Pita Amor: cien años del nacimiento de la undécima musa
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Pita Amor: cien años del nacimiento de la undécima musa

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Pita Amor: cien años del nacimiento de la undécima musa

Pita Amor, la autora que fue su propia musa, es recordada a 100 años de su nacimiento como el personaje que desplazó en vida a la persona.

Eduardo Bautista
30/05/2018
Actualización 30/05/2018 - 17:55
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En la Antigua Grecia, las musas alentaron a los hombres a escribir comedias y tragedias; a componer canciones y a esculpir maravillas. Desde entonces —escribió John Milton— no hay mayor desgracia que el desdén de alguna de ellas, porque sin inspiración, el arte es cosa fútil.

¿Pero qué pasa cuando una artista encuentra a su propio numen en ella misma?

Pita Amor —“la poeta mexicana más famosa desde Sor Juana Inés de la Cruz”, como la describe su biógrafo Michael K. Schuessler— bien podría ser la respuesta a esa pregunta. En sus 81 años de vida fue lo que quiso ser: mujer y musa; inspiración y obra; persona y personaje.

“Siempre fue su propia mujer. Autónoma e independiente. A veces imposible de tan transgresora. Fue la niña a la que tuvieron que expulsar de un internado en Monterrey por pegarle a la madre superiora”, comenta Schuessler en entrevista con El Financiero, a propósito del centenario del nacimiento de La undécima musa, que se conmemora hoy.

Su legado literario —asegura el maestro en Letras Hispánicas por la Universidad de California— es inconmensurable, pues clausura con broche de oro una gran tradición en la poesía castellana que comenzó con Garcilaso de la Vega a principios del siglo XV. “Pita llevó al siglo XX las formas poéticas castellanas más clásicas, en contraflujo del verso libre y la poesía experimental de la época”.

Amor vivió en un México donde los hombres eran los grandes portentos de la vida pública. Un México que cantaba las rancheras de José Alfredo Jiménez, idolatraba a Pedro Infante y se rendía ante los murales de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Un país donde la cultura era inconcebible sin Alfonso Reyes o José Vasconcelos.

No obstante Pita, a diferencia de sus contemporáneas, nunca fue la sombra masculina de un marido que nunca tuvo. “No fue la Frida de Diego, no fue la Tina de Edward Weston ni la Elena de Octavio Paz, y esto tuvo un precio, porque nunca recibió becas ni premios, pero fue una celebridad, de eso no hay duda”, explica el investigador estadounidense.

Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein nació el 30 de mayo de 1918 en una vieja casona del número 66 de la calle Abraham González, en la colonia Juárez, alejada de las balas de una Revolución que echaba sus últimas llamaradas.

El nuevo siglo no pintó bien para la familia de la pequeña Guadalupe. Antes del conflicto, los Amor Schmidtlein formaban parte de la crema y nata de la sociedad porfiriana. Pero en 1918 aquella opulencia era apenas poco más que una evocación. Su familia debía empeñar joyas en el Monte de Piedad para sortear las crisis. Quizás la nostalgia hizo que Pita siempre se refiriera a aquella casa como su domicilio de José Yves Limantour, como se llamaba aquella calle durante el Porfiriato.

“Hasta sus últimos días Pita fue una mujer complicada. Su familia se las veía muy difíciles porque cada que le daban dinero se lo gastaba todo en joyas y demás accesorios en el Sanborns. Nunca fue una mujer de reglas. Los últimos años de su vida los pasó en hoteles de la Zona Rosa, vendiendo sus dibujos y poemas a la gente. Supe hace poco, por una maquillista de un canal de televisión, que Pita se orinaba en el coche si éste no se paraba a los tres minutos de que ella anunciara sus ganas de ir al baño”, refiere Schuessler, quien también es autor del libro Pita Amor: La Undécima Musa, que Aguilar ha reeditado con un tiraje de 4 mil ejemplares.

Pita llevó al siglo XX las formas poéticas castellanas más clásicas, en contraflujo del verso libre y la poesía experimental de la época”
Michael K. SchuesslerBiógrafo

Alma indómita

Nunca se supo dónde acabó la mujer y dónde empezó el personaje de Pita Amor. Su naturaleza indomable la convirtió —dice su sobrino, el realizador Eduardo Sepúlveda Amor— en un personaje incómodo para la época en la que vivió.

Fue madre soltera —de un hijo que murió ahogado en una pileta al año de edad—, nunca contrajo matrimonio y fue amante de hombres y mujeres, como la pintora Frida Kahlo y la actriz Pina Pellicer. Se desnudó para Diego Rivera —causando así uno de los mayores escándalos en la historia de su familia— y fue la musa de artistas como Juan Soriano y Antonio Peláez.

Pita recurría a uno de sus versos para describirse a sí misma: Yo de niña fui graciosa,/ de adolescente llorona,/ en mi juventud cabrona/ y en mi verano impetuosa.

Se inició en la poesía de manera tardía: a los 27 años. Su móvil: la vanidad. Estaba harta de recibir halagos por su belleza. Un día, hastiada de la zalamería masculina, buscó la satisfacción en las palabras. Y “movida por un impulso superior”, escribió con labial rojo en una servilleta de algún restaurante de la capital: casa redonda tenía de redonda soledad/ el aire que la invadía era redonda armonía de irrespirable ansiedad...

Una parte de Pita Amor nació en ese momento; otra murió. Publicó su primer poemario dos años después: Yo soy mi casa (1946), el cual fue reconocido por Xavier Villaurrutia, Juan Rulfo y Alfonso Reyes, a quien se le considera su descubridor.

Lo que vino después fueron tiempos aún más dorados. Cuenta Roberto Fernández Sepúlveda en el libro Guadalupe Amor. Poesía Moderna: “de allí, por la vía corta, tomó el mundo por asalto. Centro y Sudamérica, España y el resto de Europa, celebraron su obra y su presencia. Las principales editoriales de lengua española la publicaron. Decía Pita: ‘a mí me enajenaba saberme difundida por el mundo’”.

“Era admirable. Tenía una memoria privilegiada. Recitaba versos de prácticamente todos los poetas hispanoamericanos. Y también recitaba en inglés, en francés y hasta en ruso”, recuerda Sepúlveda Amor.

Su naturaleza fue indómita hasta el ocaso de su existencia. Decía que María Félix aceptaba que era menos guapa que ella y mandó por los refrescos a Madonna, quien quería conocer a la poeta para hacer una investigación sobre Frida Kahlo. Así consta en un artículo publicado por Proceso en 1994. El periodista de espectáculos Manuel Ávila Camacho López, su amigo y protector, recuerda así aquella tarde de un día de 1992: “Me habló Pita y me preguntó quién era una cantante moderna llamada Madonna. Me dijo que los invitáramos a comer y los tratáramos como príncipes. Al final de la comida en el restaurante Prendes, fuimos a casa de Pita. Ella puso al periodista Manuel Zavala a ordenar el departamento, al arquitecto Alejandro Hadad le pidió —estuvimos ahí desde las cuatro y media hasta cerca de las 12 de la noche— que fuera por comida y a Madonna y a su hermano les pidió que fueran por sodas. Así, embelesados por Pita, los Ciccone (apellido de Madonna y su hermano) bajaron dos veces a la calle por bebidas, porque Pita vivía en una buhardilla en el séptimo piso ahí en Bucareli. Finalmente, Pita les habló de todo, del amor, de brujería, de alquimia, de sexo, pero poco les dijo sobre Frida”.

El mayor drama de su vida —coinciden los entrevistados— fue la muerte de su hijo Manuelito, a quien había encargado con su hermana porque ella no se sentía capaz de cuidarlo a sus 41 años. A raíz de aquella tragedia, Pita descuidó su aspecto físico y se hundió en una vida errante y solitaria. En 1987 —casi dos décadas después de la tragedia— escribió en su poema Letanía de mis defectos:

Soy vanidosa, déspota, blasfema;

Soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;

Pero conservo aún la tez de rosa.

La lumbre del infierno a mí me quema.

Es de cristal cortado mi sistema.

Soy ególatra, fría, tumultosa.

Me quiebro como frágil mariposa.

Yo misma he construido mi anatema.

Soy perversa, malvada, vengativa.

Es prestada mi sangre y fugitiva.

Mis pensamientos son muy taciturnos.

Mis sueños de pecado son nocturnos.

Soy histérica, loca, desquiciada;

Pero a la eternidad ya sentenciada.