John Lydon, el último grito del punk
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John Lydon, el último grito del punk

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John Lydon, el último grito del punk

John Lydon representa un grito de desesperación de un Reino Unido en decadencia, un rastro implacable de la pobreza de la clase obrera británica de los años 70.

María Eugenia Sevilla
06/11/2018
Para el líder de los Sex Pistols, el punk es desmemoria.
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A los 7 años John Lydon se sumió en una serie de estados comatosos que le borraron la mitad de la memoria.

No sabe si fue el orín de las ratas que escapaban por debajo del fregadero de su casa de protección oficial –un cuartucho con cocina donde dormía con sus padres y sus hermanos en el norte de Londres– o una chuleta de cerdo, el caso es que aquel bocado fue lo último que recordó antes de haberse precipitado en los delirios de la meningitis que lo recluyó durante un año en el hospital de St. Ann.

Hinchado, alucinaba con dragones verdes que vomitaban fuego, como él. Penicilina, penicilina, penicilina. Y las punciones. En ese hospital de Highgate, al niño le extraían líquido medular de la columna vertebral todos los días.

La meningitis le dejó esa “mirada Lydon” con que la prensa lo describiría años después –aún hoy tiene que ver fijamente las cosas para enfocarlas–. Y le dejó algo más en la mirada. Ese chico irlandés de colegio católico –puede que haya nacido en Londres, pero eso ni él lo sabe–, el que creció contestando los ladrillazos que le lanzaban los “inglesitos” de Finsbury Park, supo entonces que era la pieza de un rompecabezas que nunca encajaría del todo en el entorno.

Un año después se reintegró al mundo con los ojos de alguien que sabe algo de los demás que ellos ignoran por completo.

La amnesia le obligó a aprender todo dos veces. Y nada era lo mismo: una distancia crítica lo separó de aquello que le enseñaba su madre por segunda vez. En especial la historia. “Me encantaba, pero no me creía nada”. La suya –escribe en su autobiografía Rotten. No Irish, no blacks, no dogs– se ha contado muy mal. “Ya se puede imaginar uno lo que han hecho con Napoleón”.

El destino de John Lydon quedó sellado con las cicatrices de una inflamación cerebral.

Podrido

Cuando el joven Lydon escribió en su chamarra de Pink Floyd la leyenda “odio a” encarnó, sin proponérselo, el espíritu de una época: el de una Inglaterra que se pudría en el hastío de una generación a la que la ola amorosa de los Beatles le decía ya muy poco y que abusaba del paro hasta el marasmo.

“¿Por qué la gente de la clase obrera tiene tanta rabia, tanta pereza y tanto miedo a la educación?”, escribió más tarde. “Yo me considero clase obrera, pero tengo clarísimo que la clase obrera no me considera así”.

Siempre en contra, se había cortado la melena larga. Era 1975 cuando su chamarra anti Floyd desplegó su mensaje frente a la máquina de discos de Sex, la tienda de Malcolm McLaren, un empresario con ínfulas de situacionista ávido de hacer negocio con un proyecto disruptivo. El dueño de aquella actitud era el front man que necesitaba para la banda que estaba por lanzar: los Sex Pistols. Él sería Johnny Rotten.

Rotten fue algo más que el ícono del punk naciente del Reino Unido. Fue –sostiene Bob Stanley en su libro Yeah, Yeah, Yeah– el chico que alteró el clima cultural como no lo había hecho nadie desde Elvis Presley (y lo hizo dos veces: con el punk y lo que vino después).

En medio de una década en la que el pop se había vuelto aburrido, Los Pistols rompieron el mundo en cosa de dos años y medio (1976-1978). Eso duró su carrera. Ante una BBC que vetaba cualquier cosa con aroma a underground, sus letras lapidarias contra el capitalismo y la monarquía –como Anarchy in the UK con aquello de no future– lograron llegar a las listas: God Save the Queen llegó al segundo puesto.

Aprovecharon la rabia, el desempleo y la larga noche de la Guerra Fría para crear esa estética paródica con que desafiaban el estatus: más allá de soltar majaderías en los programas de televisión –que les ganaba adeptos y titulares amarillos– se apropiaron del diseño gráfico siniestro de las cartas de secuestros terroristas para anunciarse. Resultaba amenazador para la gente. Con sus prendas sadomasoquistas y sus trajes rotos.

El magnetismo de Rotten –en el fondo un universitario trabajador e interesado en el arte– creaba tendencia. Pronto todos sus seguidores, adornaban sus prendas rotas con seguros y estoperoles; entonces él cambiaba y se vestía de saco.

La idea era, sí, destruir el rock, esa parafernalia, pero más que destrucción para Rotten la nueva escena de música simple y directa era en realidad constructiva, amorosa, incluso mostraba que cualquiera podía hacer lo propio (do it yourself!) e invitaba a los jóvenes de esa Inglaterra desempleada a revalorarse, a crear, a ser ellos.

Odiaba la violencia y aunque sus conciertos podían terminar en botellazos, lo que le molestaba era la homogenización del uniforme punk entre el público. “Porque echaba por tierra todo. Aquello demostraba que carecían del concepto de individualidad y que no entendían lo que hacíamos”. Eso y el hecho de que el bajista de la banda, Sid Vicious, se hubiese convertido en un drogadicto más.

“El final de los Sex Pistols fue igual que el principio: un completo desastre”, dice en sus memorias. Las palabras con que cerró en último concierto de la banda en San Francisco –el que acabó con su primera gira estadounidense– resumieron su desencanto: “¿Nunca se han sentido estafados?”.

Los Pistols se habían convertido en una mala copia de sí mismos. Una imagen vacía. O peor: la última banda de rock. De aquella gira, Lydon regresó a Londres como pudo. Su tiempo con el grupo había terminado.

Despojado de su alias (los derechos del Rotten se los quedó McLaren hasta que los recuperó en juicio) y con su imagen pública totalmente distorsionada por la prensa, el cantante no tardó en volcar su melomanía de años en un nuevo proyecto. Alejado de la crudeza simple del punk, rescató sonidos de la sicodelia y de la experimentación jamaicana, con sus poderosas líneas debajo, sus reverbs en estéreo y sus conceptos de resistencia y opresión. Para sus seguidores, tal sofisticación era una traición. Pero Inglaterra, como él y todo el mundo, estaba dispuesta a dejarlos atrás.

El punk ha muerto

Nunca escucharon nada de lo que dije / solo me juzgaron por la ropa que llevo / detrás de una imagen pública hay ignorancia y miedo / es producto de esa maquinaria social que mantiene la misma vieja escena… Mi imagen me pertenece, es mi acreditación, mi propia creación, mi gran final, mi adiós.

La letra de Public Image, el debut de su siguiente proyecto, Public Image Limited (PiL), resumió el inicio de una nueva revolución que hizo eco en el momento más gélido de la Guerra Fría. Public Image, el single, le pegó al noveno puesto de las listas británicas en octubre de 1978. La explosión musical que siguió al exabrupto punk comenzó con el estancamiento de la izquierda liberal, recuerda Simon Reynolds en su libro Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo: “Gran Bretaña era testigo del resurgir de la extrema derecha y de los partidos neofascistas, tanto en política electoral como en las formas sangrientas de la violencia callejera”.

De esto hace 40 años. PiL celebra con la gira The Public Image is Rotten. Esta noche tocan en Ciudad de México. Los 80 vuelven a dar la vuelta al mundo, y hoy suenan más vivos que nunca.