A la caza del 'Pez Dorado'
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A la caza del 'Pez Dorado'

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A la caza del 'Pez Dorado'

Cuando Eugenio Toussaint se despojó del miedo se deslizó en su propio ser, como si bailase en una esfera acuática, transparente, a la vista de todos.

María Eugenia Sevilla
05/10/2018
Actualización 10/10/2018 - 11:28
La trascendencia de El Pez Dorado, de Eugenio Toussaint, está en su belleza, su diafanidad casi zen.

“Piano solo no. De plano no me aviento. Porque no sé tocar piano solo”.

Es difícil creer que esas palabras salieron de la boca de Eugenio Toussaint, uno de los pianistas, compositores y jazzistas más reconocidos de México. Pero consta en su biografía. Así le contestó a Juan Carlos Paz y Puente cuando éste le propuso grabar su primer disco como solista.

Pocos se imaginan lo que le imponía a Eugenio tocar en solitario.

En su biografía de Toussaint (subtitulada Las Tangentes el Jazz y la Academia), Antonio Malacara cuenta que cuando los productores le pidieron que tocara algo en el piano para las cortinillas de Suave es la noche, el programa que conducía en Canal 22, pasó lo mismo: “Me dio pavor”, confesó. “Pero después, poco a poco me fui soltando mucho, adquirí confianza en mí mismo como pianista solo. Me di cuenta que sí podía improvisar”.

La oferta de Paz y Puente -quien acababa de producirle a Enrique Nery Solo sessions, su disco de piano, en su sello M&L- inquietó el espíritu de Eugenio, quien llevaba al menos cinco años un tanto apartado del jazz, y dedicado principalmente a la composición de música de concierto.

Entonces hizo trampa:

“Piano solo no, pero me hago un disco de dos pianos”.

Y ahí surgió una de sus obras más importantes: El Pez Dorado, una rareza grabada en 2002 y lanzada al año siguiente, que se agotó hace tiempo sin que existan planes para su reedición.

Eugenio Toussaint:

El Pez Dorado, a dos pianos, también me abrió el panorama en el sentido de pensar que podía ser solista”.

¿De dónde el temor, con ese talento probado en décadas de carrera con Sacbé –la legendaria agrupación de jazz que formó con sus hermanos- y con participaciones al lado de figuras como Herb Alpert y Paul Anka?

Su hermano Enrique, vía telefónica desde Minneapolis –donde radica- comenta:

“Nunca se sintió como un gran pianista. Era una inseguridad un poco tonta de su parte, pero en general los músicos somos inseguros. Nunca estamos conformes con lo que hacemos”.

Además, obraba en contra una de las características más admiradas de la familia Toussaint: “Que nosotros éramos autodidactas al cien por cien. Eugenio no entró a una escuela, tomó clases de música ya grande, en sus veintes, así que creo que esa inseguridad fue también a raíz de haber aprendido por sí mismo”.

También había un asunto de destreza. Eugenio Toussaint nunca fue considerado como un virtuoso -su genio tenía que más que ver con el arte que con la gimnasia-, pero había algo que debía compensar: la mano izquierda, que lleva el registro grave en el teclado. Toda su vida había tocado acompañado por un bajo –en Sacbé, el de su hermano Enrique.

“Ese era todo el problema: yo tenía la costumbre de tocar con bajista y estaba demasiado malacostumbrado al uso de la mano izquierda”, cuenta en las páginas escritas por Malacara.

En septiembre de 2002, Eugenio entró solo al estudio B de Capitol en Los Ángeles -Rafael Sardina, el ingeniero-, y se sentó ante un piano legendario, donde habían tocado, entre otros, Nat King Cole y Gil Evans.

El dueto consigo mismo, aquella muleta para acompañarse, pronto se desenvolvió en toda su tersura musical: armónicamente, señala Enrique Toussaint, creó un efecto singular de orquesta que mucho le debe a su trabajo como compositor de obras de concierto.

“Cuando vivimos en Los Ángeles y tomó clases de orquestación con Albert Harris hizo muchos ejercicios de extender piezas de piano a orquesta y viceversa. Algo así hizo en este disco”. Que tampoco significó del todo un retorno al jazz –como suele decirse de El Pez Dorado- porque, sostiene Enrique, nunca lo dejó: sus composiciones de clásico tienen mucho de jazzístico y surgieron a raíz de improvisaciones.

La trascendencia de El Pez Dorado está en su belleza, su diafanidad casi zen. Muy nutrida por la estética japonesa que tanto le fascinó siempre.

“Ese disco refleja muchas cosas de Eugenio que son muy personales, por eso es tan bonito. Lo regresó a la época de cuando éramos niños”, recuerda Enrique.

El Pez Dorado toma su nombre de un cortometraje japonés cuyo tema musical, compuesto por cuatro autores franceses, impactó al niño profundamente.

“Siempre que íbamos al cine con mi padre regresábamos a casa a tratar de sacar el tema de la película, y Eugenio era el primero en tratar de recuperarlo”, comparte el segundo de los hermanos Toussaint.

El pianista también se refirió al efecto que aquella música tuvo en él: “El Pez Dorado es quizá uno de los primeros temas de que tenga memoria. Grabarlo removió en mí viejos recuerdos de situaciones de mi infancia que me renovaron muchos sentimientos que andaban por ahí perdidos (...). Yo no soy muy llorón, pero cuando estaba tocando esa melodía encima del acompañamiento, lloré. Realmente me tocó fibras muy intensas”.

El Pez Dorado, único álbum solista de Toussaint, es una de las obras más entrañables para sus seguidores. Su hermano sabe por qué: “Lo que escuchamos en ese disco, es el alma de Eugenio”.

Cuando Eugenio se despojó del miedo, se deslizó en su propio ser, como si bailase, áurico, en una esfera acuática, transparente, a la vista de todos.

Por primera vez, la suite El Pez Dorado será interpretada en un escenario por alguien más. Alex Mercado y Mario Santos rendirán homenaje al fallecido artista, a iniciativa del productor Octavio Echávarri, el sábado próximo en la inauguración del Festival Jazz-Mex, en el Centro Nacional de las Artes.