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Libreta de apuntes

Rotunda cachetada del no

Otra vez, los mexicanos pierden en octavos de final al borde del tiempo. Ha sido una fea manera de morir para una generación que logró ponerse de pie de entre sus propias ruinas. Jan Huntelaar fue una paloma negra que fulminó a una oncena de enjundias.
Mauricio Mejía
29 junio 2014 13:49 Última actualización 29 junio 2014 13:54
Poco a poco los holandeses ganaron terreno, encontraron salidas y elaboraron jugadas abiertas por los costados. (Reuters)

El acoso fue silencioso, la euforia del quinto partido (ese miedo) no notó lo que se anunciaba después del tiempo de refresco. (Reuters)

A la prensa sudamericana le gusta correr la voz de que los mexicanos suelen distraerse en los últimos quince minutos de los partidos. Hoy el equipo de Herrera les da la razón. Sucedió con Alemania, en 1998; con Argentina, en Leipzig en el 2006, y ahora con Holanda, en Fortaleza. Cuando todo el país se preguntaba si era posible aguantar el asedio naranja sobre el arco de Ochoa, Sneijder introdujo la daga en un equipo que fue mucho corazón durante todo el torneo.

El empate era un jinete que no traía buenas noticias debajo de la capa. Robben se aprovechó del regreso de los fantasmas del pasado. Pesadilla siempre por la banda, se buscó un penalti (había sufrido uno al final del primer tiempo) y entonces llegó la tormenta: Jan Huntelaar fue una paloma negra que fulminó a una oncena de enjundias.
Pocas veces sucede lo que en esta tarde. El gol de Dos Santos escondió el comienzo de la baja de juego del conjunto mexicano, dueño de la pelota durante todo el primer tiempo.

La entrada de Depay dinamizó a una Holanda nerviosa, tropezada y desarticulada. La salida de Moreno, al ocaso de la primera mitad, descompuso la vestimenta de una escuadra verde ofensiva y altanera. Poco a poco los holandeses ganaron terreno, encontraron salidas y elaboraron jugadas abiertas por los costados. El acoso fue silencioso, la euforia del quinto partido (ese miedo) no notó lo que se anunciaba después del tiempo de refresco. Ochoa, otra vez, mantuvo el cero con desplantes de tino y fortuna.

La Naranja no era mecánica; parecía un soldado de cuerda. Su mérito fue la batalla misma: incansable, terca, se la pasó encontrando un espacio para empatar el juego. Y lo hizo. Otra vez, los mexicanos pierden en octavos de final al borde del tiempo. Ha sido una fea manera de morir para una generación que logró ponerse de pie de entre sus propias ruinas.

El sí ha sufrido hoy una rotunda cachetada del no. A buscar otras playas de amargura.

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