trump como presidente fuera defender el embargo económico contra la isla.

El libro de Gallo es también una crónica del ambiente gay en La Habana. Lo dice desde su portada: en una intervención de la icónica foto que Alberto Korda le tomó en 1960, el Che Guevara aparece con maquillaje y pestañas postizas.

Ese sí es un cambio radical”, dice el autor respecto a cómo los homosexuales cubanos pasaron de ser confinados en los campos de la Unidad Militar en Apoyo a la Producción (UMAP) -donde cumplían trabajos como cortar caña bajo el rayo del sol- en los años 60, a ser reconocidos con todos sus derechos.

“Intelectuales que hasta ese entonces habían sido amigos de Cuba como Vargas Llosa, Octavio Paz y muchos otros, protestaron contra los UMAP. Pero hasta ahora que la hija del ex presidente Raúl Castro, Mariela Castro, dirige el Centro Nacional de Estudios Sobre la Sexualidad, la política de Estado apoya a las minorías, no solamente gays, sino trans. Cuba es un país ejemplar por ese nivel de respeto”, observa Gallo.

Ningún ámbito escapa a las contradicciones en la isla, añade. “En Cuba hay bares, incluso playas gay, que pertenecen al Estado. ¿En qué otro lugar del mundo sucede ese fenómeno? Al mismo tiempo son lugares divertidísimos donde puedes vivir una libertad muy grande, mucho más que en un bar gay de Nueva York o París”, considera.

“Es un momento muy interesante porque está lleno de disonancias y me interesaba rescatar en el libro los espacios de libertad que hoy existen en Cuba”.

La transición política a cargo del presidente Miguel Díaz-Canel es un misterio, admite el escritor. El pasado 4 de junio, Díaz-Canel se estrenó en el relevo de los hermanos Castro con una reunión oficial con visitantes de Estados Unidos en La Habana. El senador republicano Jeff Flake y el ex presidente ejecutivo de Google, Eric Schmidt, acudieron a la capital cubana para tratar temas como un mayor acceso a Internet en el territorio. Un encuentro que también fue reportado por Granma.

“Parte de lo que es interesante y positivo es que hasta ahora no ha ocurrido en Cuba lo que pasó en la Unión Soviética, que se desintegró, fue un colapso al que le siguió un caos tremendo”, reflexiona el autor.

Recuerda la impresión que le causaron las estampas de la calle durante su estancia en Moscú, en 1991. “Iba a cualquier ministerio y los edificios estaban tapiados; era como si tras la caída del gobierno no hubiera nada que lo reemplazara”.

En Cuba la transición al capitalismo no fue tan abrupta, afirma. “Se parece un poco más al caso de China, donde empieza a haber comercio, negocios independientes bajo el control del Estado. Son países con un régimen comunista, gestionando una apertura. Esa es una de las muchas contradicciones que se ven la Cuba de hoy”.