Bloomberg

OPINIÓN: Dilma Rousseff, en fuera de lugar rumbo al Mundial

Lo que le importa no es cómo le vaya a Brasil en el campo de juego -aunque una victoria del equipo local podría ser útil- sino cómo le vaya a Rousseff en la calle.
Bloomberg
12 junio 2014 1:40 Última actualización 12 junio 2014 5:0
La presidenta Rousseff y el exfutbolista brasileño Cafú sostienen el trofeo de la Copa del Mundo. (Reuters)

La presidenta Rousseff y el exfutbolista brasileño Cafú sostienen el trofeo de la Copa del Mundo. (Reuters)

RÍO DE JANEIRO. Con sus balizas encendidas, los vehículos de la policía federal y el ejército y las motos policiales pasaron a toda velocidad por la Bahía de Botafogo. No era una invasión sino la escolta de la selección inglesa que participará en la Copa Mundial y se entrena en mi barrio. Nada que haya que lamentar les ocurrió a los ingleses en Río de Janeiro ese día. No hubo ni ladrones de autos ni manifestantes haciendo destrozos a su paso. No hubo necesidad de activar los sistemas de defensa misilística que se dice están instalados en los techos cercanos al estadio de Maracaná.

Pero, dado que faltan pocas horas para el puntapié inicial del jueves y se prevé que tres mil millones de espectadores verán los partidos en todo el mundo, las autoridades de Brasilia tienen algo más que el “futebol” dándoles vuelta en la cabeza. Por eso, el gobierno decidió hacer lo que mejor hace bajo presión: dictar un decreto.

Está bien, quizá sea demasiado relacionar los protocolos de seguridad de la Copa Mundial con el decreto 8243 de la presidenta Dilma Rousseff, que reclama la “participación popular” en las políticas públicas. Pero este es el punto de conexión: Rousseff se presentará a la reelección en octubre, tres meses después de la Copa Mundial y tiene una situación complicada. Lo que le importa no es cómo le vaya a Brasil en el campo de juego -aunque una victoria del equipo local podría ser útil- sino cómo le vaya a Rousseff en la calle.

Y las calles están inquietas. La policía, los conductores de ómnibus, los maestros y los médicos abandonaros sus puestos de trabajo en las últimas semanas. El lunes, los trabajadores del metro de Sao Paulo aceptaron suspender una huelga que prácticamente había paralizado la megaciudad brasileña.

La indignación actual está más calculada que las protestas masivas del año pasado, cuando millones de personas furiosas salieron a la calle para quejarse de los gastos del gran espectáculo futbolístico. Los sindicatos saben que este es el momento para sacar sangre. La policía federal obtuvo un aumento de salarios de 15.8 por ciento. Los trabajadores sin techo, que habían amenazado con invadir el estadio de Itaquerao, donde se disputará el partido inaugural de la Copa Mundial, se retiraron el lunes luego de que les prometieran la posibilidad de recibir viviendas subsidiadas.

Aquí hace su aparición el decreto 8243. Firmado el 23 de mayo, el decreto pasó casi inadvertido en el alboroto por la Copa Mundial, pero merece que se lo estudie de cerca. En los papeles, parece maravilloso. ¿Quién podría objetar que se permita a los ciudadanos analizar las políticas en un país en el que sólo el 14 por ciento de la población aprueba a sus legisladores? Los expertos y los abogados todavía están revisando la noble retórica que el politólogo brasileño Fernando Schuler, con perdón de Gabriel García Márquez, calificó de “puro realismo mágico”. Pero no hace falta un título para darse cuenta de que el decreto se funda en una profunda desconfianza en las normas de la democracia electoral.

El edicto de nueve páginas titulado Política Nacional para la Participación Popular busca “fortalecer y articular los mecanismos y niveles del diálogo democrático” y promover “la acción conjunta” entre el gobierno federal y la “sociedad civil”. A través de qué medios es algo que no está claro, ya que la definición de sociedad civil es tan espongiforme -incluye a “los ciudadanos, los colectivos, los movimientos sociales, institucionalizados o no, y sus redes y organizaciones”- que bordea el sinsentido.

Pero su propósito no tiene nada de vago: básicamente subvertir la administración pública brasileña. El decreto da poder a una guirnalda de agrupaciones civiles, de los “consejos de políticas públicas” de base a los “comités de políticas” y la “conferencia nacional”. Más alto aún está el “ombudsman”, una especie de muro de los lamentos para los ciudadanos. Y qué importan el Congreso Nacional, los tribunales y todos los demás fardos con que carga la democracia constitucional. Conforme al decreto 8243, los conflictos sociales, las disputas laborales y los reclamos de tierras deben ser dirimidos en una “Mesa Redonda del Diálogo”, institución de nombre atractivo que para el sociólogo Oliveiros Ferreira es un “sistema judicial paralelo”.

América Latina ya ha visto esto antes. Rousseff ha copiado una página del manual de la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez, por el cual el difunto Comandante de Venezuela encargó a “misiones” sociales de estilo cubano que brindaran alfabetización, salud, seguridad y justicia a los pobres. Chávez obtuvo así el mando y el control. El secreto era usar el vocabulario de la democracia para vaciarlo.

Lograr esto en Brasil, con su prensa revoltosa, su legislatura rebelde y sus jueces independientes, es más difícil. Es revelador que el líder de la mayoría en el Congreso aún no haya puesto el decreto en el orden del día. Pero en el corazón del Partido de los Trabajadores gobernante late un impulso autoritario que Rousseff debe observar. Aunque los militantes del PT no representan muchos votos, son el motor de su campaña de reelección.

El decreto 8243 fue redactado pensando en ellos. Como la inflación carcome los salarios, la economía está parada y los índices de aprobación de la presidenta van en baja, Rousseff necesita contar con el apoyo de los fieles creyentes para tener una Copa Mundial civilizada y reunir votos para octubre. Puede que el decreto de la participación popular duerma en el Congreso pero tiene eco en la calle, donde se disputa el verdadero partido de Brasil.

Todas las notas BLOOMBERG
Cuatro razones por las que Yellen debería quedarse en la Fed
¿Por qué la palabra 'oferta' es mal vista en el mundo económico?
Bezos vendió 1.1 mmdd en acciones de Amazon
Las 'derrotas' de México si se termina el TLCAN
Reapertura de Salina Cruz da un 'respiro' a refinerías de la costa oeste de EU
Muere a los 94 años la mujer más rica del mundo
Corea del Norte compara amenazas de Trump con “ladridos de perro”
¿La próxima gran crisis saldrá de Silicon Valley?
Los perros militares son un arma cada vez más valiosa
El mercado accionario mexicano 'florece' de la mano de las Fibras
China y su 'revolución robótica' que podría afectar a todo el mundo
Por esta razón, China ganaría en la carrera de la inteligencia artificial
Slim vende 10 mdd en acciones de The New York Times
Izquierda de América Latina aplaude los "caprichos" de Maduro
Esta empresa tiene la fórmula para 'ganarle' a Uber
Maduro aguarda respuesta de EU luego de una votación violenta
Los flamingos han vuelto a las pasarelas...
Reino Unido prohibirá vehículos diésel y de gasolina para 2040
Ganancias de bancos en EU alcanzan niveles previos a la crisis
Musk presume que construirá el túnel más largo del mundo… ¿será?
Zona radioactiva de Chernobyl podría albergar gran parque solar
Deja un momento tu iPhone y... ¡aprecia su genialidad!
Drones letales y viajes supersónicos ‘toman’ París
Soy Mohammed bin Salman, heredé un reino ¿Y ahora?
En realidad, Travis Kalanick deja un lugar difícil de llenar