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Dilma Rousseff hace campaña en la ONU

A pocos días de que concluya la campaña presidencial brasileña,  la presidente Dilma Rousseff busca la reelección y el mundo es su tribuna política. Esta semana, llevó la campaña a la First Avenue de Manhattan, donde saludó a las naciones, con un guiño a los votantes de su país.
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30 septiembre 2014 15:29 Última actualización 01 octubre 2014 5:0
ROUSSEFF

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ha llevado su campaña presidencial a la tribuna de la ONU; buscando más votantes en su país. (Archivo/Reuters)

A pocos días de que concluya la campaña presidencial brasileña, en la que la presidente Dilma Rousseff busca la reelección, el mundo es su tribuna política. Esta semana, llevó la campaña a la First Avenue de Manhattan, donde, vestida de azul brillante y con el cabello firmemente batido, saludó a las naciones, con un guiño a los votantes de su país.

Dentro de su discurso ante la 69ª Asamblea General, Rousseff, dio el obligado apoyo a las demandas de los países emergentes de reformar las instituciones de gobierno mundial, como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde Brasil viene luchando por ser un miembro permanente.

Les dio un codazo ritual a las potencias que bombardean a los enemigos en lugar de negociar por la paz y el entendimiento.

Después retó al mundo rico por hacer tambalear el orden financiero mundial, après Lehman Brothers, crisis de la que, según ella, Brasil se las ingenió para salir (“Brasil creó 12 millones de puestos de trabajo”) mientras todos los demás repartían notificaciones de despido.

Con su cargo en juego, Rousseff hizo lo que sólo los jefes de Estado en ejercicio pueden hacer: tratar de convertir un encuentro internacional en un acto partidario. Alivio de la pobreza, gestión de la crisis económica, lucha contra la corrupción e incluso defensa de los derechos de los gays y las lesbianas: todo esto estaba haciendo Brasil, dijo.

Rousseff no es la única que ve a la Asamblea de la ONU como un atajo a las urnas.

La presidente de Argentina Cristina Kirchner arremetió contra los acreedores contumaces a quienes culpa de hacer caer al país en la octava suspensión de pagos de su deuda desde la independencia. "No sólo son terroristas los que ponen bombas. Los que desestabilizan la economía de un país también son terroristas por el pecado de la especulación", declaró ante la asamblea.

Nicolás Maduro de Venezuela tuvo menos éxito. Esperando ser el portavoz del extinto Hugo Chávez, cuyas frases efectistas eran irresistibles para los medios de prensa, el atribulado presidente venezolano habló ante una cámara vacía.

Cerrando el puño y elevando la voz, Maduro reclamó una “refundación” de la ONU, dinamitada por las “fuerzas imperialistas” de los EE.UU., “que una y otra vez buscan socavar la democracia”, y tuvo amables palabras para el dictador sirio Bashar al-Assad por luchar contra los terroristas del Estado Islámico.

SÉPTIMA ECONOMÍA DEL MUNDO

Rousseff tuvo más audiencia, en parte porque habló justo antes de Barack Obama, pero también porque Brasil es la séptima economía del mundo y, pese al estancamiento del crecimiento, la primera nación emergente del Hemisferio Occidental.

El Partido de los Trabajadores de Rousseff recibe aplausos por haber reducido la pobreza y la brecha entre los ricos y los pobres, que cayó marcadamente desde 2003, al tiempo que la economía crecía en la última década.

No inventó las transferencias de dinero a los pobres -esa fue la iniciativa de Milton Friedman- pero amplió los programas de ayuda del gobierno anterior convirtiéndolos en una red que abarca todo el país. La Bolsa Familia de Brasil ahora es un modelo para la lucha contra la pobreza en todo el mundo en desarrollo.

También se ha convertido en la carta ganadora de Rousseff en la campaña. Aunque el programa tiene sus fallas -hay pocos incentivos para dejar el subsidio y su nómina de receptores crece convenientemente en épocas de elecciones-, los candidatos rivales lo critican por su cuenta y riesgo.

Esa realidad no cae en saco roto en la campaña de Rousseff, que descaradamente sugirió que su principal rival, Marina Silva, al proponer cosas tan escandalosas como un banco central independiente y la racionalización de los programas sociales, dejará sin comida el plato de los votantes.

Esa es una acusación difícil de endilgarle a Silva, que creció en una plantación de árboles de caucho, aprendió a leer a los 16 años y cuenta que con sus siete hermanos compartían un huevo y un poco de harina para la cena. Curiosamente, esa fue una historia que la Asamblea de la ONU no oyó.

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