El elegido
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

El elegido

COMPARTIR

···

El elegido

Entre los poderosos retratos sicológicos de Thomas Mann, el que ofrece del Papa Gregorio V encuentra espacio para narrar un juego monástico del siglo I, entre dos cuerpos de 11 y un balón.

28/06/2018
Libro
Al registrarte estas aceptando el aviso de privacidad y protección de datos. Puedes desuscribirte en cualquier momento.

Flann, como dije, era un rapaz de cuello corto, muy robusto, de pecho ancho, con el cuerpo lleno de fuerza. Hacía tiempo que podía ayudar a su padre en la pesca y en los trabajos de campo y en el establo y en la pocilga, y el deporte le proporcionaba tanta distracción como a Grigors sus estudios. Pero cuando éste participaba en el juego, aquél también lo hacía y le disputaba con su energía el predominio, de modo que nadie hubiera podido decir cuál de los dos era el mejor. Grigors tiraba la jabalina extraordinariamente lejos, mucho más lejos de lo que se hubiera podido esperar de sus delicados brazos; pero después la pica de Flann se clavaba tremolante, justamente al lado de la suya, ni más adelante ni una pulgada más atrás, ningún árbitro era capaz de advertir ventaja de ninguno, como tampoco en la carrera, cuando llegaban exactamente al mismo tiempo, completamente agotados, el uno con las piernas musculosas y el otro con las piernas delgadas: juntos tocaban la cuerda y dos eran los nombres que había que proclamar, el vencedor tenía dos nombres.

A los muchachos les gustaba que Flann y Grigors participaran en el juego: éste cobraba entonces tensión, porque dos de los que jugaban estaban tensos y mantenían en tensión las fuerzas y los ánimos de todos. Flann nunca hubiera jugado al tiro de pelota con los pies y la cabeza del lado de Grigors; siempre estaba en el otro, y todos se alegraban de ello, pues todos los equipos querían tener a uno de los hermanos por capitán, porque sabían que con su destreza ellos ganaban habilidad, en el ataque, al correr, en la defensa y en la meta; a los lados parecía entonces que los once se fundían en un cuerpo y se pasaban el cuero con una exactitud de relojería, de modo que pasaba por entre los postes de los unos tantas veces como por los de otros.

Un día incitaron a los hermanos, tan distintos y sin embargo tan igualmente diestros en el campo del juego, a que libraran una lucha ante todos los jóvenes, y aquello concluyó de modo singular. Flann, más fuerte pero no mejor, derribó pronto a Grigors, pero éste, con las manos, con una pierna doblada y en particular con su cabeza, se mantenía separado del suelo, y el otro no conseguía darle la vuelta ni obligarlo a tocar la yerba con el hombro: parecía que el medio derrotado hubiera preferido dejarse aplastar la bóveda del cráneo antes que abandonar su postura de resistencia.