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Anatomía del colapso financiero de Brasil

La dislocación financiera de los mercados emergentes que está viviendo Brasil podría exponer al país a colapsos económicos que afectarían fuertemente al sector pobre del país además de que la disfuncionalidad política aumentaría.
Mohamed A. El-Erian
25 septiembre 2015 20:13 Última actualización 26 septiembre 2015 5:0
Brasil. (Reuters)

Brasil. (Reuters)

Brasil está experimentando una repetición del tipo de dislocación financiera de los mercados emergentes que muchos creían con esperanza que el país había dejado atrás en los años 1980 y 2000. Sin el control de un interruptor diferencial, este ciclo autosuficiente podría adquirir mayor impulso, exponiendo al país a shocks económicos que afectarían de manera particularmente dura a los pobres y aumentarían la disfuncionalidad política.

En respuesta a una salida de fondos de inversión y a una fuga acelerada de capitales, los tres principales mercados financieros de Brasil están atascados en un proceso de destrucción de valor que se refuerza recíprocamente. El resultado es una espantosa combinación de una marcada devaluación de la moneda, costos de endeudamiento externo en alza y tasas de interés internas más altas.

Estas tendencias perjudiciales exacerban la amenaza de otros dos ciclos viciosos, también de una variedad que se autoalimenta:

El primero vincula a los sectores soberano y corporativo. Cuanto más presionados se ven los bonos públicos y la moneda, mayor es la amenaza de contagio para el mercado corporativo.

La rebaja de la calificación crediticia soberana de Brasil a nivel de basura por parte de Standard Poor’s este mes ya hizo bajar las notas de las corporaciones del país, aumentando todos los costos de endeudamiento y refinanciamiento. Por su parte, el escándalo de Petrobras, la compañía más grande del país, generó temores de que el Estado se vea obligado a intervenir con un rescate, sumando incomodidad respecto del balance general soberano.

El segundo
vincula el sector financiero y las perspectivas económicas. Cuanto más perturbados se ven los mercados financieros, mayor es el riesgo para la economía más amplia, que ya se debate con una recesión y una inflación alta. Este ciclo podría desembocar en un aumento vertiginoso de los costos de producción, caídas en la actividad, incrementos del desempleo, salarios reales más bajos, reducción del consumo y una aceleración de la fuga de capitales.

Si las vinculaciones de este tipo se intensifican, se alimentan entre sí, exponiendo al país a lo que los economistas denominan “equilibrio múltiple”: el riesgo de que, en vez encaminarse hacia la media (transitando el camino hacia la estabilidad), la economía de Brasil se deteriore más, potenciando el riesgo de una caída hacia un resultado aún peor.

Brasil necesita con desesperación un interruptor diferencial para eliminar la creciente amenaza de una catarata de resultados negativos. La mejor manera de lograrlo sería a través de una serie de decisiones oficiales, concebidas por el gobierno y aprobadas por la legislatura que restablezcan la dinámica de crecimiento del país, que frenen el deterioro fiscal y reviertan las presiones inflacionarias en alza.

Dichas medidas llevarían a una normalización bastante rápida de los mercados financieros, lo cual derivaría en una apreciación de la moneda y notablemente en costos de endeudamiento más bajos tanto a nivel interno como internacionalmente.

Para quienes siguen de cerca a Brasil y desean que esté a la altura de su considerable potencial económico, este momento evoca a la vez esperanza y ansiedad. La esperanza se basa en saber que, con una mejor gestión de gobierno, no se necesitaría mucho para transformar esta promisoria economía. La ansiedad es que la clase política del país una vez más no sepa servir como corresponde a los ciudadanos, corriendo el riesgo de llevar miseria a los segmentos más vulnerables de la población.

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