La perspectiva lo es todo
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La perspectiva lo es todo

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La perspectiva lo es todo

El estilo de Andrés Manuel López Obrador estaría dividiendo al país en dos grupos: quienes buscan el centro y la convergencia o los que buscan los extremos.

Enrique Quintana
02/11/2018
Algunos empresarios o grupos conservadores no bajan a AMLO de radical, intolerante, mesiánico y con tendencias autoritarias.
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Bloomberg Businessweek

Pese la división y al encono que prevalece en la vida pública de México, sí existen razones para estar optimistas del futuro del país.

Si alguien distante llega al país y trata de formarse una opinión de lo que pasa en México a partir de su observación de las redes sociales, llegaría a la conclusión de que estamos casi en una guerra civil.

La intolerancia y la agresividad que se percibe entre los críticos y los apologistas de López Obrador nos hacen imaginar que en las plazas públicas del país se pueden desatar los golpes en cualquier momento.

Pero no se trata solo de la virulencia con la que a veces se manifiestan los ánimos en el mundo virtual. Si se acude a reuniones de grupos opositores al presidente electo, se pueden encontrar también ese tipo de expresiones.

Algunos empresarios o grupos conservadores simplemente no lo bajan de radical, intolerante, mesiánico y con tendencias autoritarias.

Pero si vamos al extremo opuesto, entonces lo que se registra es un respaldo monolítico y una acusación de que todas las críticas en su contra provienen de “la mafia del poder”, de los “medios fifí” y de todos aquellos que se oponen a la transformación de México.

En los extremos hay quien llama a lanzar agresiones contra los que se opongan al futuro presidente.

López Obrador, por su temperamento e historia, no es alguien que propicie convergencia y encuentro. Polariza. O logra el respaldo incondicional y la reverencia, o el odio que ciega y que solo permite ver sus defectos.

Por lo anterior, creo que en los próximos meses y años tendremos que aprender a dividir al país en dos grupos. No en los partidarios y detractores de López Obrador, sino entre quienes, al margen de que lo cuestionen o lo respalden, buscan el centro y la convergencia, o los que buscan los extremos.

Muchos de ellos quisieran que el nuevo gobierno entrara en crisis apenas llegando al poder. Los opositores pensando en que el gobierno perdiera espacios de maniobra y que incluso se cayera.

Los partidarios más férreos desearían que entrara en crisis y tuviera que radicalizarse para abandonar el centro y buscar respaldo entre quienes buscan medidas contra el sistema.

En contraste, hay un grupo de empresarios e inversionistas que, al margen de no simpatizar con las inclinaciones políticas de AMLO, desearían encontrar un ambiente favorable para el desempeño de su gobierno en el que pudieran tener más influencia las sugerencias de personajes que se perciben sensatos en sus propuestas, como su Jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo; o su secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, solo por citar a dos de las figuras más notorias.

También suponen que entre empresarios e inversionistas que no tienen inclinación partidista ganarían presencia quienes tienen interés en colaborar con el futuro gobierno para asegurar el mejor desempeño de su gestión.

Si López Obrador hubiera mantenido un discurso único y claramente inclinado hacia medidas, o solo radicales o solo moderadas, no habría esta disyuntiva y sería mucho más clara la inclinación de su gobierno.

El hecho es que, si se ve la trayectoria de AMLO desde que ganó las elecciones, se percibe un discurso ambivalente, lo que genera la posibilidad de que se incline en uno u otro sentido.

Hay un grupo muy importante de inversionistas que, en una proporción muy importante, sigue apostando a un desempeño positivo de AMLO: los extranjeros que tienen comprometidos muchos recursos en México.

Se tratan de inversiones financieras, en infraestructura, en plantas, en energía, etc. Las empresas cuyos corporativos no se encuentran en el país, sino que se ubican en otras naciones, pero que además tienen apuestas importantes en decenas de países y tienen una valoración muy diferente de la que tienen los inversionistas locales.

Hace algunos días, hablando con la cabeza regional de uno de los grupos que más dinero invierte en México me señalaba que ellos tienen la experiencia de invertir en muchas naciones de toda índole, con gobiernos de todas las corrientes ideológicas, en coyunturas económicas de lo más diverso.

Con todo y lo polarizante que a veces pueda resultar el discurso de López Obrador, ellos siguen apostando fuertemente a México.

La distancia, la historia y el desapego emocional, a veces dan ventajas a la hora de decidir dónde localizar inversiones.

Hay que aceptar que, pese a los vaivenes cambiarios, hasta ahora no se percibe una salida masiva de capitales sino en todo caso, algunos ajustes de cartera que resultarían lógicos en cualquier cambio de gobierno.

Los grandes inversionistas tampoco le hacen el feo a personajes que políticamente son criticados y despreciados como el señor Bolsonaro en Brasil.

Permítame expresarlo con una metáfora.

Es natural que, si uno vive en el bosque, deba ver los árboles de cerca y algunos de ellos pueden estar retorcidos o estar llenos de maleza invasora.

Y así nos formamos nuestras opiniones conociendo de cerca cómo es ese bosque desde adentro.

Quienes no viven en él y solo lo observan desde lejos tienen una perspectiva muy diferente, en la que no toman en cuenta el detalle sino solo la gran perspectiva, y juzgan y toman sus decisiones sobre la base de ella.

Es difícil combinar las dos ópticas. Quienes vemos las cosas de cerca criticamos a los que carecen del conocimiento cercano y de los detalles. Los que las ven desde lejos, cuestionan la ausencia de perspectiva, de una observación que haga caso omiso de los detalles y observe predominantemente el conjunto y su dinámica.

La primera mirada, en circunstancias como las que hoy vivimos, nos hace pesimistas por los errores y la confrontación que vemos. La mirada distante está mucho más tranquila porque no ve amenazas de cambios radicales.

Y en este caso, no hay manera de definir quién tiene la razón. A veces, algunos de los que observan los detalles detectan, antes que nadie, los grandes cambios que luego también se reflejarán en las macrotendencias.

En muchas ocasiones, se magnificarán hechos cuya trascendencia de largo plazo resultará más limitada de lo que parecía pues no modificaron en lo fundamental la trayectoria del país, aunque a veces pareciera que lo harían.

En la circunstancia actual de México, me parece que, sin perder de vista los asuntos específicos que a veces nos llaman la atención en el día a día de la vida económica y política del país, debemos aprovechar la visión panorámica y de largo plazo que a veces ofrecen los grandes inversionistas, quienes incluso ven al gobierno de López Obrador, no como “el final de la historia” sino como un capítulo más del desarrollo de México, con sus claroscuros que a muchos disgustan y alarman y a otros tantos entusiasman.

Un empresario que capitanea una empresa que fue fundada en México en el siglo XVIII dijo en un encuentro en el que fue homenajeado que, si su empresa fue capaz de resistir la Independencia, las guerras del siglo XIX, la revolución y los cataclismos del siglo XX, seguramente bien podría resistir esta “cuarta transformación”.

Tal vez necesitamos más empresarios con esta visión, que sin renunciar a la crítica y al cuestionamiento, contagien ese optimismo por el largo plazo.