La revuelta estudiantil según Revueltas
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La revuelta estudiantil según Revueltas

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La revuelta estudiantil según Revueltas

José Revueltas caracterizó el movimiento de 1968 como una 'revolución estudiantil', el preámbulo de un cambio radical en el 'horizonte histórico de México'.

Por Carlos Illades*
08/08/2018
José Revueltas
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Cuando se inició el movimiento de 1968, José Revueltas prácticamente se fue a vivir a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional: la revolución no debía únicamente pensarse, había también de vivirse. El escritor duranguense se convirtió en el gurú intelectual de los jóvenes universitarios, quienes hicieron todo para resguardarlo cuando el Ejército ocupó Ciudad Universitaria en septiembre de 1968. Durante dos meses lograron su propósito, pero el 15 de noviembre lo aprendieron las fuerzas de seguridad en la colonia Narvarte.

Aquella tarde el autor de Los días terrenales había dictado en Filosofía y Letras una conferencia sobre “autogestión académica y universidad crítica”. Los textos dedicados a estos temas muestran desplazamientos conceptuales interesantes. Sin abandonar la problemática de la enajenación que recorre toda su obra y sin hacer de lado el objetivo de la revolución, Revueltas “carga” los nuevos conceptos con el contenido previamente dado al partido (“cerebro colectivo”). Sin embargo, no será esta entidad “históricamente inexistente”, el Partido Comunista Mexicano (PCM), el que tenga el cometido de fungir como la “conciencia organizada” de la clase obrera: el nuevo espacio será transitoriamente la universidad. Pero no el claustro habido hasta entonces, sino la universidad crítica prefigurada por el movimiento estudiantil.

La reflexión crítica instituida durante aquellas jornadas y la democracia horizontal del movimiento estudiantil constituyeron para el novelista el embrión de la sociedad futura, la nueva práctica (autónoma, crítica y plural) en la que esta debería fundarse. Por tanto, el sujeto del cambio no sería en lo inmediato un movimiento obrero sometido por el régimen autoritario, lo conformarían los estudiantes dentro de un espacio universitario no alienado. De esta manera Revueltas aseveró: “La juventud no son los jóvenes sino los cambios que en la sociedad propugnan los jóvenes”. Sugerente contrapunto con su antiguo mentor Lombardo Toledano, quien consideraba en ese momento que “los jóvenes se deben de preparar (estudiar) para contribuir mañana al advenimiento de la sociedad socialista”. Frente a esto Revueltas propuso que la autogestión académica, alimentada por una conciencia crítica, dejara atrás a la universidad en cuanto “almacén donde se depositen los conocimientos” que, liberados por la praxis autogestiva, asumirán el contenido revolucionario “al transformar lo que conoce”.

Revueltas caracterizó el movimiento de 1968 como una “revolución estudiantil”, el preámbulo de un cambio radical en el “horizonte histórico de México”, esto es, la superación dialéctica de la Revolución mexicana, con la cual la burguesía asumió “el poder desde 1917”. En reacción en cadena, el concepto y práctica de la autonomía traspasó las fronteras universitarias convirtiéndose en patrimonio común del estudiantado en su conjunto. Asimismo, extendió la crítica de la institución educativa hacia “los planos del cuestionamiento político de la sociedad y de sus estructuras”. De allí permearía hacia el resto de la sociedad, pues, en una segunda fase, cristalizaría en la “autodeterminación política de todos los sectores del pueblo, con la clase obrera a la cabeza, o sea, la nueva revolución que ha de cambiar en México el rumbo de la historia”. Con salvedades, trotskistas, maoístas y marxistas independientes, presentes en los “círculos dirigentes de la masa estudiantil”, podrían integrarse y contribuir a conformar el futuro partido de la clase obrera que encabezara la segunda gran Revolución mexicana del siglo XX.

Cuando Revueltas abandonó la prisión “bajo protesta” —ya que continuaba sujeto a proceso— el 13 de mayo de 1971, intentó promover la autogestión académica entre los estudiantes universitarios, además derivó dos conceptos de aquélla: “conciencia libre” y “democracia cognoscitiva”. El primero implica que la conciencia es una sola, por lo cual es erróneo —producto de la “beatería seudomarxista”— escindirla maniqueamente en “conciencia burguesa” y conciencia proletaria”, una mala y otra buena, aquella ideológica, esta científica, contrarrevolucionaria y pura, respectivamente. Únicamente existe una conciencia racional y esta es necesariamente crítica de acuerdo con Revueltas. Para su desarrollo pleno, la “conciencia libre”, esta suerte de ciudadanía de las ideas, se ejerce dentro de la “democracia cognoscitiva”, la cual supone “la confrontación de tendencias”, la impugnación de situaciones, la lucha de ideas”. Este cuestionamiento libre, crítico y democrático constituyó para el escritor duranguense el legado mayor del movimiento juvenil de 1968 en todo el mundo. Ante la mediatización de la clase obrera —en Occidente, el bloque socialista y el Tercer Mundo— la conciencia proletaria había quedado depositada en los intelectuales críticos “cuyo objetivo esencial no es sustituir a la clase obrera, sino influir sobre ella y hacerla retomar su papel dirigente”.

“Ese era el sentido último de la democracia, el traslado del poder del Estado hacia la sociedad. Sin ejercer la violencia contra los demás”
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La derrota del movimiento ferrocarrilero, cuyo cuestionamiento llevó a final de cuentas a la expulsión definitiva de Revueltas del PCM, la resignifica el novelista a través de la narrativa que construye a partir de la experiencia del 68. Ambos forman parte de un continuo histórico en que el fracaso obrero es superado con lo que concibe como victoria del movimiento estudiantil, el mundo cerrado y oscuro del corporativismo estatal es descubierto por la acción de los jóvenes, y el lenguaje del proletariado lo verbalizan estos, adelantando el futuro. La represión gubernamental de los ferrocarrileros conculcó los derechos de toda la sociedad, en tanto que la lucha estudiantil abrió la oportunidad de resarcirlos. Ello, apunta el novelista, “no es un accidente en modo alguno: indica la profunda naturaleza histórica que tiene y el camino que le falta todavía por recorrer”.

Posiblemente por su acercamiento al trotskismo en 1968, Revueltas delineó en 1971 una suerte de Programa de Transición —lo nombra “plataforma”— del “Movimiento de la Nueva Izquierda Independiente”, el cual articularía a los estudiantes con las clases trabajadoras. La Plataforma de Transición consta de cuatro puntos:

1) reforma universitaria; 2) independencia sindical y política de la clase obrera; 3) democracia agraria; 4) apertura del sistema electoral a todos los partidos políticos. Como es evidente, todas las demandas son inequívocamente democráticas. Habiendo abjurado del centralismo democrático comunista, el autor de Los errores propuso que el Movimiento de la Nueva Izquierda funcionara piramidalmente, de abajo hacia arriba, por medio de asambleas locales (centros educativos), asambleas generales (instituciones de educación superior), asambleas regionales (por entidad federativa) y por “la asamblea nacional de masas”. Esto es, una democracia sustantiva basada en la comunidad, no en la mera aritmética de su definición liberal.

Revueltas culminó de esta forma su ciclo comunista, que inició bajo el influjo de la Revolución de Octubre y cerró con la caracterización del Estado soviético como un “Estado nuclear” —equivalente al estadounidense— generador de nuevas formas de alienación humana y de afirmación del Estado, no de su extinción como auguró el marxismo clásico. Estados que transformaron a los individuos en objetos, en engranajes de una maquinaria que los consume, sacrificando su desarrollo en beneficio de la productividad y la eficacia orientadas hacia lucro y controladas por el poder. Negación todo esto de los valores de la universidad crítica. Y, más que eso, de la libertad humana, traicionando “la gratuidad del hombre y la pureza del ocio”.

Revueltas no estaba por edificar mitos nacionales nuevos o por refrendar el esencialismo de la filosofía de lo mexicano, en todo caso quería demoler los existentes. Tampoco consideraba que la historicidad mexicana fuera circular —al estilo de la Posdata de Octavio Paz—, pensaba más bien que la historia era un proceso, aunque no necesariamente para mejor (la transformación de la Unión Soviética en un Estado nuclear lo demostraba), que ésta poseía estructuras profundas las cuales delimitaban el campo de los posibles, pero que la acción libre, reflexiva y concertada de los actores era decisiva en su curso. Esto hacía imprescindible acabar con las “ficciones ideológicas” y alcanzar la “libertad real”, esto es, la autonomía, la posibilidad de la sociedad de gobernarse a sí misma. Ese era el sentido último de la democracia, el traslado del poder del Estado hacia la sociedad. Sin ejercer la violencia contra los demás —como hizo el Ejército en el 68—, pero con la autogestión obrera en las empresas privadas y públicas, además de la libre concurrencia política, podrían “las clases revolucionarias asumir el control del proceso histórico”. Más gramsciano que leninista, y más autogestionario que estatista, el último Revueltas no veía “otro camino que no sea —hoy por hoy— el camino democrático”, pues otro distinto “nos llevaría a un socialismo no democrático, es decir, nos llevaría a traicionar el proyecto socialista. Eso y no otra cosa sería la nueva revolución.

* Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intellectual (Taurus, 2018).