Los dreamers que se aferran a su sueño de ser escritores
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Los dreamers que se aferran a su sueño de ser escritores

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Los dreamers que se aferran a su sueño de ser escritores

Con ayuda del Pen America, Álvaro Enrigue imparte talleres literarios para que 'dreamers' narren sus preocupaciones.

Eduardo Bautista
09/05/2018
Actualización 09/05/2018 - 14:29
Dreamers

El SoHo es uno de los barrios más exclusivos de Nueva York. Lugar de residencia de artistas, yuppies y diseñadores de moda. Vivir ahí, para muchos, es la cúspide del sueño americano. Por eso no es raro que, cada viernes a las 4 de la tarde, 12 dreamers se reúnan en el número 588 de Broadway Street para tratar de materializar su sueño: ser escritores.

A simple vista, estos jóvenes actúan y hablan como cualquier chico neoyorquino. En el fondo pertenecen a una generación muy particular: la de los dreamers, jóvenes —en su mayoría hispanohablantes— que llegaron sin papeles a Estados Unidos cuando eran niños y fueron beneficiados a partir de 2012 con el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), el cual les permite vivir, estudiar y trabajar en la Unión Americana por periodos renovables de dos años.

Pero con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca el destino de estos muchachos se cruzó con una arena movediza. Bajo la amenaza de deportarlos o de cancelar el programa, el gobierno del republicano tiene los anhelos de más de 750 mil dreamers pendiendo de un hilo; en absoluto, es cosa menor.

Los 12 dreamers tienen entre 18 y 25 años y forman parte del DREAMers Project WorkShop, un programa auspiciado por PEN America y la City University of New York para impulsar a los jóvenes a narrar sus experiencias migratorias mediante talleres de escritura impartidos por el escritor mexicano Álvaro Enrigue.

En entrevista telefónica desde aquella ciudad, el ganador del Premio Herralde de Novela en 2013 comparte algunas de sus vivencias en este proyecto, que tiene tres años de vida y que pretende fomentar una suerte de literatura dreamer.

El autor comparte el caso de una de sus alumnas, Amalia Rojas, joven de 25 años de origen mexicano, que llegó a Estados Unidos a los dos meses de nacida. De madre indocumentada, Amalia creía que era una chica normal hasta que cumplió los 17. A esa edad se dio cuenta que, por su falta de papeles, no podía aspirar a un préstamo estatal que le permitiera ingresar a la universidad. (Si quieres leer un texto de ella, puedes hacerlo aquí)

“Esa es la situación en la que viven miles de dreamers, quienes vivieron en la invisibilidad durante mucho tiempo. Lo dreamer es un concepto muy presente en nuestro imaginario colectivo gracias a los medios de comunicación, pero hasta hace unos años era una palabra que no significaba nada”, dice Álvaro Enrigue.

Ante la desesperación de continuar sus estudios, Amalia pensó, incluso, en casarse con un estadounidense para obtener la ciudadanía. Todavía no existía el programa DACA. De esa experiencia nació su obra de teatro Waves (They Know Everything), cuya trama es protagonizada por dos salvadoreñas que desean aclarar su situación migratoria mediante citas amorosas y matrimonios convenidos. Al final, Amalia no tuvo que casarse. Se dedicó dos años a trabajar sin descanso y logró graduarse en el Lehman College en la carrera de dramaturgia y ciencias políticas. Su estatus migratorio, sin embargo, sigue siendo una incógnita.

“Los medios de comunicación han propagado el concepto dreamer, pero hasta hace unos años esa palabra no significaba absolutamente nada”
Álvaro EnrigueEscritor

Hace un mes, el presidente Donald Trump se retiró de las mesas de negociaciones para legalizar a los dreamers. Antes ya había dicho que los legalizaría en “10 o 12 años” a cambio de que el Congreso de su país aprobara un presupuesto de 25 mil millones de dólares para construir el muro fronterizo con México. El inestable clima político ha provocado que miles de jóvenes, como Amalia, teman por su futuro en la tierra que los acogió desde niños, pero que jamás los integró del todo.

Amalia quiere las mismas oportunidades que tiene cualquier mujer estadounidense. Cursó la universidad gracias a una beca y a un agotador trabajo de niñera que alargaba sus jornadas hasta las 3:00 am. No quiere limpiar departamentos como su madre ni ser deportada, según contó en la página del The Jaime Lucero Mexican Studies Institute. “DACA no fue una promesa para siempre, pero cambió muchas vidas. Levantó la sombra en que se había convertido mi hogar y me dio la sensación de, finalmente, encajar en la sociedad. Cuando se hizo el anuncio de que la administración de Trump estaba actuando para terminar con el DACA, miré alrededor de mi departamento vacío. Me gradué con honores en Lehman College, construí una casa, comencé mis posgrados, tenía un trabajo que me encantaba ¿Y ahora qué sigue?”.

El caso de Amalia —dice Enrigue— es muy común entre la comunidad dreamer: muchos crecieron como cualquier estadounidense y algunos ni siquiera hablan español, pero con el tiempo se percataron de que la sociedad que los había acogido los trataba diferente. El DACA —añade— representó para ellos un camino hacia la ciudadanía, pero las políticas de Trump no han hecho otra cosa que obstaculizar los planes de estos jóvenes.

“En ningún lugar la falta de documentos es un crimen: sólo es una falta administrativa. El único error de los dreamers es que sus padres llegaron a Estados Unidos sin papeles. Es una monstruosidad que se quiera castigar a estos jóvenes por esa falta administrativa modestísima que cometieron sus familias. Esto es un tema recurrente en el taller. En la clase hay un chico mexicoamericano, carpintero, que está trabajando en un libro muy interesante en el que habla sobre la relación que tiene con su padre inmigrante”, comenta el escritor.

La primera generación que se inscribió en el DREAMers Project WorkShop estaba compuesta, principalmente, por jóvenes con motivaciones políticas. Algunos de ellos eran líderes estudiantiles de sus colegios. Enrigue recuerda que una de las primeras tareas que dejó a sus alumnos fue escribir vivencias positivas en la Unión Americana. El resultado lo dejó boquiabierto: ningún joven habló bien sobre Nueva York.

“Fue como un baño de humildad, porque yo llegué a esta ciudad creyendo que era un lugar cosmopolita y tolerante. Y lo puede llegar a ser, pero uno pronto se da cuenta que la realidad de estos chicos es muy diferente. Algunos cuentan con VISA DACA, otros ya tienen documentos, pero la marca de dreamers es difícil de borrar. Muchos no pueden salir de Estados Unidos”.

El hecho de que los dreamers divulguen sus trabajos literarios —porque los leen y representan en lugares públicos de Nueva York— es un acto de suma valentía, asegura Enrigue, pues se sabe que los agentes migratorios vigilan de cerca a las comunidades hispanoamericanas en busca de algún posible caso de deportación o revocación de papeles.

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