Abstencionismo, ¿una opción inútil?
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Abstencionismo, ¿una opción inútil?

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Abstencionismo, ¿una opción inútil?

No acudir a las urnas sólo anula la voluntad del elector y no infiere en la legitimidad de un gobierno, de acuerdo con expertos consultados por El Financiero.

Eduardo Bautista
02/04/2018

La abstención electoral es el síntoma de la desconfianza de la ciudadanía hacia la clase política que la gobierna, pero no es una opción útil, dentro de la cultura democrática, para castigar a los partidos o para influir en los resultados de una elección.

Expertos consultados por El Financiero sostienen que no acudir a las urnas sólo anula la voluntad del elector y no infiere en la legitimidad de un gobierno o un partido.

Si bien es cierto que un partido pierde su registro ante el INE si no obtiene, como mínimo, el tres por ciento de los votos en los comicios para diputados -según el artículo 41 constituciona-, es prácticamente imposible que esto suceda, pues ese porcentaje no se extrae en relación al padrón electoral, sino con respecto la votación válida.

“La abstención no es una opción viable, porque si sólo votan 100 personas y 3 de ellas sufragan por el PRI o por el PAN, en automático obtienen su registro y resulta un ganador. De nada habrá servido que 80 millones hayan decidido no ir a las urnas”, explica la académica del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y ex consejera del IFE, María Marván Laborde.

En México no existe ninguna normatividad que permita que se anulen los comicios si determinada cantidad de ciudadanos no vota. “Un solo voto valida la elección. Es un mito que un cierto porcentaje de abstencionismo anula la elección. Al final, la abstención es lo mismo que el voto nulo: no sirve para nada dentro de las reglas de nuestra democracia”, asegura el abogado constitucionalista y académico de la UNAM, Roberto Duque Roquero.

De acuerdo con la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales y el Sistema de Nulidades en Materia Electoral del TEPJF, los únicos motivos por los cuales puede anularse una elección son: irregularidades en el 20 por ciento de las casillas, que el ganador sea ministro de culto u ocupe algún cargo policial, que un partido rebase en cinco por ciento los gastos de su campaña -y que esto determine el resultado de los comicios- y que un partido compre coberturas informativas y tiempos de radio y televisión fuera de las normas establecidas por las leyes electorales.

Abraham Lincoln imaginó a la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. En el siglo XXI, su postulado se acerca más a una utopía. El nivel de abstencionismo electoral en Estados Unidos es superior al de países como México o Argentina. Según CNN, en las pasadas elecciones presidenciales sólo votó el 55 por ciento del padrón: el nivel de abstención más alto en dos décadas en ese país.

Pero, ¿qué refleja exactamente el abstencionismo en las urnas? El exconsejero del Instituto Electoral de la Ciudad de México e investigador de la Fundación Ortega y Gasset de México, Carlos González, afirma que nadie, hasta el momento, ha podido responder de manera convincente esa pregunta, pues se trata de un fenómeno político multifactorial que no siempre obedece al descontento del pueblo hacia la clase política. Observa, por ejemplo, un tipo de “abstencionismo pasivo” que tiene su origen en la desinformación: la gente no va a las urnas porque ni siquiera sabe para qué sirven. “Las desigualdades sociales y el analfabetismo funcional influyen en la cultura política de las personas”.

También existe un “abstencionismo activo” en el que el ciudadano manifiesta su desacuerdo con el sistema a través de su ausencia en las urnas. Sin embargo, dice, ese ciudadano no cuenta con una opción de validez jurídica para hacerlo. “En México nos hace falta una figura jurídica que existe en otros países: el voto en blanco. En lugar de marcar la boleta con groserías, tendría que existir un instrumento que nos permita expresar nuestro descontento y que influya en los resultados”, apunta.

También hay -agrega- quienes deciden faltar a las urnas por desinterés. “Vivimos una crisis de confianza en la política electoral, y esto nos ha llevado a una democracia de lejanía. Los ciudadanos ven a la democracia como algo lejano, ajeno, un terreno en el que una casta política brinca de un puesto a otro, de un presupuesto a otro. El problema radica en la desconfianza de la gente de a pie en el sistema democrático. Urge crear instrumentos civiles que alienten una democracia de cercanía”, considera.

La democracia -sostienen los entrevistados- no empieza ni termina en las elecciones: es una cultura que requiere de compromiso civil e interés en la colectividad. Ortega y Gasset decía que la salud de la democracia depende de ese “mísero detalle técnico”: el proceso electoral.

El problema de los países latinoamericanos -explica Mario Campaña en Una sociedad de señores- es que sus democracias están basadas en una “democracia de instituciones”, en la que de poco sirve contar con organismos que velen por el buen desarrollo de la política electoral, si la ciudadanía no aprehende una verdadera cultura democrática de participación civil. “Para que una democracia funcione debe estar legitimada moralmente por parte de los dos actores clave de cualquier sistema democrático: el gobierno y la ciudadanía”, observa.

“La participación electoral en México es cíclica y en las presidenciales casi siempre vota alrededor del 65 por ciento de la lista nominal. La única que fue radicalmente distinta fue la de 1994. Fenómenos como el EZLN y el asesinato de Colosio provocaron una participación superior al 70 por ciento”, señala Marván Laborde.

El mundo vive, en general, una crisis de confianza hacia los partidos políticos. Por eso, dice Marván, se han encumbrado políticos populistas como Donald Trump en Estados Unidos y Pablo Iglesias en España, quienes han triunfado gracias a sus discursos antipartidistas.

“El abstencionismo no tiene ningún efecto más allá del financiamiento de los partidos. Ha habido cambios interesantes en los últimos años. Ecatepec, que antes de 2012 registraba tasas de participación del 30 por ciento, de pronto aumentó su participación en los comicios recientes. El último Informe País sobre la Calidad de la Ciudadanía devela una gran contradicción: a la mayoría de los mexicanos les parece importante la política, pero consideran que el voto no cambiará las cosas”, concluye la doctora en ciencia política por La Sorbona, Lourdes Morales Canales.