Nuevo arte ruso, entre el desamparo y la resistencia
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Nuevo arte ruso, entre el desamparo y la resistencia

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Nuevo arte ruso, entre el desamparo y la resistencia

El siglo XXI ha visto la eclosión del arte ruso. No sólo dentro de sus fronteras sino afuera, en los circuitos internacionales del arte.

Rosario Reyes
28/06/2018
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En 1997, el artista Alexander Brener pintó con aerosol un signo de dólar sobre una obra de Kazimir Malévich. Fue un acto de rebeldía contra la reciente apertura de la economía soviética, iniciada en 1986 con la perestroika, la reforma económica implementada por el entonces secretario general del Partido Comunista, Mijail Gorbachov.

La acción de Brener contra la pieza Cruz blanca sobre un fondo gris, de 1920, causó revuelo a nivel internacional. Fue juzgado y encarcelado.

“La inmediatez simbólica del gesto muestra tanto la fuerza como las limitaciones teóricas de esta tendencia anti capitalista de finales del siglo XX”, explica Alfredo Gurza, especialista en arte ruso y soviético del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) del INBA.

En el frente cultural, la perestroika fue acompañada por la glasnost (transparencia), que impulsó la creatividad en las artes y la tecnología. “Se redujo la censura e inició la promoción en el exterior de jóvenes creadores; además se revaloró el legado de las vanguardias rusas de las primeras tres décadas del siglo XX, vistas ahora como ejemplo del potencial de innovación y creatividad de la sociedad soviética y del futuro comunista”, abunda Gurza.

Tres hitos marcaron el nuevo orden para el arte ruso a finales de la década de 1980: la producción de la película La pequeña Vera, de Vasili Pichul, en 1988, que aborda los conflictos generacionales y la desilusión social tras la caída de los muros; la subasta de arte soviético en Moscú en julio de ese mismo año y la primera exposición de Malévich en el Museo Stedelijk, en 1989.

“Los artistas se beneficiaron directamente de la venta de sus obras y la subasta de Moscú sirvió para promover a los jóvenes, al lado de figuras ya reconocidas en los mercados occidentales”, cuenta Gurza.

De acuerdo con una reseña del diario El País, la subasta superó los 3.5 millones de dólares, incluía 119 obras de artistas como Alexsander Ródchenko, Nadezhda Udaltsova, Alexander Drevin, Bárbara Stepanova y Maria Ender.

Y una pieza rompió récord de venta. “Grisha Bruskin, de 43 años, desbancó a los maestros reconocidos del arte contemporáneo soviético al lograr 220 mil libras esterlinas por su lienzo Léxico fundamental, pintado en 1986”, dice la reseña del diario acerca del artista radicado en Chicago, quien el año pasado representó a Rusia en la bienal de Venecia.

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Occidentalización y nostalgia

Ante el estancamiento de la economía soviética, la perestroika surgió con el propósito de descentralizar la toma de decisiones y promover la iniciativa de los mandos medios en las empresas agrícolas, manufactureras y extractivas, explica Alfredo Gurza. Cinco años después, la Unión Soviética se disolvió.

Una vez separada la URSS, algunos artistas trataron de adecuarse a los nuevos tiempos, adaptando su obra a las tendencias occidentales. “Simultáneamente, otros se afanaban en hacer del arte una trinchera contra la obscena comercialización de todos los aspectos de la vida social durante los años de Yeltsin”, advierte el especialista.

Boris Yeltsin fue el primer presidente de la Federación de Rusia (de 1991 a 1999). Junto con Ucrania y Bielorrusia, acordó la disolución de la URSS, en 1991.

Los artistas disidentes que habían cobrado fama desde los años 60, a partir del llamado “deshielo”, y que habían seguido produciendo durante los años 70, emergieron en la última década del siglo XX, dice el investigador. Entre ellos se encuentran el conceptualista Ilya Kabakov y la dupla de Viktor Komar y Alexander Melamid, creadores del SotsArt (Arte Socialista).

“Al SostArt se deben -dice Gurza- obras de fina ironía y dadaísmo delirante, que recombinan el ADN de la identidad soviética: los lemas, los iconos, los léxicos de la publicidad y la propaganda. En todo el arte de los 90 hay una nota de nostalgia, de vulnerabilidad y desamparo. Ante un presente de violencia, despojo e impunidad, y un futuro desesperanzado, estos artistas no idealizan al régimen soviético sino que miran con añoranza su morada en la memoria”.

La rebeldía del nuevo siglo

Frente a otro régimen totalitario como el actual, con Vladimir Putin al mando, han surgido nuevas resistencias. Alfredo Gurza destaca el caso del grupo musical Pussy Riot, cuyas integrantes fueron encarceladas por manifestarse “contra el patriarcado en toda su concreción histórica”, o el colectivo Chto delat? (¿Qué hacer?), que expuso el año pasado en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla.

“Fundado en 2003, la manera en que este colectivo enfoca sus proyectos está relacionada heréticamente con los dispositivos desarrollados por autores como Brecht, Godard o Fassbinder. El teatro, el video, los murales, banderolas, dibujos y esculturas se combinan con otros formatos como la publicación de un periódico o la creación de una plataforma educativa”, describe el Centro Andaluz en su presentación.

El siglo XXI ha visto la eclosión del arte ruso, afirma Gurza. No sólo dentro de sus fronteras sino afuera, en los circuitos internacionales del arte.

“La producción rusa muestra una enorme vitalidad y una diversidad casi inabarcable. Hay artistas de primer nivel en todos los órdenes: pintura de caballete, ilustración, fotografía, escultura monumental, arte objeto, grafiti, cómic, instalación, performance, video arte”, asegura. A manera de muestra, sugiere a los curiosos sobre el tema revisar las obras de un puñado de ellos.

“Están las imágenes intensamente poéticas de Rinat Voligamsi, un artista interesado en la dialéctica del instante y la presencia; la rigurosa investigación matérica de Pavel Brat, los grafitis de animales en peligro de extinción de Katya Krasnaya, que apuntan a la fragilidad de la vida y del propio medio artístico a merced de la rapacidad humana. La amorosa mirada dirigida a la cotidianidad fragmentada y a las micro narraciones en las fotografías de Olga Chernysheva, la reinvención de los bodegones por otra fotógrafa estupenda, Ekaterina Bazhenova; el lúcido feminismo de los dibujos de Polina Zaslavskaya y los performances de Gluklya (Natalia Pershina-Yakimanskaya)”.