El poder del perdón. La gracia
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El poder del perdón. La gracia

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El poder del perdón. La gracia

'Masa y poder', de Elias Canetti, es uno de los libros más inteligentes del siglo XX. Este texto pertenece al capítulo dedicado a los elementos del poder.

No debe sorprender la frescura de sus alcances porque la sensibilidad de Canetti le permitió entender, como nadie, el poder de la masa.

Por Especial
29/05/2018
'Masa y Poder' de Elias Canetti
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El poder del perdón es un poder que cada cual se reserva y que cada cual posee. Sería curioso reconstruir una vida según los actos de perdón que uno se permitió. El hombre de estructura paranoica es quien puede perdonar difícilmente o nunca del todo; quien sopesa prolongadamente; quien nunca olvida algo donde hay algo que perdonar; quien se arma de actos ficticios para no perdonarlos. La resistencia principal en la vida de los hombres de tal especie se dirige contra toda forma de perdón. Aún cuando logran llegar hasta el poder y que merced a su afirmación deben pronunciar el perdón, ello sucede sólo en apariencia. El poderoso nunca perdona realmente. Todo acto hostil queda rigurosamente registrado, se lo cubre y se lo guarda en reserva. Contra el sometimiento legítimo se lo canjea a veces; los actos de generosidad de los poderosos siempre tienen lugar con sentido. Anhelan tanto el sometimiento de todo lo que se les opone, que con frecuencia pagan un precio exageradamente elevado por ello.

El débil, para quien el detentador del poder es descomunalmente fuerte, no ve cuán importante es para éste la sumisión total de todos. Si es que tiene sensibilidad para ello, puede sólo apreciar un acrecentamiento del poder en base a su peso efectivo, pero nunca apreciará lo que significa para el rey resplandeciente la genuflexión del último, del más olvidado y miserable de sus súbditos. El interés del Dios bíblico por cada uno, la tenacidad y preocupación con la que olvida alma alguna, ha de servir de elevado modelo para todo detentador del poder. Él también es quien instituyó el enredado comercio de perdones; a quien somete, a aquel que lo vuelve a admitir en gracia. Pero escruta con detenimiento la conducta del esclavizado, y dada su omnisciencia le resulta fácil advertir hasta dónde se le engaña.

No puede caber duda de que muchas prohibiciones sólo existen para apuntalar el poder de aquellos que pueden sancionar o perdonar su transgresión. La gracia es un acto muy elevado y concentrado del poder, pues presupone la condenación; sin que la haya precedido no puede tener lugar el acto de gracia. En la gracia también hay una elección. No es costumbre indultar más que a un determinado y restringido número de los condenados. Quien castiga se guardará bien de ser excesivamente clemente, y aún cuando da la apariencia de serlo, como si la dureza de la ejecución fuese contra su más íntima naturaleza, verá una constricción para ello en la sagrada necesidad del castigar. Pero deja abierto el camino de la gracia, sea que él mismo se decida a ella en casos selectos, sea que recomiende gracia a una instancia superior encargada de ello.