Buzzcocks: Los punks que reventaron Manchester
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Buzzcocks: Los punks que reventaron Manchester

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Buzzcocks: Los punks que reventaron Manchester

Cuando autofinanciaron su primer disco, en 1977, la banda inglesa cambió la historia de la industria musical pop.

Cuatro décadas después, los padres del indie debutan en México el sábado próximo, como plato fuerte del festival Marvin

María Eugenia Sevilla
18/05/2018

Apenas comenzaba 1977 cuando un grupo de jóvenes integrantes de una desconocida banda punk cruzó la puerta de la sucursal de Virgin Records en Manchester. Llevaban en brazos una caja con sus discos y la esperanza, desesperada, de colocarlos en los anaqueles.

La urgencia era que los habían producido y maquilado ellos mismos, bajo el sello New Hormones que fundaron sin más experiencia que haber comprado y escuchado muchos acetatos. Estaban hasta el cuello de deudas.

Sin saberlo, esa agrupación formada apenas en el 76 bajo el nombre de Buzzcocks –una palabra compuesta por buzz, que significa el prendón de tocar en un escenario, y cocks, amigos– estaba inaugurando una forma inédita de financiamiento discográfico, el crowdfunding, hoy tan en boga: le pidieron prestado a sus amigos y reunieron 500 libras. Necesitaban vender una parte del lote de mil copias para devolver los empréstitos.

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Sólo vendieron 25 piezas en Virgin. Pero tocando puertas, su primer EP, Spiral Scratch, terminó por sacar 16 mil copias y alcanzó un escaño en el Top 40 británico de aquel año. Y se volvió leyenda.

Más allá de ser un disco de culto, que en 2017 tuvo ediciones especiales por sus cuatro décadas, Spiral Scratch hizo historia –dice Dave Simpson en un artículo que publicó el año pasado en The Guardian, How Buzzcocks invented indie– porque permitió a otros darse cuenta de que podían tener control absoluto sobre su música y sobre la manera en que podían producirla y distribuirla.

Dice Bob Stanley en su libro Yeah! Yeah! Yeah!: “Spiral Scratch fue el balazo de salida: por primera vez en la historia del pop británico era posible prescindir de la industria discográfica”.

En pleno estallido de aquella rebeldía musical, que llevaba el impulso freudiano de matar al classic rock, los Buzzcocks se convirtieron en una de las bandas pioneras de la filosofía DIY, el do it yourself, que Stanley describe como “el legado más importante del punk británico”.

Fue esa libertad creativa la gran detonadora de la nueva escena que plagó las deprimidas calles inglesas con músicos improvisados y salvajes, listos para derribar a patadas el sopor de la posguerra de una Gran Bretaña que se pudría en medio una silenciosa indiferencia.

Solo contaba el presente

En 1976 Manchester era una ciudad severa. Bellamente severa, en palabras de Steve Diggle, guitarrista de la banda. Una ciudad de pubs y cigarrillos, en la que el paisaje y la austeridad, como la vida misma, se miraban en blanco y negro.

“Viéndola en retrospectiva, era muy inspiradora: estabas en tu cuarto, con solo un foco prendido, y te ponías a pensar... No había nada más que hacer”, recuerda Diggle en la charla pública Buzzcocks in their own words –disponible en YouTube– que ofreció hace dos años junto al vocalista, Pete Shelley, en la Biblioteca Británica.

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En ese año la escena musical de Manchester –hoy un bastión del pop británico– era nula, recuerda en esa misma sesión el ex mánager del grupo, Richard Boon. Lo sabía bien porque su trabajo consistía en hacer listas musicales. “Y el cuadernillo era muy, muy delgado... Nada estaba pasando allí”.

Había, desde luego, un toquín aquí y allá en algún pub. Era todo. Pero ninguno de los que formaron la banda conocían a otros músicos ni a nadie que los colocara en un escenario. Como tantos otros guerreros del punk, abordaron la música aislados, seguros –dice Shelley– de que a nadie le interesaría lo que hacían. Muy lejos de imaginar que la historia colocaría su nombre junto a sus admirados Sex Pistols, a quienes abrieron su primera presentación en Manchester, y de quienes aprendieron un secreto: disgustar. Polarizar a la gente. Eran libres de decir lo que tenían que decir, y eso no iba gustarle a todos.

Los Buzzcocks eran chicos educados. Pete –quien desde antes de formar el grupo ya experimentaba con la música electrónica– y el primer vocalista de la banda, Howard Devot, se conocieron en el Bolton Institute of Technology, donde el primero estudió, justamente, electrónica, aunque luego se decantó por Literatura Europea Comparada y Filosofía.

En contraste, el autodidacta Steve Diggins era todo un flâneur, un observador de la calle, como lo confesó en la charla de la British Library. “Me encantaba sólo caminar por ahí y a ver la gente. Darse un espacio así es importante para el pensamiento y la consciencia”.

Tenían en común un hambre de presente, que se nutrió con una dieta obligada de rock clásico, Velvet Underground, Deep Purple, The Stooges y mucho krautrock, con un fondo de influencias jamaicanas.

En sus tempranos 20’s –su primer baterista tenía apenas 16– estaban cansados de las acrobacias del rock. “Aburridos”, dicen Pete y Steve. Un espíritu del tiempo que capturaron llanamente en una de las canciones icónicas de aquel disco debut, Boredom, cuyo célebre riff, en la guitarra de Shelly, consta sólo de dos notas.

Aburrición, Aburrición, Aburrición... / El piso de mi cuarto es un entierro de cereal / En serio, me los he comido todos, cajas vacías, cuerpos, puedo contarlos / Si hablamos de comidas de verdad / Pregúntale a mi estómago, que no las ha visto...

Como los Pistols, los Buzzcocks se convirtieron en la voz de la insatisfacción que compartía una generación desempleada a la que le sobraba el tiempo. De pronto, ese tiempo comenzó, para miles de chicos, a llenarse de do it yourself. Hacer música dejó de ser un lujo.

Para 1978, los sellos independientes –como Factory y Rough Trade–, estallaron por todo el territorio británico. La juventud volvió a creer en ella. Dice Shelley: “Es la muestra lo que sucede cuando eres lo suficientemente estúpido para creer que puedes hacer algo”.