'El Principito': el hijo de la guerra que celebra a la vida
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'El Principito': el hijo de la guerra que celebra a la vida

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'El Principito': el hijo de la guerra que celebra a la vida

Mañana el mundo se celebrará en el 75 aniversario de un clásico de las letras universales, 'El Príncipito', de Antoine de Saint-Exupéry.

Eduardo Bautista
05/04/2018
El Principito
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Es 1 de enero de 1943. El año más oscuro del siglo XX está por comenzar. Hace cuatro años que se inició la Segunda Guerra Mundial. Buena parte de Europa es un cementerio. El Viejo Continente huele a carne calcinada de 3 millones de judíos. Faltan exactamente 31 días para que el ejército de Adolfo Hitler se rinda en Stalingrado, donde ya han muerto casi 2 millones de personas.

Nadie lo sabe, pero el fin de esa batalla —una de las más sangrientas de la historia— será la antesala de la esperanza. Un piloto francés será quien regalará al mundo la posibilidad de una isla en medio del mar de la barbarie. Su nombre: Antoine de Saint-Exupéry. Combatiente aliado y ex reportero. Autor de una obra emergida de entre las tinieblas que no se ha ido y no se irá jamás: El Principito.

Hace 75 años, Gallimard —que por entonces se declaraba una “editorial aria de capital ario” por temor a ser cerrada por los nazis— publicó por primera vez el libro más popular de la lengua francesa. Según la Morgan Librery & Museum, El Principito se vende en 2 millones de ejemplares cada año y ha sido traducido a más de 250 idiomas y dialectos. Su significado, sin embargo, trasciende el hito editorial. No es cualquier personaje. Es el hijo que dejó la guerra.

Fernando Pessoa escribió que la literatura existe porque el mundo no basta. Cuando la humanidad ya no cupo en sí misma por tanta violencia, el lenguaje hizo su truco maestro: abrir nuevos caminos. Cambiar el chip de una civilización colmada de totalitarismos. Puso freno a una sociedad que hacía guerras en nombre del progreso. Y todo a través de la voz de un pequeño príncipe, cuando la niñez y la juventud eran términos desconocidos en un mundo que enviaba a sus hijos al matadero de las trincheras.

Nos regaló la posibilidad de la esperanza y la reconstrucción
Iván Acebo ChoyAgregado cultural de la Embajada de Canadá en México

El Principito fue una bocanada de aire fresco en una de las horas más oscuras de la humanidad. Nos regaló la posibilidad de la esperanza y la reconstrucción en un momento de fractura e incertidumbre. Fue un respiro de paz en el que la civilización no se regía bajo tal lógica”, considera el experto en letras francesas y agregado cultural de la Embajada de Canadá en México, Iván Acebo Choy.

La obra de Saint-Exupéry —explica— no fue muy valorada en su momento, pues la literatura francesa se desarrollaba entonces a la luz de dos tradiciones más oscuras: el realismo y el existencialismo. Un año antes de la aparición de El Principito, Albert Camus publicó El Mito de Sísifo, donde concluyó que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio. Y, aunque El Principito está poblado de referencias a la muerte, se trata de una celebración a la vida.

“Fue una bocanada de aire fresco para la literatura. El hombre siempre requiere de este tipo de historias cuando el arte sólo refleja el caos de la realidad que lo circunda. En ese sentido, El Principito nos ofreció y nos sigue ofreciendo nuevas posibilidades de existir. Su universalidad como obra literaria abreva de sus metáforas que trascienden cualquier tiempo”, agrega.

Un libro... ¿infantil?

Cuando Saint-Exupéry escribió El Principito en 1943, dedicó su libro a León Werth con una acotación muy particular: “si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicarle este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan. Corrijo, pues, mi dedicatoria: A Léon Werth, cuando era niño”.

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En esta dedicatoria reside, en gran medida, el carácter clásico de la obra: desde el inicio, el autor no tiene la intención de escribir “un libro infantil”, sino una novela que asumiera que los niños son adultos en potencia. El crítico literario y académico de la Universidad de Pennsylvania, Jorge Téllez, abunda sobre el tema en su artículo Por qué importan los libros infantiles, publicado en Letras Libres en diciembre de 2013: “no hay nada más asimétrico que los discursos impuestos, en este caso, el de la infancia, normado y regulado por adultos. Hablar de manera integral sobre los niños implica reunir perspectivas sociológicas, psicológicas, pedagógicas, lingüísticas, antropológicas, legales y mercantiles que resaltan la idea de lo infantil como una producción dinámica y no como un concepto fijo y preexistente”. El Principito, asegura, fue diseñado fuera de cualquier arquetipo de la infancia. La premisa del libro es tan demoledora como atemporal: todos los adultos han sido niños, pero pocos lo recuerdan.

El gran error de la literatura infantil —observa Juan Villoro en La utilidad del deseo— es que ésta ha sido subordinada a prejuicios en torno al niño que se vencieron en el siglo XVIII. Más allá de estas posturas, El Principito es “un libro clásico” pese a lo complicado que es entender a la literatura infantil como parte de la gran literatura universal, afirma.

“La obra representa esta mirada virgen frente a un mundo desarrollado bajo la lógica de la superproducción y el consumo. Es un antídoto contra ese superhombre al que le dijeron que se alejara de sus afectos y emociones para convertirse en una máquina productora de cosas”, afirma el actor egresado de la Escuela Nacional de Teatro del INBA, Gabriel Negrete, quien actualmente presenta la obra Hace ya seis años... El Principito, en el Teatro Tepeyac.

Las infancias se han transformado, pero El Principito sigue ahí, reeditándose año tras año. Según la Academia de Pediatría de Estados Unidos y el documental Web Junkie, las pantallas han generado niños más solos, introvertidos e incapaces de interactuar con los otros: más aun cuando se trata de hijos de padres divorciados. En suma: autómatas en potencia.

“La intención del autor es decirle al hombre que no debe convertirse en un autómata. Propone abrirse a afectos como la ternura, la tolerancia, la protección, la caricia. El Principito es una invitación a reencontrarnos con nuestra soledad y, una vez ahí, reconciliarnos con nuestra infancia. Es una obra que abreva de la soledad y de la premisa de entender las ausencias. Puede ser muy útil para las nuevas generaciones”, sostiene Negrete.

Hoy un niño reiventa a Saint-Exupéry y su pequeño príncipe.