Terremotos y otras sacudidas
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Terremotos y otras sacudidas

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Bloomberg Businessweek

Terremotos y otras sacudidas

La economía mexicana tiene lo necesario para hacer frente a los recientes desastres naturales que han golpeado al país.

Enrique Quintana
28/09/2017

Durante septiembre dos grandes sismos afectaron a México. Uno en el sureste del país, con la mayor intensidad de la que haya registro en la historia del país, 8.2 grados. Otro, en el centro, que causó cientos de fallecidos y sacudió a la Ciudad de México como no había ocurrido un fenómeno similar desde 1985.

Pero además, por si algo faltara, se han presentado en esta temporada de ciclones, huracanes como Harvey e Irma, de proporciones históricas.

Una pregunta que surge cuando se ven estos impactos es si se afectará de manera severa la actividad económica, propiciando que el crecimiento de lo que resta de 2017 y de 2018 sea inferior a lo anticipado, de alrededor de 2.2 por ciento para este año y en el rango de 2 a 3 por ciento para el próximo.

Por el tipo de afectaciones que se produjeron, es de esperarse que el impacto estrictamente económico sea menor de lo que en una primera impresión podría pensarse.

Las razones son las siguientes:

1.- Hay que distinguir claramente entre la destrucción de activos y la de flujos previstos.
Existen desastres naturales que tienen un gran impacto en la destrucción de casas habitación e infraestructura pública, como pueden ser los terremotos. Y hay otros fenómenos, como las inundaciones o los huracanes, que pueden llegar a tener más impacto en la destrucción de ingresos futuros, sobre todo en el caso del sector agropecuario, el turístico e incluso industrial.

En el caso del sismo en el sur del país, las cifras oficiales hablan de cerca de 27 mil viviendas destruidas o con daños suficientemente grandes como para ser inhabitables y de cerca de 100 mil adicionales con diversas afectaciones.

Además, hay daños en algunos cientos de edificios públicos, como escuelas o instalaciones oficiales, así como en decenas de puentes y tramos carreteros.

La destrucción o el daño de estos activos no necesariamente generan menor crecimiento. Por el contrario, a veces la reposición de activos destruidos o dañados impacta positivamente en la actividad económica. Es probable que esto suceda en el caso de Oaxaca y Chiapas, y que se refleje en 2018.

En el sismo que afectó el centro del país, aunque generó un mayor número de víctimas y la destrucción de edificios de mayor tamaño, tampoco tendrá una repercusión negativa elevada. La estimación de cerca de 50 edificios destruidos en la capital y miles de viviendas con diversos daños, no implicará un golpe mayor a la economía de la ciudad.

2.- El daño a la infraestructura pública fue limitado.
Cuando los desastres naturales afectan seriamente la infraestructura pública como puertos, aeropuertos, generación o transmisión eléctrica, carreteras o vías férreas, por citar algunos casos, puede haber un impacto mayor en la actividad económica. Sin embargo, los daños generados por sismos y huracanes recientes fueron limitados en esos aspectos y no afectaron profundamente a grandes infraestructuras.

3.- Oaxaca, Chiapas y Morelos tienen muy poco peso en la economía nacional.
Aun si hubiera un impacto fuerte en las economías de estas tres entidades afectadas por los sismos, su peso relativo en la economía del país es muy limitado. Las tres combinadas significan el 4.4 por ciento del PIB nacional. Y si su PIB perdiera 2 por ciento solo por efecto del sismo, el impacto sobre la economía mexicana sería de poco menos de 0.1 por ciento, es decir prácticamente marginal.

4.- En el caso de la Ciudad de México, la tragedia es humana pero no económica.
La caída de inmuebles en la capital, que propició el mayor número de víctimas a nivel nacional, es poco relevante frente a los cientos de miles de edificios que hay en la ciudad. Y los daños en la infraestructura pública tampoco son significativos.

5.- Hay recursos fiscales para hacerle frente al desastre.
La existencia del Fonden (fondo para desastres naturales), que podría tener recursos por 9 mil millones de pesos, y la existencia del Bono Catastrófico, que podría implicar 150 millones de dólares adicionales disponibles para ser usados tras el desastre, parecen montos suficientes para hacerle frente a la demanda de recursos extraordinarios para financiar la parte de la reconstrucción que corresponde al Estado.

Las turbulencias que podrían pegar más a la economía mexicana en realidad no son las de carácter natural, sino las de índole político y financiero.

El tipo de cambio sigue siendo un termómetro de la evaluación que hacen los mercados del impacto de un desastre.

El 8 de septiembre, en la fecha inmediata posterior al terremoto del sur del país, el peso bajó cuatro centavos su precio frente al dólar. El 19 de septiembre, tras el sismo que causó un gran pánico en la capital, el peso perdió 3 centavos pero, sobre todo, debido a lo dicho por la Reserva Federal y su presidenta.

El Consejo de Estabilidad Financiera, integrado por las autoridades financieras del país y los diversos reguladores, señaló que los factores que podrían generar volatilidad son las tensiones geopolíticas mundiales, una posible aceleración de la normalidad monetaria en Estados Unidos y los sobresaltos que se produzcan en el marco de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica.

En el caso de los aspectos geopolíticos, lo más relevante es la situación que impera en Corea del Norte, con todos sus vaivenes y sus riesgos.

Por otra parte, la normalización de la política monetaria, cuyos primeros pasos se darán en octubre, de acuerdo a lo anunciado por la FED, podría impactar negativamente en la cotización del peso frente al dólar y eventualmente generar incertidumbre, que impactaría en la inversión.

En el caso del Tratado de Libre Comercio, aunque las negociaciones continúan, existe siempre la posibilidad de que el gobierno norteamericano cumpla con su amenaza de abandonar el acuerdo, si no logra que los términos le sean satisfactorios. Esto podría implicar una situación de inestabilidad para la economía del país.

Allí hay factores que pueden afectar la economía y la estabilidad financiera, mucho más grandes que los desastres naturales.

Además, algo que no refirió el Consejo de Estabilidad Financiera, pero que aparece cada vez más como un temor entre círculos de inversionistas y en las evaluaciones de los analistas y las calificadoras es el clima de incertidumbre que puede surgir de los procesos político-electorales, con vistas al 2018, pues existe la percepción de que un posible triunfo de AMLO generaría inquietud por considerársele poco proclive al modelo que privilegia a los mercados y más orientado a esquemas de mayor intervencionismo estatal. En el mejor de los casos, la propia incertidumbre derivada de las incógnitas que su llegada al poder implicaría, podría generar un impasse en las inversiones, con efecto recesivo en la segunda parte de 2018 e inestabilidad cambiaria.

Más allá de los dolorosos impactos humanos de los desastres naturales, en 2017 la economía mexicana tiene un suficiente grado de diversificación como para asimilar y amortiguar el impacto de lo que ha sucedido.

Pero al mismo tiempo, hoy tiene un mayor grado de interdependencia a nivel global como para ser más vulnerable a los efectos de sucesos como la renegociación del TLCAN o al contagio de los eventos financieros mundiales.