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La magia del Mundial disipó el encierro durante 90 minutos

En un auditorio del Reclusorio Sur del DF, los prisioneros presenciaron el encuentro entre México y Croacia. La idea era asirse a esa imagen de libertad, de triunfo, de gozo que da un encuentro de futbol, aunque sea efímero.
Rafael Montes
24 junio 2014 0:21 Última actualización 24 junio 2014 5:0
Esto ya no era lo que es, sino un estadio de futbol. Sólo que con una veintena de custodios cuidando que la disciplina no se perdiera.

Esto ya no era lo que es, sino un estadio de futbol. Sólo que con una veintena de custodios cuidando que la disciplina no se perdiera.

Después del segundo gol, el de Andrés Guardado, aquí ya era una fiesta. Los hombres vestidos de caqui, de cabello recortado, de rostros morenos, miradas rasposas y gestos eufóricos, sólo se concentraban en agitar los puños hacia el cielo y gritar desaforadamente. Como si se sintieran libres, lejos de este encierro.

Era incesante ese sonido agudo de los silbatos y las cornetas. Una algarabía chillante que se mezclaba con el estruendo de la pantalla que se proyectaba enfrente.

Un tambor no dejaba de sonar y el gentío le respondía enloquecido “Mé-xi-co… Mé-xi-co”.

Por momentos esto ya no era lo que es, sino un estadio de futbol. Sólo que con una veintena de custodios cuidando que la disciplina no se perdiera.

“Bienvenidos”, dijo en tono amable uno de ellos cuando la última puerta del laberinto proveniente de la calle se abrió para los invitados y la prensa.

En este auditorio, el del Reclusorio Sur del DF, en donde el subsecretario del Sistema Penitenciario del DF, Hazael Ruiz, acudió a presenciar el encuentro entre México y Croacia, el olor es el de ellos, el del sudor de los prisioneros, el de esta multitud ansiosa -de más de 500 hombres- que ha asistido a este foro a mirar, paradójicamente, cómo un muro infranqueable se convirtió en la ventana al mundo exterior. A Brasil, en particular.

Para el tercer gol, el de El Chicharito Hernández, no cabía más sonido en los oídos de nadie. Se impusieron el grito de los presos y sus gemidos simiescos (uh-uh-uh) cada vez que algo les fascinaba. Lo mismo al celebrar goles, que al ver a croatas rubias en la televisión. Y levantaban los dedos de la mano en señal de victoria. O con el puño cerrado. O con las manos abiertas. La idea era asirse a esa imagen de libertad, de triunfo, de gozo.

Desde hace dos años, cuando fue recluido, José Camacho, de 28 años, no veía la transmisión de un partido de futbol. La prisión no da esas comodidades. Al menos no para él, encerrado por haber asaltado a un transeúnte.

Manuel Ramírez está tras las rejas por secuestro. Su pena es de 20 años. Ha cumplido 12. Pero hoy su rutina cambió porque pudo celebrar un gol como hace mucho tiempo no lo hacía, frente a una pantalla gigante, con el volumen al máximo, que permitía mezclar el ambiente del estadio con el de este auditorio lleno de hombres que han faltado a su país, pero que gritan su nombre con total nacionalismo, mientras se abalanzan unos sobre otros en el suelo de los pasillos para demostrar esa efímera alegría.

Aquí, frente a la cancha imaginaria que se proyectó en la pared, las penas no importan. “Como que te sientes libre, como que se te olvida que estás encerrado, no es la misma rutina”, platica Rafael Almazán, quien paga condena por robo.

Para Alfonso Martínez, la cuenta ha terminado. “El miércoles ya me voy”. Regresará al mundo. A ese mundo en donde la noticia es que la FIFA no castigará el grito polémico de los mexicanos cuando los porteros rivales despejan el balón. Aquí, las noticias no llegan tan rápido. Y aunque aquí adentro demostrar la hombría es fundamental para sobrevivir, nadie se atrevió a gritar las cuatro letras.

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