Los jóvenes mexicanos que para salvar vidas tuvieron que unirse al Tercer Reich
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Los jóvenes mexicanos que para salvar vidas tuvieron que unirse al Tercer Reich

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Los jóvenes mexicanos que para salvar vidas tuvieron que unirse al Tercer Reich

Mario Escobar revela una historia real de amistad, traiciones, futbol, política y horror protagonizada por dos hermanos mexicanos durante la Alemania nazi.

Eduardo Bautista
06/08/2018

Los hermanos Collignon —miembros de una de las familias más prominentes de Jalisco de los años 30— sólo querían continuar sus estudios, pero al llegar a Alemania se encontraron con las fauces del nazismo. Y acabaron como casi todos los jóvenes alemanes de la época: unidos a las Juventudes Hitlerianas, sometidos a lavados de cerebro —con la educación y el deporte como principales instrumentos de manipulación— y, finalmente, condenados al horror de los campos de concentración.

Mario y Eduardo Collignon protagonizan uno de los episodios menos explorados por la historiografía latinoamericana: el del papel de los mexicanos en el Tercer Reich.

Las convulsas historias de vida de los dos hermanos son el eje central de Nos prometieron la gloria (Harper Collins), la nueva novela histórica del periodista y escritor español Mario Escobar.

La pensadora judía Hannah Arendt escribió que el régimen de Adolfo Hitler basó su funcionamiento en “la banalidad del mal” de una sociedad autómata e incapaz de reflexionar sobre sus actos, por muy monstruosos que estos hayan sido. Los hermanos Collignon llegaron a esa Alemania donde la maldad era normalizada a costa de una promesa que jamás llegó: la de la gloria eterna.

El 29 de enero de 1945, Eduardo Collignon de la Peña escribió en su diario: “en aquellos años, los jóvenes pensábamos que, para que todo cambiara, el mundo debía volver a quedar desnudo. Lo que no comprendimos en aquel momento era que los harapos con los que nos cubriría el Tercer Reich serían el patriotismo y la lealtad, y que nos despojaría del pudor, que es el alma de la conciencia. Nos prometieron la gloria, pero años después todos añorábamos la honradez, la decencia y la civilización, que son los verdaderos valores que nos convierten en seres humanos y que pueden llevarnos hasta el mismo umbral de la eternidad”.

Los fascistas —dice Mario Escobar en entrevista con El Financiero— fueron maestros en el arte de manipular la mente a través de los dos medios más efectivos para lograrlo: la educación y el deporte.

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Seducidos por las arengas del Führer y los discursos patrióticos de sus amigos alemanes Franz y Hermann, los hermanos Collignon formaron un equipo de futbol y se unieron a las Juventudes Hitlerianas, una organización creada en 1926 con el objetivo de formar nuevos seres humanos de raza aria que fueran capaces de conquistar el mundo.

“Los nazis sabían que era complicado convencer a su generación o a la generación anterior a ellos, por eso enfocaron sus esfuerzos en los jóvenes. En abril de 1933, el gobierno alemán emprendió una reforma educativa para comenzar a formar nuevos individuos. La Quema de libros vino inmediatamente después, como un ejemplo de dar a conocer quién lideraba la cultura alemana”, asegura el también historiador.

Autor de las novelas —entre otras— Canción de cuna de Auschwitz (2016), El mesías ario (2017) y la biografía Francisco. El primer papa latinoamericano (2013), Escobar se define como un buscador nato de historias. Es asiduo colaborador de National Geographic y cree que el viejo mundo no es muy distinto del nuevo. Las crisis humanitarias de los inmigrantes y los refugiados, dice, prueban que la maldad sigue enquistada en el ADN del hombre.

La suerte de reportero fue la que lo condujo a descubrir la historia de los hermanos mexicanos en el Tercer Reich. Ocurrió en 2017, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde presentó su libro Los niños de la estrella amarilla. En esa ocasión le correspondió ser el entrevistado, pero los papeles se invirtieron inesperadamente. Al terminar la entrevista, un periodista llamado Alfonso Collignon le preguntó: “¿Quieres que te cuente la historia de mi familia? Porque es digna de una novela como las que tú escribes...”.

“Inmediatamente quedé fascinado con el tema. En ese momento no sabía mucho sobre el papel de los latinoamericanos en la Alemania nazi. Es un tema que se ha investigado poco, quizás por la negativa de los propios gobiernos, que se han deshecho de muchos archivos. Recordemos que las dictaduras latinoamericanas como las de Paraguay o Argentina operaron de una manera muy similar al régimen nazi, e incluso tuvieron colaboradores nazis”, observa el director de la revista Nueva historia para el debate.

En febrero de 1933, Eduardo llegó a Alemania para estudiar en la Universidad Tecnológica de Munich. Su hermano Mario llevaba ya varios meses ahí. La familia Collingnon tenía la costumbre de enviar a sus hijos a estudiar al extranjero. Pero Eduardo sintió un dejo de desconfianza en cuanto pisó Europa. En el viaje había leído los periódicos y sabía que el nuevo canciller alemán no era un líder común. “¿Por qué hay tantas banderas con esa cruz y por qué me han detenido tantas veces los policías?”, se preguntó Eduardo cuando llegó a Berlín. Tiempo después lo sabría.

“Los Collignon también fueron víctimas del racismo y la persecución de los nazis. De hecho, el encuentro entre los hermanos y Hitler fue real. Eduardo era el presidente de la Asociación de Alumnos Latinoamericanos en Munich y fue él quien se acercó al Führer para pedirle que se detuviera la persecución de sus compañeros latinoamericanos. Hitler aceptó con la condición de que estos grupos de origen latino se unieran a las Juventudes Hitlerianas. Y es así como comienza esta historia de amistad, traiciones, futbol, política y horror”, dice Escobar.