2 de octubre, ¿no se olvida?
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2 de octubre, ¿no se olvida?

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2 de octubre, ¿no se olvida?

Entre las generaciones que a lo largo de medio siglo han retomado la consigna memorial del 2 de octubre, ésta ha adquirido un significado distinto al que tuvo para la juventud de 1968.

Eduardo Bautista
02/10/2018
Un estudiante es detenido por fuerzas armadas en la Plaza de las Tres Culturas tras la fatal protesta del 2 de octubre de 1968.
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A 50 años de la Masacre de Tlatelolco, la consigna “2 de octubre no se olvida” se repite generación tras generación sin que necesariamente se comprendan los sucesos políticos, sociales y culturales de 1968 y cómo estos contribuyeron a la consolidación de la democracia nacional, coinciden expertos consultados por El Financiero.

“La repetición es el punto de partida de cualquier enseñanza; es una didáctica cotidiana elemental que permite saciar el recuerdo. La reiteración de las consignas sobre el 68 permite que el movimiento estudiantil quede codificado socialmente como un recuerdo, pero no necesariamente implica su comprensión y análisis. Las consignas satisfacen la memoria. Y desde una perspectiva social, el hombre no recuerda cualquier cosa: sólo aquello que es dramático y que tiene dosis de dolor y de tragedia”, explica el académico de la UNAM y experto en sicología social, Gerardo Segura.

El segundo día de octubre se ha convertido en el móvil para que miles de personas —en su mayoría estudiantes— salgan a las calles a recordar un episodio que, en palabras de uno de sus militantes más destacados, Joel Ortega, ya debe ser superado.

“Con sus victorias y sus derrotas, la generación del 68 ya cumplió su ciclo: los jóvenes deben encontrar nuevas formas de manifestación y objetivos de protesta. El espíritu de mi generación, lo que nos movía, que era la utopía de asaltar el cielo, ya no existe por más marchas o consignas que se sigan haciendo”, dice este sobreviviente de los sangrientos hechos de la Plaza de las Tres Culturas.

Una de las grandes aportaciones del Movimiento Estudiantil de 1968, señala Ortega, fue el rescate de la lucha contra el poder familiar, contra el poder escolar, contra el poder del PRI, contra el poder militar y contra todos los poderes que lastimaban, lesionaban y oprimían a la sociedad mexicana. Una lucha que, según el historiador Carlos Illades, fue el acto fundacional del México contemporáneo.

“En el imaginario colectivo, el Movimiento Estudiantil del 68 tiene incluso más peso que la Revolución Mexicana. Yo no me imagino a los jóvenes marchando por la Revolución, pero sí por el 2 de octubre, aunque no sepan exactamente de qué se haya tratado. Más que una referencia histórica, el 68 se ha convertido en una especie de mito productor de esperanzas”, apunta el autor El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano). Para él, los jóvenes que hoy marchan por el 68 no lo hacen necesariamente porque se sientan herederos de los ideales de aquella generación, sino porque ven en el movimiento un ideal que todavía tiene la capacidad de movilizar masas y de orientar consignas hacia el futuro. En suma, dice, un poder utópico que no pierde vigencia.

En su ensayo 1968. Largo camino a la democracia, el exlíder estudiantil Gilberto Guevara Niebla explica cómo el mito —que fue alimentado por los propios líderes del Consejo Nacional de Huelga— ha contribuido a que el 68 se mantenga enquistado en el imaginario colectivo de la comunidad estudiantil, pese a que el marxismo-leninismo ya suene más a pieza de museo que a modelo social.

“En la evocación del 68 se mezclan, no siempre discernibles, la política y el mito. La sola mención de Tlatelolco evoca imágenes múltiples entre sus participantes y testigos: despierta un gusto de nostalgia, una emoción heroica y compartida. Es un estereotipo que condensa impresiones a veces imborrables. La herencia mitológica del 68 es tan intensa que durante años ha inhibido el análisis de los hechos. La memoria está cargada de mitología. Se evocan sus atributos formidables, se omiten los detalles; resaltan sus virtudes, jamás los defectos. Adquiere una dimensión metafísica donde se afirma que triunfó el movimiento, pese a que fue liquidado por una de las agresiones más brutales que se registran en la historia contemporáneo de México”, escribe.

Año con año, durante las marchas de conmemoración por el 2 de octubre, la prensa reporta saqueos a tiendas o enfrentamientos con la policía. No siempre se trata de estudiantes: muchas veces los detenidos ni siquiera figuran en la matrícula de las universidades. En 2003, 83 personas fueron detenidas por “alterar el orden público”. Los inconformes rompieron los vidrios de los diarios El Universal y La Prensa, asaltaron establecimientos comerciales y destruyeron las rejas de la Secretaría de Gobernación y otros edificios públicos. Y aunque en los años posteriores ha disminuido la cantidad de detenidos, los disturbios siguen presentes en las conmemoraciones, lo cual pone sobre la mesa la siguiente pregunta: ¿qué se conmemora realmente?

Bajo la consigna “¡Venceremos! 2 de octubre: ni perdón ni olvido”, el Comité 68 ha convocado a una marcha que se realizará hoy a partir de las 16:00 horas desde la Plaza de las Tres Culturas hasta el Zócalo. Sólo que ahora habrá un ingrediente extra: el conflicto interno de la UNAM tras el ataque de los porros a un grupo de estudiantes en Ciudad Universitaria el pasado 3 de septiembre.

“No es que se haya perdido la esencia de la conmemoración. No podemos hablar de una pérdida de significado porque eso es muy subjetivo y tendría que analizarse persona por persona. A escala colectiva no podemos hablar del desgaste de una consigna, sino de una resignificación. El 68 no representa lo mismo para todas las generaciones que han existido desde hace 50 años. Los momentos históricos y las coyunturas económicas y políticas ayudan a redondear los movimientos de protesta. En ese sentido, el 68 se mantiene como un recuerdo mediante la reiteración de consignas, como un mito significativo que debe ser llenado”, considera Segura.