La sociedad de los advenedizos
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La sociedad de los advenedizos

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La sociedad de los advenedizos

A los ociosos de Lizardi, José Tomás de Cuéllar agregó los catrines porfirianos, los pollos, los mariditos, los lagartijos y toda una caterva de sujetos detestables.

Por Carlos Illades
07/12/2018
Libros
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La novela mexicana comenzó con José Joaquín Fernández de Lizardi ocupándose de la vida urbana para, posteriormente, volver al campo el espacio de sus tramas. Si aquél era el territorio donde anidaban la pureza y la reserva de la mexicanidad, la ciudad depositaba los peligros representados por placeres y vicios, el lugar de asiento de las nuevas (malas) costumbres procedentes casi invariablemente de fuera. La estética realista se adentró en este mundo asistida por la luz eléctrica que permitía la circulación nocturna, detenerse en los cafés, las calles y los rincones. Los migrantes rurales que la habitaban —no en virtud de su pobreza, sino como resultado de su ascenso social— quedaban expuestos a su influencia e indefensos ante las costumbres modernas y extranjerizadas que se respiraban en la atmósfera urbana. A los ociosos de Lizardi, José Tomás de Cuéllar agregó los catrines porfirianos, los pollos, los mariditos, los lagartijos y toda una caterva de sujetos detestables. La Ciudad de México, con sus aproximadamente trescientas veinticuatro mil almas, se alzaría entonces ya no como el lugar en donde culminaban las victorias de la patria, sino como síntesis de la descomposición de la vida social.

Para De Cuéllar, Facundo, la historia perdió sentido en tanto que motor de la acción de los personajes, tampoco figuró más como elemento constitutivo del ser nacional, o el espacio en donde intervenía la providencia; se convirtió en el escenario donde actuaban hombres y mujeres cuya lógica de comportamiento había de rastrearse en otra parte. Ese lugar era la sociedad, cuyo movimiento pareció desconcertar a De Cuéllar, quien vio el conflicto que la atravesaba como una disputa entre los valores tradicionales (agrarios y católicos) y las nuevas costumbres introducidas por las elites urbanas. Esta disputa la representó como una oposición entre lo nacional y lo extranjero, lo propio y lo extraño, y de manera simple la sacó a la luz a través de las palabras sonoras usadas por catrines y extranjeros, en todo caso atractivas para los miembros de los grupos emergentes, e incomprensibles para los tradicionales.

Facundo clasificó en tres series a los miembros del cuerpo social de acuerdo con sus posibilidades económicas: los que producen más de lo que consumen (los ricos y los poderosos); los que producen tanto como lo que consumen y, en consecuencia, su vida es sumamente incierta y vulnerable (las clases medias); los que consumen más que lo que producen (proletarios, delincuentes, léperos, mariditos y la mayor parte de las mujeres). Estos tres segmentos interactúan en sus novelas, aunque el que más le preocupaba era la clase media, asediada por los ricos, y en riesgo permanente de descender al tercer escalón. La familia de don Trinidad (Los fuereños), al bajarse del tren en la estación del Ferrocarril Central de la Ciudad de México, miró a su alrededor y lo único que registró fueron extranjeros (aunque no había muchos en esa época), síntoma del extrañamiento hacia lo que conocía tan sólo de nombre y, a veces, ni eso. Sin embargo, su cortedad pueblerina no resultó un obstáculo insalvable para adentrarse en la capital con más buena voluntad que recursos, sucumbiendo a una fascinación boba: “—No te lo dije, Trini, que nos íbamos a divertir mucho en México con todas esas rarezas que no hay por allá—”. A la semana, “esas rarezas” se convertirían en motivo de desconfianza, explicación de la pérdida de la tranquilidad doméstica y razón suficiente para no abandonar el terruño: “Con razón le tenía tanto horror al ferrocarril, porque por los ferrocarriles es por donde vienen todas esas cosas”. Al final, con la cola entre las patas, el hijo pervertido y una de las hijas deshonrada, la familia regresó al pueblo de donde nunca debió haber salido.

El universo social de Las jamonas —mujeres de buen ver que habían entrado a la madurez— es el de los advenedizos, particularmente las clases medias, elevadas por la Reforma, y ensanchadas durante el Porfiriato. Allí De Cuéllar mostró preocupación por la estrechez de miras de la clase en ascenso, ya desprovista de los viejos valores de la sociedad agraria, e incapaz de contender con la “gente bien”. Dentro de esta sociedad de los advenedizos, producto de la “revolución” y del desorden político, los comportamientos estaban regidos mayormente por el dinero, en detrimento del trabajo y la inteligencia. Este materialismo, que había impregnado a la vida de la comunidad, socavaba la moralidad que debería estar en su fundamento, provocando resultados funestos. Las mujeres perdían la virtud, los hombres defraudaban o abiertamente robaban para enfrentar los compromisos generados por un estado social enfermo (enfermedad moral la llamó el novelista), en donde quien no gastara u ostentara no era nadie, perdiendo el afecto efímero y fingido de los demás.

Baile y cochino mostró una sociedad compleja donde no había una clara distinción entre buenos y malos, el amor estaba confundido con la sensualidad, y la trama de la vida colectiva la conformaban los pequeños intereses de los diversos personajes representativos de toda la escala social. No había héroes ni causas patrióticas que merecieran lucharse; nadie fincaba su prestigio apelando a las guerras de liberación contra estadounidenses y franceses, ni siquiera los militares, y en el mejor de los casos se esgrimían como blasones las influencias dentro del gobierno. De Cuéllar se aproximó a la cultura popular despojado de la perspectiva romántica que encontraba en el pueblo conductas positivas, abnegación, entrega al trabajo, solidaridad, amor a la patria y una disposición natural a mejorar. El pueblo no era para el novelista más que una masa informe deseosa únicamente de comer hasta hartarse, beber hasta perder la conciencia y enamorar a alguna de las codiciadas “Machucas”, pruebas vivientes de hasta dónde hemos llegado.

Las referencias de Facundo al mundo del trabajo poseyeron tintes negativos. Los artesanos eran flojos, incumplidos y ebrios, más dispuestos a engañar al cliente que a enorgullecerse del trabajo bien hecho. Una fugaz estadía en la cárcel bien podría ser la culminación de una noche de farra o el triste final del “sanlunes”. La vecindad conformaba el microcosmos en el que habitaban, acompañados de las vendedoras de fritangas, los muchachos maleducados, los niños consentidos y las mujeres metiches. Dentro de la narrativa de Cuéllar el pueblo carecía de unidad, y solamente el relajo, la violencia y el chisme le otorgaban una articulación transitoria. La fiesta degeneraba en pachanga, desnudando la ignorancia y falta de ambición de las clases bajas; la vulgaridad, el mal gusto, las poses y el falso refinamiento de la clase media. Disuelto el barullo, cada quién regresaba a su modesto agujero, acariciando como grandes proyectos expectativas individuales por demás paupérrimas: “las personas cuya cultura está muy lejos de llegar al refinamiento, van a los bailes sólo a bailar, y a las comidas sólo a comer”.

Doña Marianita Quijada (Los mariditos) se esmeró en conseguirle un dinero a su vástago para que éste pudiera realizar el sueño de su vida: casarse. La metamorfosis del pollo se consumaba justamente con este acto que lo convertía en una variante degenerativa del esposo: el maridito. La morfología de este tipo era consecuencia cuando menos de dos causas: la educación hogareña y las características específicas de la sociedad moderna. La conducta protectora de la madre no resultaba precisamente favorable para la conformación del carácter de los jóvenes (cabe recordar que la mamá del Periquillo de Lizardi contribuyó a su holgazanería al inculcarle los valores aristocráticos, mientras el padre trataba de imbuirle la ética burguesa del trabajo) y, entre las clases bajas, peor, porque a la vez que pobres estos pollos solían ser pretenciosos (querían parecer gente decente, y por eso gastaban más de lo que podían o se envilecían para obtener dinero).

La emergente clase media se llevaba la peor parte en el encuentro con el remedo de aristocracia formada por catrines y extranjeros, que hablaban un idioma desconocido, había visitado lugares lejanos y consumían platillos y bebidas exóticos. El efecto inmediato era el deslumbramiento y, su consecuencia, la seducción. Cuando Ketty habló en inglés —“¡Qué cristiana va a ser, doña Felipa! Empiece usted porque es muy güera”— con uno de sus amigos, don Aristeo, que había vendido al compadre Sánchez su casa en Oaxaca para sufragar el alto costo de su amor (300 pesos mensuales), no entendió absolutamente nada. Achicado, la única reacción que acertó a hilvanar fue encelarse. Las perspectivas contrastadas, entre el que no comprendía y quien lo miraba con frialdad materialista, iba más allá de los personajes constituyendo una metáfora de las enormes dificultades que tendría México para contender con la primera globalización.

De Cuéllar aspiró a desterrar las taras arraigadas en el país y a depurar la sociedad de las influencias nocivas, para cimentar mejor la nacionalidad. Trató de inscribir a México en el sistema internacional rompiendo el lastre que lo amarraba al atraso. Por eso, aunque titubeó, no vio en el retorno al campo la salida a los problemas de la sociedad contemporánea, sino en reformar la ciudad con base en los valores agrarios y tradicionales. No deja de ser curioso, sin embargo, que en el siglo XIX, cuando se rindió culto al ascenso de la burguesía y en el que el liberalismo soñó con formar una sociedad de pequeños propietarios, la escritura de Facundo haya ido dirigida precisamente a desnudar sus defectos, como si se tratara de la revancha del México rural (el de los hacendados y los campesinos) contra el México urbano (el de los burgueses, los profesionistas, los trabajadores, y también, el de las lacras sociales), como sentenció don Trini (Los fuereños): “prefiero a mis hijos rancheros que catrines”.

Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 2018).