La mirada introspectiva de Philip Roth
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

La mirada introspectiva de Philip Roth

COMPARTIR

···

La mirada introspectiva de Philip Roth

El autor, originario de Newark, Nueva Jersey, construyó el gran relato de la judeidad estadounidense. Constituye ahora una de las cimas literarias del siglo XX.

Rosario Reyes | maría eugenia sevilla
24/05/2018
Placeholder block
Fue la segunda de sus batallas a muerte.Oscar Castro

Philip Roth no habría llorado por Philip Roth. Un hombre cuya vida fue un duelo a muerte con la escritura habría permanecido al filo, siempre impío, de una narrativa tan ligada a su vida.

“Escribió novelas agudas, maliciosas, eruditas. De ninguna puede sacarse una frase para ponerla en un póster con un atardecer. ¿Se puede hablar mejor de un escritor?”, dice el también autor Antonio Ortuño.

“Nunca ofrecía consuelo, ni pintaba un futuro esperanzador”, comenta el escritor Luis Jorge Boone. “Era muy frío, enfrentaba con valentía todos los errores y caídas de una sociedad como suya”.

La mirada con que Roth trazó el retrato de la Norteamérica que siguió a la Segunda Guerra Mundial no podía ser menos cruda, habiendo crecido en un barrio judío de Newark, en Nueva Jersey.

El gran narrador de las obsesiones de aquella comunidad de inmigrantes que disectó a largo de más de una treintena de novelas rechazaba, sin embargo, que sus letras se limitaran a ese coto. “No escribo judío, escribo estadounidense”, afirmó. La suya es una literatura de los ideales estadounidenses y su corrupción, la política y la identidad.

Roth muestra lo cierto del proverbio que dice: ‘si quieres ser universal habla de tu aldea’; gran cantidad de sus obras ocurren en la ciudad donde nació y tratan a veces sobre los mismos personajes, muy similares a él, y aún así tiene un una resonancia tremenda”, señala el escritor Daniel Krauze.

El pasado martes exhaló en Manhattan -a causa de una insuficiencia cardíaca congestiva- el último de los gigantes de aquella narrativa que hizo la gran crítica de su tiempo, junto a Norman Mailer (1923-2007), Saul Bellow (1915-2005), John Updike (1932-2009) o Bernard Malamud (1914-1986).

Fue la segunda de sus batallas a muerte. La primera lo venció -o dejó vencedor- en 2012, cuando en la pantalla de su computadora colocó un post-it en el que escribió: “La lucha con la escritura ha terminado”. Némesis, de 2010, marcó el final de su novelística.

“La mayor prueba de su agudeza fue que dejó de escribir. También consigo mismo fue tajante: cerró su obra cuando sintió que estaba completa, en un acto de valentía desmedida”, comparte Luis Jorge Boone.

Ese mismo 2012 recibió el Príncipe de Asturias de las Letras, el broche de una carrera que inició en 1959 con la publicación, a los 26 años, de Goodbye Columbus, cinco relatos y una novela que le dieron el National Book Award.

Diez años después, en 1969, Roth publicó El lamento de Portnoy. La crudeza del lenguaje que utilizó para desplegar el monólogo, ante su sicoanalista, de un joven judío en conflicto con sus desbordados deseos sexuales y la cultura familiar, lo lanzó a la fama. Pero fue con su Trilogía americana con lo que conquistó la cima, coronada en 1998 con el Pulitzer de ficción por Pastoral americana (1997), la primera entrega de esa saga legendaria.

Su ojo introspectivo le permitió crear un álter ego (Nathan Zu-ckerman) con el que a lo largo de nueve obras despliega su propia experiencia, como lo hace en Patrimonio (1991), sobre la relación con su padre, y su agonía mortal.

“Nathan Zuckerman le sirvió para exorcizarse; con él hacía las críticas y auto críticas del papel del escritor y el medio literario”, comparte Ortuño.

Esa cualidad introspectiva de su escritura es la que lo vuelve tan difícil de llevar al cine, advierte Daniel Krauze. “Es de los autores famosos que se han adaptado peor -American Pastoral tuvo un resultado desastroso- porque sus novelas no son guiadas por la trama, sino por lo que sucede en el interior de sus personajes”.

El Nobel fue un pendiente en el palmarés de Roth, siempre un favorito de las quinielas. Un mero accidente, a juicio de Eduardo Elizalde.

“Pero era uno de los más indicados para recibirlo. Un escritor personalísimo, de gran vigor, seguridad, de brillantez prosística verdaderamente imponente. Como observador de la cultura norteamericana es un espejo luminoso, fascinante y vidente de lo que es esa sociedad”. Pero no solamente, añade el poeta: “Fue un crítico, como él decía, de ‘la moral vigente en todas partes’. Un disidente, como casi toda la gran literatura”.

En una palabra, resume el periodista José Gordon, fue una rara avis de la literatura. “Contrario al problema terrible planteado por Kafka en Una jaula que salió en busca de un pájaro, Philip Roth se definió a sí mismo como un pájaro que saltó de una jaula”.