El populismo y las promesas incumplidas de la democracia
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El populismo y las promesas incumplidas de la democracia

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El populismo y las promesas incumplidas de la democracia

Jean-Werner Müller aporta su luz sobre uno de los fenómenos más atractivos de la posguerra En ¿Qué es el populismo? (Grano de sal).

El pensador de origen alemán discute sobre la base del concepto del holandés Cas Mudde: el populismo como una respuesta democrática antiliberal al liberalismo antidemocrático. Aquí una postura firme y relevante del texto.

Por Especial
22/05/2018

Fragmento

Ahora bien, los populistas hablan como si esas promesas (que la democracia no cumplió) pudieran cumplirse; hablan y actúan como si el pueblo pudiera desarrollar un único criterio, una única voluntad y por ende un único mandato inequívoco; hablan y actúan como si el pueblo fuera uno –cuya oposición, si se reconociera su existencia, estaría próxima a desaparecer–; hablan como si el pueblo, si tan sólo empoderara a los representantes correctos, pudiera dominar por completo su destino. Ciertamente no hablan sobre la capacidad colectiva del pueblo en cuanto a tal y no pretenden que el pueblo mismo pueda ocuparse de las funciones del Estado. Como he estado insistiendo, el populismo sólo es concebible en el contexto de la democracia representativa.

Las diferencias principales entre democracia y populismo deberían estar claras para este momento: la primera permite que las mayorías autoricen a representantes cuyas acciones pueden o no terminar amoldándose a lo que la mayoría de los ciudadanos esperaba o habría deseado; el último pretende que ninguna acción de gobierno pueda cuestionarse, pues “el pueblo” así lo ha deseado. Una asume el juicio falible y discutible de las cambiantes mayorías; el otro imagina una entidad homogénea fuera de todas las instituciones, cuya identidad e ideas pueden representarse por completo. Una asume, si acaso, un pueblo de individuos, de forma que al final sólo los números cuenten (en las elecciones); el otro da por sentada una “sustancia” más o menos misteriosa y el hecho de que inclusive grandes cantidades de individuos (incluso mayorías) puedan equivocarse en su intento de expresar adecuadamente dicha sustancia.

Una asume que las decisiones tomadas como resultado de haber surgido procesos democráticos no son “morales” en sentido de que toda oposición deba considerarse inmoral; el otro postula una decisión moral adecuada incluso en circunstancias de profundo desacuerdo en torno a la moralidad (y la política). Por último –y esto es lo más importante– una acepta que “el pueblo” nunca puede aparecer de forma no institucionalizada y, sobre todo, acepta una mayoría (e incluso “una inmensa mayoría”, término preferido de Vladimir Putin) en el parlamento no es “el pueblo” y no puede hablar en nombre de éste; el otro asume precisamente lo contrario.