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Izquierda de América Latina aplaude los "caprichos" de Maduro

La izquierda latinoamericana, que aclamó rotundamente la votación, resultó ser la gran perdedora. Nadie se molestó en consultar a los venezolanos si querían una nueva carta, como manda la actual constitución.
Mac Margolis / Bloomberg
01 agosto 2017 21:12 Última actualización 01 agosto 2017 21:12
Estudiantes opositores, durante una marcha contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro. (Reuters)

Estudiantes opositores, durante una marcha contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro. (Reuters)

Cuando aún se estaban contando los votos al día siguiente en Venezuela, un resultado de la elección del 30 de julio para escoger a los representantes de una Asamblea nacional para escribir una nueva constitución ya era claro. La izquierda latinoamericana, que aclamó rotundamente la votación, es la gran perdedora.

Empecemos por lo obvio. Aun por los parámetros de la dañada democracia venezolana, el plan de escribir otra constitución venezolana más –la 27 del país, tengamos en cuenta– era una farsa.

El gobierno nunca se molestó en consultar a los venezolanos si querían una nueva carta, como manda la actual constitución, y contestó a la indignación pública por tal decreto con una brutal represión; unas 125 personas han muerto en los ataques desde el mes de abril y al menos 10 de ellas este domingo.

Gracias a las reglas oficiales, que inclinaron fuertemente los votos hacia los distritos amigables al régimen, la gran mayoría de los candidatos para la asamblea de 545 miembros fue cómplice del partido socialista gobernante.

De manera conveniente, el nuevo cuerpo tendrá autoridad sobre la legislatura nacional controlada por la fastidiosa oposición, incluido el derecho de desbandarla totalmente y otorgarle al principal autócrata latinoamericano aún más poderes discrecionales.

Uno pensaría que todo esto llamaría la atención de quienes respaldan a la democracia, pero las figuras destacadas de la izquierda latinoamericana permanecieron mudas o directamente bendijeron la locura del gobierno de Maduro y atacaron a los disidentes como instrumentos capitalistas o representantes del imperialismo gringo.

El Partido de los Trabajadores de Brasil, alguna vez saludado como faro de la nueva izquierda latinoamericana, encabezó la marcha, y el presidente del partido, Gleisi Hoffmann, se unió a los fieles en un encuentro de la izquierda regional para mostrar su “apoyo y solidaridad” mientras el régimen de Maduro enfrenta la “violenta ofensiva de la derecha” en su “nueva fase de capitalismo neoliberal”.

Los jerarcas del partido comunista y los líderes izquierdistas de Chile y Colombia, así como una variedad de organizaciones sociales de toda Latinoamérica, han aplaudido al infausto líder de Venezuela y ofrecido anodinos discursos de negociaciones pacíficas, olvidando que la táctica de mano dura de Maduro ha arrasado con cualquier intento de diálogo.

Y aunque el uruguayo Luis Almagro, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, ha criticado crudamente la autoritaria medida venezolana (llamó a la votación del domingo “un día de duelo”), la coalición gobernante de izquierda de su país, el Frente Amplio, se ha congraciado con el líder bolivariano con sus llamados a la “autodeterminación” de Venezuela.

Tal tibieza ante lo que Javier Corrales, científico político del Amherst College, ha llamado “grotesca distorsión de la democracia” es sorprendente, por decir lo menos. Después de todo, hace poco más de tres décadas, los partidos y militantes de izquierda eran objeto de algunas de las más agresivas máquinas de supresión democrática del mundo. Intelectuales destacados eran encarcelados o exiliados por decir lo que pensaban, cuando no eran directamente “desaparecidos” por los instrumentos de las juntas.

La izquierda contraatacó y logró que la democracia retornara a la corriente principal de la política, y con el tiempo a los palacios presidenciales de toda América. Pero su fortuna política se derrumbó al finalizar el auge de las materias primas, una riqueza que extrajeron, pero no capitalizaron, y en ningún otro lugar más dramáticamente que en Venezuela.

Pasado un tiempo, hasta los pensadores que más simpatizaban con la izquierda empezaron a replegarse y hablar sobre los fracasos de las políticas de los gobiernos de izquierda de la línea más dura, como lo hizo el conocido intelectual del MIT Noam Chomsky a principios de este año.

En mayo, una lista de prominentes intelectuales latinoamericanos condenó públicamente el ataque de Maduro a las instituciones democráticas y reprendió a sus correligionarios de izquierda que hacían la vista gorda ante el viraje autoritario del régimen.

El desastre de Venezuela, y el cambio de fortuna en toda la región, podría haber sido una oportunidad para que los empedernidos partidos de izquierda repensaran su barata narrativa anti yanqui que ha imperado largo tiempo en Latinoamérica. Pero la complacencia continúa y resultó clara en los fervorosos aplausos a la “histórica” votación venezolana el lunes por parte de los simpatizantes bolivarianos desde Santo Domingo hasta La Paz.

Por supuesto, mucho de esto puede ser una postura política que tenga menos que ver con Venezuela que con las agendas locales. “Inclinarse fuertemente a la izquierda es la forma en que los partidos evitan discutir sobre lo que anduvo mal, y el viejo guión del antiimperialismo, y la amenaza capitalista, genera un fácil consenso entre los radicalizados, permitiéndoles soslayar las luchas internas”, me dijo Corrales.

Consideremos el Partido de los Trabajadores brasileño, o PT, cuya dispendiosa agenda populista superó el auge de las materias primas, llevando al país a su peor recesión histórica y borrando la austeridad.

“Hoy, la principal amenaza para el PT proviene no de la derecha, sino de los partidos de extrema izquierda, que acusan a la corriente principal de ser demasiado pragmática y olvidar los compromisos ideológicos”, dijo Oliver Stuenkel, profesor de relaciones internacionales en la Fundación Getulio Vargas en São Paulo.

Esto podría ser simplemente política como de costumbre, pero todo el tejemaneje favorece poco a la democracia latinoamericana, que podría beneficiarse de nuevos partidos e ideas frescas en lugar de los fósiles resentidos.

Una nueva encuesta encargada por Agora!, un movimiento político popular brasileño, comprobó que 59 por ciento de los entrevistados juraba que no votaría a un candidato de los mayores partidos brasileños (PMDB, PT y PSDB), en tanto 52 por ciento dijo que “solo aquellos que nunca fueron candidatos para partido alguno pueden realmente traer la necesaria renovación al Brasil”.

Si la vacilante izquierda latinoamericana está buscando un nuevo guión, sus líderes harían bien en escuchar a sus electores, no el ruido proveniente de Caracas.

Esta columna no refleja necesariamente la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños, ni los de El Financiero.

*Mac Margolis escribe acerca de América Latina para Bloomberg. Fue reportero de Newsweek y es autor de “The Last New World: The Conquest of the Amazon Frontier.”

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