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Un paraíso de lujo para los elefantes perseguidos

Ubicado en el norte de Tailandia, Anantara Golden Triangle es uno de los pocos lugares en donde puedes interactuar sin culpas con los elefantes del país.
Nikki Ekstein
Fotografías: Wayne Lawrence
25 agosto 2017 14:29 Última actualización 27 agosto 2017 5:0
elefante e tailandia

Ubicado en el norte de Tailandia, Anantara Golden Triangle es uno de los pocos lugares en donde puedes interactuar sin culpas con los elefantes del país.

Estoy a medio sumergir en el río Mekong, la frontera acuosa que separa Laos de Tailandia y Myanmar, montado sobre una elefanta de grandes orejas, manchas rosas y tres toneladas llamada Poonlarp. Su piel se ve suave a la distancia, pero es mucho más áspera de cerca, cubierta con largos pelos. Su andar, que de inicio parece un suave movimiento entre miel, se siente poco firme desde esta altura. Varía entre testaruda y juguetona. Si alguna vez paseaste a un gran perro terco, tienes una idea de lo que es montar un elefante. Esto está en la lista de cosas por hacer antes de morir que hace que la gente vaya al Anantara Golden Triangle Elephant Camp & Resort. Estar sentado sobre los anchos hombros de Poonlarp, forzando mis piernas a permanecer extendidas tras sus orejas, magnifica su inmensidad. En un momento, da un gran trago y rocía el agua alegremente, como una fuente viviente, desde su trompa.

Es mi segundo día en el Golden Triangle, un lugar de 63 habitaciones entre arrozales y plantaciones de té en el extremo norte de la provincia de Chiang Rai de Tailandia. Volé con mi hermana desde Nueva York a Bangkok y luego tomé un vuelo de conexión de una hora. La camioneta que nos recogió tenía sillas de masaje en lugar de asientos de pasajeros y una canasta de bienvenida repleta de toallas frías para la cara y galletas en forma de elefante.

El resort abrió a principios de los 2000, cuando Minor Hotels, con sede en Bangkok, adquirió Le Méridien y lo transformó en un centro turístico de cinco estrellas. El director general de la compañía, William Heinecke, tuvo la idea de convertir la nueva propiedad en un campo de elefantes; adora a los animales y sentía que el pequeño impacto del resort estilo polinesio en una parcela de 80 hectáreas se prestaría para una lujosa experiencia con la naturaleza. A John Roberts, un conservacionista que había trabajado con elefantes en el parque nacional Chitwan de Nepal, le comisionaron la tarea. No tenía capacitación formal, pero poseía una prometedora visión de turismo sustentable con elefantes. Por ejemplo, en lugar de comprar los animales, Anantara los renta de modo permanente, lo que desmotiva a los locales a atrapar a otro animal con la esperanza de recibir un gran cheque.

Quince años después, el resort ha logrado fama internacional como abanderado del turismo responsable y una de las únicas opciones en Tailandia para viajeros sensibles que quieren pasar tiempo con los paquidermos. En 2006, Anantara creó una propiedad hermana a un costado del Four Seasons Tented Camp, una experiencia más lujosa, con inspiración colonial, aunque ligeramente menos obsesionada con los elefantes.
Para otoño abrirá un tercer campo de 18 mil hectáreas que Minor Hotels construyó en las montañas Cardamomo de Tailandia y Camboya.

Algunos defensores de animales dicen que la línea debe pintarse a solo ver, no tocar, y es un argumento que se ha intensificado en meses recientes. Uno de los videos que ronda en Facebook, publicado en febrero por Unilad Adventures, una comunidad online de viajes con 1.7 millones de seguidores, comienza con una advertencia por su contenido explícito. “¿Piensas pasear en elefantes en Tailandia?”, pregunta el video de 10 minutos con música de violín de fondo. Luego muestra a elefantes bebés encadenados a postes, trabajadores pateando a los animales gigantes mientras los turistas batallan para montarlos.


Un estudio de 2010 de la Wildlife Conservation Research Unit de la Universidad de Oxford expuso a los campos de elefantes tailandeses como uno de los negocios de la industria turística más irresponsables
, no solo por su maltrato a los animales, sino también por motivar a los locales a despojar de sus madres a las crías, algunas menores a un año, y someterlas.

Para 2014, agencias de viajes influyentes, como Intrepid Travel, habían eliminado los paseos en elefantes de sus ofertas. Peticiones de World Animal Protection y Change.org reunieron decenas de miles de firmas en cuestión de días, por lo que más de 100 agencias de viajes, entre ellas algunas menos innovadoras como Thomas Cook Travel, prohibieron los paseos en sus itinerarios.

Cuando Unilad subió el video, algunos viajeros reaccionaron con indignación. A la fecha, lleva casi 17 millones de vistas, ha sido compartido unas 400 mil veces en Facebook y tiene 17 mil comentarios indignados por el horror. “Hubiera querido no contribuir a esto”, escribió uno.

Pero en África, en donde la caza ilegal es la principal amenaza para los elefantes, el viaje en realidad ha sido un motor para su conservación. Tiendas de ropa como Singita están al frente del tema y los safaris de Abu Camp en el Delta de Okavango, en Botswana, rehabilitan elefantes heridos y huérfanos, y los reintroducen a su hábitat.

Para los elefantes del sureste de Asia la gran amenaza no es la caza sino el trabajo. Alrededor de 30 por ciento de los entre 40 y 50 mil elefantes asiáticos están en cautiverio, con frecuencia trabajando en circunstancias peligrosas en la silvicultura o actuando en las calles.

El legado de la labor del elefante data de hace 3 mil años. La tradición es tan antigua que Arthashastra, el antiguo tratado que guiaba a los reyes indios en el primer milenio antes de Cristo, instruía sobre el estado de los bosques y dónde debían vivir los elefantes.

Entre sus cuidadores, un grupo alguna vez respetado, los padres les enseñan a sus hijos cómo lidiar con los animales, tal como un ranchero cuida sus caballos. Pero los elefantes son mucho más difíciles de mantener: pueden comer más de 200 kilos diarios, en su mayoría de plátanos, vegetales y hierbas.

Considerando la cantidad de elefantes que siguen en cautiverio “es extremadamente difícil llegar a soluciones manejables y amigables para el elefante”, dijo Roberts, ahora director del grupo de conservación y sustentabilidad en Anantara. Afuera del resort ayuda a dirigir la fundación de elefantes asiáticos Golden Triangle y el programa en el sureste de Asia que enseña a cuidadores técnicas más amables de entrenamiento enfocadas en el refuerzo positivo. En febrero estuvo en Myanmar trabajando en una legislación para ilegalizar la captura de elefantes.

Durante el desayuno del tercer día, se nos unió una elefanta de cinco años llamada Pang Luck, que regularmente acompaña a las visitas en la terraza del restaurante. Después de comer helado con maracuyá fresca y miel local, le damos puñados de pequeños plátanos. Utilizando los dos “dedos” puntiagudos al final de su trompa, succiona la fruta de nuestras manos, la pela contra sus dientes y luego ayuda a su entrenador a recoger las cáscaras.

Como la mayoría de los 22 elefantes en el sitio, la corta vida de Pang Luck no ha estado libre de tragedias. La rescataron de la actuación callejera, en donde fue explotada a cambio de dinero hasta los tres años. Bounma, una elefanta de unos 50 años con una oreja rota y peculiar pelo blanco en su cola, no era apta para la tala y, en consecuencia, pasó años siendo golpeada; su propietario la llevó a mendigar hasta que fue aceptada en la comunidad de Anantara.

 
 

 

elefante de tailandia. Bloomberg Businessweek


Cuando un elefante es aceptado, Anantara también contrata a su cuidador para que lo entrene y cuide, un empleo que incluye vivienda, seguro médico y educación para sus hijos. También hay oportunidades para que las mujeres se unan a un tradicional colectivo de tejedoras de seda.

Luego de dos minutos en auto llegamos al Dara Camp, en donde la mayoría de los elefantes “en servicio” se relajan en una hilera de establos al aire libre con toldo. Uno por uno, las criaturas gigantes caminan hacia nosotros, quizá sin gracia, pero con un propósito. Poonlarp menea su cola y agita sus largas pestañas. Dah, que sobrevivió a las calles de Bangkok y Pattaya antes de llegar a Anantara, mueve sus orejas hacia adelante y atrás. Bo, la hembra más grande de la horda, le abre su mandíbula a los veterinarios, quienes la premian con puñados de semillas de girasol cuando acaba la exitosa revisión bucal.

La memoria de los elefantes ha sido tema en las mitologías (los animales nunca olvidan, ¿cierto?) No existe una prueba absoluta de esa sabiduría convencional, pero en la última década los científicos han comprobado que los elefantes muestran un extraño nivel de inteligencia animal. Son capaces de resolver rompecabezas sencillos y beneficiarse de constante estimulación mental; como los chimpancés, utilizan herramientas en su hábitat, con frecuencia para espantar moscas. Colaboran entre ellos cuando surgen problemas, se alteran cuando ven un miembro de la horda lastimado, le lloran a sus muertos. Los elefantes son capaces de enojarse entre ellos y luego reconciliarse. Solo se tardan una semana en aprender una orden, como baen (gira) o toi (retrocede), y son capaces de dominar hasta 70 de ellas.

Si pasas aunque sea poco tiempo con ellos, lo podrás comprobar. Una noche cenamos sobre el corral de un elefante mientras que abajo, Pumpui, de unos 50 años, afectivamente envolvía su trompa alrededor del cuerpo de Dah, como un humano colocando su brazo sobre el hombro de otro. Después vimos los colmillos brillantes y las enormes proporciones de Phuki, un animal de cuatro toneladas y uno de los dos machos del resort. Le ofrezco un puñado de semillas de girasol. Su trompa lodosa toma mi mano y, con un suave pero formidable silbido, las semillas desaparecen.

El Anantara Golden Triangle Camp & Resort maneja distintos niveles de alojamiento
y varios de sus precios incluyen comidas, transporte en limusina desde y hacia el aeropuerto, Wi-Fi de alta velocidad y la experiencia de convivir con los elefantes en el Dara Camp.