¿Qué dicen las malas lenguas? Al fin tenemos la respuesta
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¿Qué dicen las malas lenguas? Al fin tenemos la respuesta

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¿Qué dicen las malas lenguas? Al fin tenemos la respuesta

Juan Domingo Argüelles, a través de su obra 'Las malas lenguas', busca ayudar a las personas a escribir y hablar mejor, así como evitar incorrecciones.

Mauricio Mejía
30/04/2018
Actualización 30/04/2018 - 5:47
Juan Domingo Argüelles dice que nadie está exento  de decir alguna barbaridad en el lenguaje.

Después de la entrevista en el Espresso Doble de El Financiero- Bloomberg y con una taza de té en su mesa, Juan Domingo Argüelles, buen conversador, cuenta que a estas alturas de su vida -dijo 60 años-, ya se toma con más cuidado los títulos que elige para leer. “Todos hemos leído buenos y malos libros a lo largo de la existencia”, dice, sin lamento alguno. Es cierto, después de todo. También todos han escuchado buena o mala música y han probado buenos y malos platillos. No es curioso que en la charla, post programa, no aparezcan los estados financieros, los logros editoriales y los precios de esos buenos o malos libros. El centro de la convivencia con Juan Domingo siempre será la calidad de las obras; Dostoievski, Tolstoi, Mann. Y otros menores. Hay un acuerdo: los cinco grandes de los pesos pesados: La Biblia, Homero (Sófocles, al lado), La Eneida, la Comedia y Shakespeare. Todo lo demás es pie de página.

Juan Domingo agrega que, si hay algún quejido, lamenta no tomar en cuenta algunas obras poco conocidas de ciertos escritores de amplio reconocimiento. Acaba de leer, por ejemplo, las cartas de amor de Flaubert. Las ha leído todas y con sumo cuidado. Le gusta contar y ser escuchado. Un aire refresca el jardín. La lluvia se anuncia sin prisa. Luego, el relato se mueve a Zola, pero no al Yo acuso de la Aurora. No. Se trata del relato del origen del naturalismo: Teresa Raquin. Argüelles recuerda cuando el francés se defendió de sus críticos. Habla el autor, la tarde envejece. Luego, como si tuviera que justificarse, sin pena, de llevar la voz cantante de la charla (deja, de vez en vez, que alguien apunte, refuerce o exclame una palabra, una circunstancia), Juan Domingo defiende su trabajo: es que lo más preciado que tenemos es el lenguaje. A su edad, vuelve, las palabras le duelen, le siguen diciendo cada una una cosa distinta; única. Sobre la mesa, sin estar, Octavio Paz: “haz que se traguen todas sus palabras...”.

Tiene el propósito no de decirles a los hablantes y escribientes que es una fatalidad que hablan y escriben mal, sino que ayuda a las personas que quieran escribir mejor, hablar mejor y evitar incorrecciones, a manera de una guía sobre ciertas incorrecciones que son frecuentes en cualquier persona. Nadie está exento de decir alguna barbaridad.

Se ha perdido en gran medida porque no dudamos. Una de las cosas que te lleva a corregir algo es que dudes, y es absurdo que alguien no dude de lo que está diciendo o lo que está escribiendo. Aun si no dudara, alguien le podría señalar que lo dijo o lo escribió mal y a partir de eso corregirlo, pero también hay personas a las que ya no les interesa en absoluto usar la lengua de una manera adecuada.

Volvemos al tema de la educación...

En todos los sentidos, pero especialmente al sistema educativo, que antes tenía muy claro ese sentido de las reglas. Alguien que hoy no puede diferenciar una palabra esdrújula de una llana o grave, que no sabe en qué sílaba lleva la tilde la palabra aguda, nos está mostrando que hay una escolarización, un sistema educativo que no está siendo efectivo para enseñarle a las personas a hablar y a escribir. El problema es que la lengua, el idioma, forma parte de nuestra identidad y también del patrimonio cultural, en tanto más lo debilitamos, más se debilita la cultura.

Ese es un ejemplo claro. ¿Por qué decir aperturar si tenemos el perfecto verbo castellano abrir? Esto forma parte de un acendrado anglicismo que se ha convertido en una enfermedad, porque las personas suponen que el inglés es prestigioso y que el español no lo es. Entonces, claro, van tomando del inglés distintos términos que van adaptando al español, pero son calcos que no tienen sentido.

Ese es otro ejemplo. Sí necesitamos préstamos del idioma inglés, como todas las lenguas lo necesitan.

La Real Academia Española aceptó en su última edición las palabras tuit, tuitero, tuitera y tuitear, sustantivos y verbos que eran necesarios en nuestro idioma porque no hay un equivalente en español, Twitter es una marca registrada y de Twitter se castellaniza con las reglas del español, la w se transforma en u, y la doble t se elimina y se deja nada más una t. Entonces, ¿qué es hoy lo erróneo? Que alguien te diga: “te voy a mandar un Twitter”, porque lo que te manda es un tuit.

La pereza de ir al diccionario hoy es absurda, porque antes teníamos que pararnos para ir a la estantería por un tomote para consultarlo. Hoy están en los dispositivos digitales todos los diccionarios que uno quiera consultar, ahí están. No tiene sentido equivocarse en algo que podría resolver fácilmente. Lo que sucede, creo, es que a la gente ya no le interesa la corrección del idioma, lo cual es una señal muy mala.

Lo que tenemos hoy es un grave problema en relación a aquellas autoridades y especialistas que rigen el idioma. Las academias no deben plantear las cosas como lo que quiera el hablante, o el escribiente, al contrario, deben guiarlos de tal forma que puedan decirle: “esto es lo más adecuado, utilizado en estos términos”; pero no dejarlo a la potestad de nadie, porque una regla es regla en tanto sea obligatoria, de otro modo, si es potestativa, deja de ser regla.

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Las malas lenguas. Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas. Oceáno