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¿Qué hay de malo en la idea del impuesto a los robots de Bill Gates?

Bill Gates, el fundador de Microsoft, destacó en una entrevista que si los robots hacen el mismo trabajo que un humano, también deben de pagar impuestos; parece lógico, pero ¿cuál sería el impacto tanto económico como social?
Noah Smith*
28 febrero 2017 12:52 Última actualización 28 febrero 2017 19:50
Robots en la industria automotriz (Bloomberg)

Robots en la industria automotriz (Bloomberg)

El fundador de Microsoft, Bill Gates, causó revuelo en una entrevista reciente, cuando sugirió que los robots deberían pagar impuestos con el fin de ayudar a que los humanos mantengan sus puestos de trabajo:

Actualmente, el trabajador humano que genera, digamos, unos 50 mil dólares por su trabajo en una fábrica, debe pagar tributos sobre sus ingresos, como el impuesto a la renta, el impuesto a la seguridad social, todas esas cosas.

"Si un robot llegara a realizar el mismo trabajo, se creería que gravaríamos al robot con un impuesto similar
”.

Gates es sólo una de muchas personas en el mundo de la tecnología que se han preocupado por la automatización y su amenaza para los trabajadores.

El fundador de YCombinator, Sam Altman, por ejemplo, está llevando a cabo un experimento con ingresos básicos: un pago en efectivo regular para todos los hogares. Dicha política no solo ha ganado popularidad en todo Silicon Valley, sino en el resto del país.

Es fácil ver por qué el mundo de la tecnología está preocupado.

El aumento del aprendizaje automático ha incrementado el temor de que muchos seres humanos podrían simplemente quedar obsoletos. Por ejemplo, 3.5 millones de conductores de camiones estadounidenses pronto podrían encontrarse con la amenaza a sus puestos de trabajo por camiones sin conductor.

Aunque en el pasado, la tecnología normalmente complementaba a los trabajadores en lugar de reemplazarlos, no hay ninguna ley de la naturaleza que diga que la tecnología del futuro funcionará de la misma manera. Algunos economistas incluso afirman que la automatización barata ya ha desviado los ingresos de los trabajadores hacia los propietarios de las empresas.

El temor no es que todos los seres humanos quedarán obsoletos, sino a que la automatización aumentará la desigualdad entre los trabajadores.

Los propietarios de empresas y los trabajadores altamente calificados –las personas que les dicen a las máquinas lo que deben hacer– se enriquecerían considerablemente, mientras que todos los demás trabajarían en puestos menos calificados por salarios exiguos o tendrían que recurrir a prestaciones sociales.

Otro temor es que incluso si gran parte de la humanidad encontrara, en última instancia, nuevas maneras de agregar valor, complementando la nueva tecnología –para “competir con las máquinas”, como lo indica el economista Erik Brynjolfsson–, esta transición podría tomar bastante tiempo y perjudicar a mucha gente.

Como ha señalado Tyler Cowen de Bloomberg View, los salarios en el Reino Unido cayeron durante cuatro décadas tras el inicio de la Revolución Industrial.

Recientemente, hemos observado un ajuste muy lento y doloroso ante el impacto de la globalización. Si la revolución del aprendizaje automático perjudicó a los trabajadores durante 40 años antes de terminar por ayudarlos, podría valer la pena frenar dicha revolución y darles tiempo para adaptarse.

El argumento principal contra los impuestos a los robots es que podrían impedir la innovación.

El crecimiento en los países ricos se ha desacelerado notablemente en la última década, lo que sugiere que cada vez es más difícil encontrar nuevas maneras de hacer las cosas; aunado a un estancamiento de la productividad, combinado con la caída de la inversión empresarial, sugiere que la adopción de nuevas tecnologías es actualmente demasiado lenta en vez de ser más rápida: el problema más grande en este momento no es que existan demasiados robots, sino que hay muy pocos.

Imponer impuestos a las nuevas tecnologías, no importa cómo se haga, podría empeorar esa desaceleración.

El problema con la propuesta básica de Gates es que es muy difícil distinguir la nueva tecnología que complementa a los seres humanos y la nueva tecnología que los reemplaza. Esto es especialmente cierto en el largo plazo.

Los telares eléctricos sustituyeron a los tejedores humanos durante la Revolución Industrial, pero la gente, con el tiempo, se volvió más productiva al aprender a operar esos telares. Si los impuestos hubieran frenado el desarrollo de los telares eléctricos, las mejoras eventuales habrían llegado más tarde.

Este es un poderoso argumento contra los aranceles a la automatización. Gates tiene razón al decir que debemos comenzar a pensar con anticipación sobre cómo usar la política para mitigar las interrupciones de la automatización. Pero al considerar la importancia de apoyar la innovación, debemos buscar políticas alternativas.

Una idea es un subsidio salarial para los trabajadores de bajos ingresos.

Esto básicamente influye en el resultado de la lucha entre personas y robots, al generar trabajadores humanos más baratos. La manera más fácil de hacer eso es reduciendo los impuestos sobre las remuneraciones, que desproporcionadamente se gravan a los sueldos bajos.

Eso significaría tener que pagar por Medicare e incluso el Seguro Social con otras fuentes de ingresos, como mayores impuestos a la renta de los ricos o un impuesto al valor agregado (IVA).

Otra idea consiste simplemente en redistribuir los ingresos de capital de manera más amplia.

Los ingresos provenientes de las ganancias de capital, alquileres de tierras y dividendos ahora están altamente concentrados en los ricos. Pero la política podría cambiar la situación.

Una idea, sugerida por el economista Miles Kimball, es un fondo de riqueza soberana. El gobierno podría utilizar los ingresos fiscales para comprar acciones y bienes raíces, y distribuir los beneficios a la población. Esto redistribuiría esencialmente parte de los ingresos generados por los robots, entregando a cada ciudadano una participación en la nueva economía de la automatización.

El fondo de riqueza se podría dividir en varios fondos más pequeños, cada uno con diversos administradores, para prevenir la concentración de la propiedad.

Por lo tanto, existirían mejores métodos para que los impuestos a los robots puedan ayudar a que los seres humanos eviten detener la automatización. En lugar de frenar la innovación, el gobierno debería pensar en imponer menos impuestos a los seres humanos y redistribuir más los ingresos de los robots.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de Bloomberg LP y sus dueños. Ni de El Financiero.

El autor es columnista de Bloomberg View. Fue profesor asistente de Finanzas en la Universidad de Stony Brook.

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