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Esto es lo que hace que funcione o no la inmigración en EU

La primicia de George Washington de que los inmigrantes al entremezclarse con estadounidenses "asimilan la cultura" y se convierten en un único pueblo, ha funcionado, contrario al plan de deportaciones de Donald Trump.
Noah Smith*
10 marzo 2017 12:51 Última actualización 10 marzo 2017 13:48
Inmigrantes

(Reuters)

Estados Unidos no sería nada si no fuera por los inmigrantes.

Fue la inmigración masiva lo que le dio al país el poder de ganar las dos Guerras Mundiales y la Guerra Fría y alcanzar el tamaño de mercado que lo convirtió en la potencia manufacturera dominante de fines del siglo XIX y el siglo XX. El genio de los fundadores de la nación fue reconocer que la inmigración no era inherentemente peligrosa.

Desecharon las nociones más restrictivas del nacionalismo basado en la raza y la religión que prevalecían en Europa y apostaron fuerte a la capacidad de pueblos diversos de unirse en uno solo. George Washington, atendiendo a los temores de aquellos a quienes les preocupaba que los grupos de inmigrantes no lograran forjar una nación única y cohesiva, sintetizó su audaz tesis en 1794: Al entremezclarse con nuestra gente, o sus descendientes, [los inmigrantes] asimilan nuestras costumbres, medidas y leyes: en suma, pronto se convierten en un único pueblo.

Hasta ahora, la apuesta de Washington dio frutos espectaculares: Estados Unidos mantuvo la cohesión y avanzó superando a rivales como Rusia, Alemania y Japón, países que definían su nacionalidad por la sangre y el suelo. Pero el proceso no siempre fue suave. Varias veces, Estados Unidos fue presa de espasmos o ansiedad preguntándose si las oleadas más recientes de inmigrantes se integrarían a la población existente.

El movimiento 'Know-Nothing' de mediados de la década de 1800 se basó en la premisa de que los inmigrantes católicos envenenarían la cultura estadounidense con influencia papal. Y en 1924, el miedo al terrorismo anarquista y la competencia laboral condujo a la Ley Johnson-Reed, que contribuyó a poner fin a la oleada de recién llegados de Italia y Europa del este.

Un siglo más tarde, la ansiedad ha vuelto. Aunque la población estadounidense es en general favorable a la inmigración, una minoría sustancial está muy preocupada por el terrorismo islámico y la competencia en los empleos y salarios. Y esa minoría incluye a la gente que tiene las riendas del poder en el gobierno de Donald Trump. El propio mandatario expresó esa inquietud en un discurso reciente ante la Conferencia de Acción Política Conservadora:

Echemos una mirada a lo que sucede en Suecia o en Alemania, a lo que sucedió en Francia –en Niza o en París. Los líderes e intelectuales conservadores también han expresado sus dudas sobre la capacidad de asimilación de los inmigrantes. La preocupación suele ser que la religión musulmana o la lengua española sirvan como una barrera que mantenga a las personas provenientes del Oriente Medio o Latinoamérica separadas del resto de la población estadounidense, y esto conduzca a conflictos y violencia sociales.

La izquierda suele descartar esos temores como racistas. Pero las preocupaciones son comprensibles. Si los inmigrantes no se fusionan con la población estadounidense en general, la apuesta de los fundadores de la nación finalmente fracasará tras siglos de éxito.

Preguntarse si los nuevos inmigrantes se integrarán –una mejor palabra que “asimilarán” porque enfatiza que la cultura nacida localmente también cambia cuando llegan los inmigrantes– no es algo trivial o racista. En realidad, es esencial para el futuro del país, ya que la economía estadounidense necesita de los inmigrantes para mantenerse a flote.

Por fortuna, la evidencia apunta a lo opuesto: a pesar de los temores de la derecha, los recién llegados se están integrando muy bien. Buena parte de la evidencia se sintetiza en un reciente informe de la Academia Nacional de Ciencias titulado “La integración de los inmigrantes en la sociedad estadounidense”.

La mayor buena noticia es que el inglés está manteniendo su lugar como la lengua universal de la nación. Ni los programas de educación bilingüe ni la opción del español en los menús telefónicos han impedido que los descendientes de inmigrantes hispánicos descarten su lengua ancestral.

El Pew Research Center ofrece este dato de 2013: Para la tercera generación, la cantidad de hispanos que hablan principalmente español se reduce a un error de redondeo. La segunda buena noticia es la alta tasa de matrimonios intercomunitarios.

El informe de la Academia Nacional de Ciencias revela que entre 30 por ciento y 50 por ciento de los hispanos y asiáticos nacidos en Estados Unidos tienden a casarse con alguien externo a su grupo étnico. Aunque la cifra es algo menor que en el caso de grupos anteriores de inmigrantes –los judíos no ortodoxos, por ejemplo, se casan con miembros de otras comunidades a una tasa de 71 por ciento–, significa de todos modos una tasa de deserción de la mitad a tres cuartos cada dos generaciones.

En la actualidad, los casamientos entre blancos, asiáticos e hispanos están haciendo que las líneas étnicas se esfumen y la integración se acelere. Los matrimonios mixtos están incluso quebrando las barreras entre musulmanes y estadounidenses de otras religiones. Un estudio del Pew de 2015 comprobó que 79 por ciento de los musulmanes estadounidenses se casan con personas de su misma fe.

Eso significa una tasa de deserción de cerca de la mitad cada tres generaciones, más lenta que en el caso de los asiáticos e hispanos, pero aun así razonablemente rápida. Y esta tasa de matrimonios mixtos probablemente se acelere con el tiempo, como ocurrió entre judíos, mormones y otras minorías religiosas.

Económicamente, también, los recién llegados andan bien. Para la tercera generación, buena parte de la brecha de ingresos entre inmigrantes y estadounidenses nativos desaparece. La brecha entre blancos e hispánicos nunca se cierra por completo, probablemente porque los inmigrantes hispanos suelen tener menor educación formal y niveles de habilidad más bajos, y porque los hispanos más ricos tienden a casarse con integrantes de otras comunidades a más altas tasas.

En general, no hay motivos para temer que las recientes oleadas de inmigrantes se conviertan en una clase permanentemente marginada. Por lo tanto, las noticias sobre integración son buenas. Los temores de la derecha son infundados. Pero eso no significa que no debamos permanecer vigilantes. La integración se da en forma natural, pero un país puede levantar barreras que la vuelvan significativamente más lenta. Estados Unidos debe evitar esos obstáculos a cualquier costo.

El primer y más obvio impedimento para la integración es la xenofobia. Si el gobierno de Trump logra potenciar la hostilidad hacia los inmigrantes hispanos, asiáticos y musulmanes, estos pueden sentir que no tienen otra opción que replegarse a enclaves étnicos. El temor a los inmigrantes se volvería entonces una profecía autocumplida. El país, debe, por lo tanto, mantener una actitud acogedora e inclusiva.

Otra manera de alentar una integración rápida es modificar la mezcla inmigratoria acentuando la capacitación. Aunque todos los inmigrantes se integran, aquellos que tienen una educación formal y habilidades mayores suelen hacerlo más rápido. Afortunadamente, la inmigración a Estados Unidos ha avanzado con rapidez hacia una población con mayor educación formal, probablemente como resultado del fin de la inmigración ilegal.

El gobierno de Trump debe cuidarse de no ahogar esta tendencia positiva asustando a los inmigrantes altamente calificados de modo que no procuren entrar al país o restringiendo su entrada. Un cambio hacia un sistema inmigratorio al estilo canadiense, basado en el mérito, que Trump ha prometido pero aún no ha concretado, sería una ventaja.

Si Estados Unidos logra aplacar su más reciente oleada de ansiedad, el futuro se perfila brillante. Una vez más, los inmigrantes cumplirán el sueño de George Washington y el país seguirá siendo “un único pueblo” –mayor, más fuerte y más dinámico que antes–. El gran experimento estadounidense todavía funciona. Los líderes del país solo deben dar un paso atrás y dejarlo actuar.

Esta columna no refleja necesariamente la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños. Ni la de El Financiero.

*Noah Smith es columnista de Bloomberg View. Fue profesor asistente de finanzas en la Universidad de Stony Brook y ha publicado blogs en Noahpinion.

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