Adiós, dolido, a Rafael Sevilla, la voz que brillaba
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Adiós, dolido, a Rafael Sevilla, la voz que brillaba

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Adiós, dolido, a Rafael Sevilla, la voz que brillaba

El tenor murió el sábado 23 en su casa de Ciudad de México a los 81 años.

Rosario Reyes
24/06/2018
Actualización 25/06/2018 - 0:29
La ópera despide a un tenor célebre.

A los 12 años, Rafael Sevilla Castelazo cantaba “obras tremebundas”. Su profesor de coro en la primaria, Ramón Noble, ponía piezas como la Misa en Si bemol, de Bach, o fragmentos de El Mesías, de Händel.

A esa corta edad acudió por primera vez a una función de ópera. La experiencia lo deslumbró. “Ese día no se me olvida: el 15 de septiembre de 1949 en el Palacio de Bellas Artes”, contó el tenor a la revista Pro Ópera en una larga entrevista por sus 50 años de trayectoria. La pieza que le inspiró para ser cantante fue Mefistófeles, de Arrigo Boito.

Por esa época, el joven actuó en El Billetero, una cinta dirigida por su padre, Raphael J. Sevilla. Ya metido en el ambiente artístico, entró como comparsa en Bellas Artes, donde vio el debut del italiano Mario del Mónaco y de María Callas. Estaba rendido de amor por la ópera.

Durante más de medio siglo se dedicó a cantar. Uno de sus últimos roles fue el Emperador Altoum, en Turandot, en 2000. Sevilla Castelazo actuó como Pong en el estreno de esa pieza en México, en 1960; también cantó el rol de Pang. El mediodía del pasado sábado 23 de junio, el tenor de la voz brillante dejó de existir. Tenía 81 años.

“Fue un tenor ligero muy elegante con grandes posibilidades vocales. Me tocó oírlo un par de veces todavía cuando estaba yo en México y siempre lo oí con mucho gusto porque era un cantante muy limpio, muy depurado y además muy consciente del estilo”, dice el también tenor Francisco Araiza.

“Quienes que lo trataron decían que era un ser sumamente simpático y abierto y muy generoso, o sea que es una verdadera pérdida. Era un colega muy admirado”.

Alumno de Ernest Roemer, José Ávila y Carlo Morelli, Rafael Sevilla pertenecía a la vieja escuela, dice el pianista cubano Ángel Rodríguez.

“Trabajé muy poco con él, pero me impresionaba su técnica, la voz brillante, con mucho estilo y muy poderosa. Coincidimos en Bellas Artes en la producción de Salomé, en 1999, entonces el maestro prácticamente ya no hacía carrera, estuvo invitado en esta producción, era uno de los cinco judíos. Tenía una voz muy timbrada, muy brillante. Le tocó parte de la época de oro de la ópera en México”, comparte.

Uno de sus amigos, el tenor español Luis María Bilbao, lo recuerda con cariño. “Rafael fue un amigo muy querido para mí. Era un tenor lírico ligero, tenía una voz cristalina verdaderamente maravillosa y además era un gran conocedor, un gran erudito en las canciones de Schubert, que le llaman lied, de Brahms, Fauré, en fin, era un belcantista natural”.

El tenor debutó en 1950 con la opereta El murciélago, en Monterrey, y en 1960 se presentó en el Palacio de Bellas Artes en Don Pascuale. Además de ser una figura en México, cantó en Canadá, Israel, Holanda, Estados Unidos e Italia.

“Era un hombre muy culto, hablaba perfectamente italiano, francés, alemán e inglés. Fue un fuera de serie”, afirma Bilbao.