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Embajador de las letras de alto vuelo, el viajero emprendió ayer la fuga definitiva; su voz queda para la posteridad en sus libros.

Eduardo Bautista
13/04/2018
Sergio Pitol
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Louis Stevenson escribió que no existen las tierras extrañas; sí los extraños viajeros. Sergio Pitol fue siempre un extranjero. Un forajido que llevó la literatura a un punto al que pocos se atrevieron: el de romper las fronteras entre los géneros literarios, aseguran expertos consultados por El Financiero.

El ganador del Premio Cervantes 2005 fue más que un novelista, un cuentista y un traductor. Fue el hombre indomable —sostienen— que se atrevió a jugar con la literatura hasta convertirla en una materia de pensamiento libre de etiquetas.

“Junto con José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis —con quienes integró la Generación del Medio Siglo—, Pitol se involucró en una forma narrativa ajustable sólo a él mismo. Su obra nubló las fronteras entre los géneros literarios: hizo del cuento un ensayo, de la biografía una novela y de la prosa un poema”, considera el escritor Fabrizio Mejía Madrid.

Excéntrico es la palabra más adecuada para definir al poblano. Así lo establece el escritor Mario Bellatin, su colega y amigo. Para él, el autor de El arte de la fuga llegó a la meta que buscan todos los sabios desde la oscuridad de los tiempos: estar apartado dentro de un universo propio. “Ese mundo —dice— fue un balcón desde donde apreció el mundo circundante de la manera más aguda posible, todo para no quedar estancado en la banal superficialidad del instante actual, que es donde suele naufragar la mayoría de los autores contemporáneos”.

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Aunque su patria fue el mundo, Sergio Pitol echó raíces en Veracruz. Vivió su infancia en Córdoba y su madurez en Xalapa, donde murió a los 85 años tras una larga enfermedad llamada afasia primaria progresiva no fluente, la cual afectó sus capacidades verbales y motrices. Su casa fue la guarida desde la que organizó tertulias sobre literatura, ópera, política y cine: sus temas favoritos.

La escritora Margo Glantz —otra de sus grandes amigas— recuerda las reuniones que tuvo con él y con Carlos Monsiváis, en las que la conversación se convertía en una ensalada de bromas, canciones y comentarios satíricos sobre la situación del país. “Siempre fue un hombre de izquierdas, muy generoso, pero a la vez muy severo en sus críticas. Interesado en todo lo que acontecía en el mundo”, comenta. La última vez que lo vio, dice, fue hace año y medio. Se comunicaron por señas.

Desde 2015, una polémica rodeó a Pitol. ¿Se encuentra bien de sus facultades mentales? ¿Dónde están su medalla Cervantes y su valiosa colección de plumas? ¿Su familia lo tiene encerrado y aislado de sus amigos? Esas fueron algunas de las preguntas que brotaron en la prensa. No siempre hubo respuestas convincentes. La pérdida de memoria -padecía Alzheimer- fue un tema que persiguió a Pitol hasta sus últimos días. Paradójico para un autor que enfocó gran parte de su obra a las triquiñuelas del recuerdo y el olvido.

“Sus libros tienen que ver con la imposibilidad de ser sinceros, pero sobre todo con las fugas que existen entre la memoria y el olvido. Utilizó recursos como la sátira y la parodia para expresar lo carnavalesco de nuestros pueblos”, apunta Mejía Madrid.

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Bellatin agrega que reinterpretó la realidad con el fin de hacer el horror más soportable y la alegría más intensa. O en palabras de Juan Villoro, uno de sus discípulos: “Pitol no busca aclarar, sino distorsionar lo que mira”. Bellatin destaca también su labor como profesor en la Universidad Veracruzana. En los 70 tradujo al español a Antón Chéjov, Joseph Conrad, Henry James, Witold Gombrowicz y Jane Austen, entre otros. “Y gracias a él conocemos buena parte de la literatura de Europa del Este”, sostiene Mejía Madrid. Margo Glantz añade: “Pitol representa una tradición literaria de altos vuelos, una gran cualidad para estos tiempos en los que la literatura se rige bajo las reglas del mercado”.

La biblioteca personal de Pitol cuenta con alrededor de 14 mil títulos, según un inventario realizado por la Universidad Veracruzana en 2014. Su acervo será entregado a esa institución.

Enrique Vila-Matas —su alumno y amigo— escribió en El País un artículo que resume las fronteras que el mismo Pitol quebró entre su vida y su obra: “un novelista, escribió Pitol, es alguien que oye voces a través de las voces y con ellas va trazando el mapa de su vida, y es alguien que sabe que, cuando ya no pueda hacerlo, le llegará la muerte, no la definitiva, sino la muerte en vida, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor. En estas líneas de sombra mi amigo y maestro pareció ya presentir de algún modo problemas, futuros graves escollos con los que lidiaría en los últimos años: problemas de lenguaje y de comunicación verbal”.

Sergio Pitol murió en silencio; sus libros no: son un eterno grito a la posteridad.

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Geografía de sus letras

Su pasión por la lectura amplió el panorama literario del México de mediados del siglo pasado. Nacido en Puebla el 18 de marzo de 1933, Sergio Pitol comenzó a viajar a temprana edad a Europa, donde descubrió autores que leía en su idioma original y luego tradujo al español para las ediciones mexicanas.

Fue traductor de Un drama de caza, de Antón Chéjov (Rusia); Madre de reyes, de Kazimierz Brandys (Polonia); Otra vuelta de tuerca y Washington Square, de Henry James; Diario de un loco, de Lu Hsun (China); El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y la autobiografía de Robert Graves, Adiós a todo eso, entre otros.

El autor de El mago de Viena fue consejero cultural en las embajadas de México en Polonia, Hungría y Rusia; embajador en Checoslovaquia y agregado cultural en París. Algunos de sus títulos más conocidos son Tiempo cercado (1959), No hay tal lugar (1967), Infierno de todos (1971), Asimetría (1980), El arte de la fuga (1996) y El viaje (2000). Nocturno de Bujara, de 1982, ganó el premio Xavier Villaurrutia, y El desfile del amor, el Herralde 1989.

En 1997 ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua. En 1999 recibió el premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo; en 2005, el Cervantes, de España, donde le fue otorgada la Condecoración de Isabel la Católica en 2011, en grado de Encomienda.

Alejado de la vida pública desde 2011, Sergio Pitol falleció la mañana de ayer en su casa de Xalapa, Veracruz, a los 85 años recién cumplidos, por complicaciones de la afasia progresiva que padecía.