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Coleccionistas de vinos usan la radiactividad

La riqueza de los chinos provocó una fiebre global por almacenar vinos; hay más botellas Chateau Lafite Rotschild 82 que las producidas ese año. Un millonario afectado por una falsificación sacó a la luz un gran fraude.
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28 octubre 2014 21:19 Última actualización 29 octubre 2014 5:5
En la Universidad de Burdeos los científicos analizan minuciosamente las características del contenido envasado en vidrio a razón de 800 dólares por ejemplar. (Bloomberg)

En la Universidad de Burdeos los científicos analizan minuciosamente las características del contenido envasado en vidrio a razón de 800 dólares por ejemplar. (Bloomberg)

El campus de la Universidad de Burdeos se asemeja a una finca de fin de semana en la Gironda: un amplio jardín bañado con el olor de los geranios y castillos dispersos adoptados como aulas o laboratorios. Escondido en una arboleda se encuentra un centro de investigación conocido como el Centro de Estudios Nucleares de Burdeos Gradignan (CENBG), laboratorio del físico Philippe Hubert.

Se especializa en la radiactividad y contiene tres detectores de partículas, el más impresionante se asemeja a un enorme cañón rescatado de un naufragio romano. La máquina se utiliza tradicionalmente para evaluar aguas residuales de hospitales o secuelas de desastres nucleares, pero hoy contiene una botella de 1905 de Carruades de Lafite, el segundo vino de Chateau Lafite Rothschild, un ícono de Burdeos. La tarea de Hubert es discernir si el líquido en el interior es lo que pretende ser, detalla un reportaje de Bloomberg Pursuits.

La demanda por este tipo de autenticación está en auge. En diciembre, el trabajo de Hubert fue la piedra angular en el caso contra Rudy Kurniawan, un comerciante de vinos finos cuyo arresto expone un problema que nadie en la industria está ansioso por discutir: la falsificación desenfrenada de botellas de colección.

“El mercado de las falsificaciones es cada vez mayor y no muestra signos de desaceleración”, dice Michael Egan, exdirector del departamento de vinos en Sotheby’s, el autenticador más destacado.

BOTELLAS SOSPECHOSAS

En 2005, el multimillonario Bill Koch se dio cuenta de que había sido engañado. Cuatro botellas de 1787, que supuestamente habían pertenecido a Thomas Jefferson, resultaron ser falsificaciones. Koch, de 74 años, pagó 500 mil dólares en una subasta y decidió, a la luz del fraude, llevar a cabo un examen general de su bodega de 43 mil botellas. Investigadores identificaron 211 ejemplares sospechosos vendidos por Kurniawan, un expatriado indonesio que vivía en Los Ángeles. Al enviar las botellas a los científicos del CENBG, ni una sola pasó las pruebas.

Koch demandó a Kurniawan e intensificó su cruzada para acabar con el fraude del vino que le costó 25 millones de dólares de su fortuna de cuatro mil 300 millones.

“Tal vez se remonta a mi infancia”, dijo Koch por teléfono desde su rancho en Paonia, Colorado. “Odio que me engañen, cuando era niño me engañaban mucho y yo era un niño débil y vulnerable”.

El 8 de marzo de 2012, el FBI allanó la casa de Kurniawan en Arcadia, California, y descubrió una operación de falsificación elaborada: botellas en el fregadero para aflojar el pegamento de las etiquetas, corchos antiguos y nuevos, un dispositivo para recorchado y 19 mil etiquetas falsas para 27 de los mejores vinos del mundo. Koch testificó para la fiscalía en el juicio contra Kurniawan, y el 7 de agosto, el fraudulento comerciante fue condenado a 10 años de prisión.

BAO-FA-HU

La industria de colección de vino se triplicó en los últimos 12 años. Pasó de 90 millones de dólares en 2002 a más de 300 millones en 2013, según la revista Wine Spectator. Esto se debe en parte a los “bao fa hu” (literalmente: explosivamente ricos) de China y su deseo por las botellas trofeo. Como los precios se han disparado, también lo han hecho las falsificaciones. ‘Red Obsession’, un documental de 2013 sobre la fiebre del vino de China, informa que en la actualidad hay más botellas de Chateau Lafite Rothschild de 1982 a la venta de las que fueron producidas.

A diferencia de relojes falsos, fácilmente identificados por los técnicos capacitados, un vino representa muchos problemas para su autenticación. El mantenimiento de registros es irregular, sobre todo para las cosechas de más edad; incluso los productores más estimados, a menudo no tienen la certeza de cuántas botellas fueron lanzadas en un año determinado. Y sólo un puñado de personas que han probado lo suficiente de los grandes vinos del mundo puede decir si una botella es consistente con otras de la misma época.

El dinero puede ganar las subastas, pero no puede comprar el paladar necesario para diferenciar entre un Chateau Petrus 1947 y un Burdeos dosificado con cabernet de California. Dicho de otra manera: Si una botella falsificada se disfruta y a la par confiere estatus a su dueño, ¿quién está en posición de quejarse? Pero Koch no piensa así, así que gasta más dinero (hasta 800 dólares ) en la validación científica de una botella que lo que la mayoría gastaría en el vino en sí.

TRES ETAPAS Y UN DÚO CIENTÍFICO

La autenticación es un proceso llevado a cabo por un equipo de tres hombres que Koch reclutó.

La primera línea de defensa es Egan, quien inspecciona con precisión forense todo, excepto el vino en sí: ​​corchos, etiquetas, el cristal.

Una vez que identificó botellas cuestionables, embarca las muestras sospechosas a la Universidad de Burdeos, donde trabajan Hubert y su colega, el físico Herve Guegan. El interés del dúo en la autenticación de vino comenzó hace 14 años, cuando un comerciante belga descubrió 150 botellas de grand cru Bordeaux de 1900. Los científicos sospechaban de una estafa, y entonces Hubert tuvo una revelación ‘bomba’. El isótopo cesio-137 no está en la naturaleza, fue creado por la fisión nuclear después de las bombas de 1945. Hubert razonó que cualquier vino anterior a Hiroshima debe estar libre de cesio-137. Por desgracia para el estafador, los vinos que trató de hacer pasar como de 1900 eran de 1964, año en que los niveles de cesio-137 alcanzaron su máximo.

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