En busca de la utopía perdida
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En busca de la utopía perdida

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En busca de la utopía perdida

Políticos de todas las tendencias proponen programas para regresar a la utopía perdida denominada como 'desarrollo estabilizador'.

Enrique Quintana
17/05/2018
El 'desarrollo estabilizador' priorizó la producción nacional.
logo OPINIÓN
Bloomberg Businessweek

No la llaman igual en todas partes, pero siempre se trata de una época no muy distante, que se fue. Es una memoria de “los años en que fuimos felices”.

En Estados Unidos, era el tiempo en que las manufacturas tradicionales en estados como Michigan o Pennsylvania eran líderes mundiales. En Gran Bretaña era el tiempo en el que había pocos inmigrantes y no existía algo que se llamara Unión Europea. En México, esos años felices fueron conocidos como “desarrollo estabilizador”.

El común denominador es que en el imaginario colectivo se trataba de una era de prosperidad en la que supuestamente los niveles de vida eran más elevados y, sobre todo, no existía la incertidumbre que prevalece ahora.

Esta imagen que existe en la mente de la población ha servido para que políticos de todas las tendencias propongan programas y lancen movimientos para pretender regresar a esa utopía perdida.

Independientemente de si son de izquierda o de derecha, están en contra de la globalización, la apertura, la competencia y proponen una reivindicación del nacionalismo, una búsqueda de fronteras más cerradas y un regreso a prácticas que prevalecieron en aquellos ‘tiempos felices’.

Si la globalización hubiera repartido de modo generalizado sus frutos, los que toman estas utopías como estandarte no hubieran tenido espacio en el espectro político o hubieran quedado como expresiones marginales y claramente minoritarias.

Los partidarios de la globalización creyeron que habría beneficios generalizados en la población de manera más rápida y subestimaron la reacción pública en sociedades democráticas.

Detengámonos en México.

Andrés Manuel López Obrador, el candidato puntero en las encuestas, ha planteado de manera explícita que su programa económico retomará muchos aspectos de los que había en el “desarrollo estabilizador”, allá en los años cincuenta y sesenta.

También ha condenado al neoliberalismo que dominó la política económica en México desde mediados de los ochenta y lo ha acusado de ser el responsable de las crisis nacionales.

¿Qué ocurrió en aquellos años en México que ahora son evocados con nostalgia por muchos?

Se trató de un periodo en que la economía mexicana creció a tasas de 6 por ciento al año, que hoy parecen inalcanzables.

Lo mejor de todo es que ese crecimiento se combinó con más empleo y más salarios reales, lo que generó un alza de los niveles de vida como nunca se había visto –ni se vio después– en la historia del país.

Y por si algo faltara, todo ocurrió en medio de una gran estabilidad de precios y de tipo de cambio.

La razón de que ocurriera todo esto en México fue porque se dieron fenómenos estructurales que solo pasan una vez en la historia de cada país.

Tuvimos un proceso de migración masiva del campo a las ciudades. Se configuró, de hecho, una nueva sociedad urbana ocupada en el sector industrial y los servicios, cuya productividad, y por lo tanto sus ingresos, se dispararon.

El crecimiento promedio de la población era superior al 3 por ciento y eso mismo propiciaba un mayor incremento del producto interno bruto (PIB).

Todo esto ocurrió en un marco internacional de tipos de cambio fijos y en un mundo mucho más cerrado del que tenemos en la actualidad.

En México, sin embargo, vivimos esta realidad en medio de un sistema político hermético, con un partido único, con un régimen autoritario y con una sociedad mucho menos compleja que la que tenemos hoy.

Éramos un país semiurbano, con un ingreso per cápita de 3 mil dólares anuales y con una gran expectativa de crecimiento.

El rompimiento de la utopía fue largo y accidentado. Comenzó con el desastre fiscal de los setenta ante una indisciplinada política de gasto del gobierno de Echeverría, luego siguió con un crecimiento exponencial de la deuda, en la expectativa de un boom petrolero que se frustró cuando cayeron los precios.

El desastre llamó de nuevo a la ortodoxia, pero en un contexto completamente diferente al de la década de los sesenta, en un mundo que había roto las anclas de la estabilidad y que buscaba nuevas opciones ante un estilo de industrialización que ya no daba más y un proceso de urbanización en crisis.

Así comenzó la apertura formal del comercio internacional, primero de manera unilateral y luego a través del ingreso al GATT. También hubo un primer impulso para privatizar empresas, pues el gobierno se había vuelto dueño de restaurantes, hoteles, fábricas de bicicletas o de cuanto negocio hubiera requerido salvarse para no poner en riesgo los empleos.

También comenzó la disciplina fiscal y la liberalización.

Fueron años en que los ajustes castigaron a la economía y en los que, poco a poco y dolorosamente, comenzó a construirse una base productiva competitiva y exitosa, principalmente vinculada a las exportaciones.

El problema es que el éxito del nuevo modelo fue limitado. Se acotó a ciertas regiones, a algunos sectores y, sobre todo, al segmento moderno de la economía.

Se excluyó a un grupo amplio que fue proclive a escuchar a quienes reivindicaban con nostalgia el pasado.

Pero aun en áreas en las que hubo modernización del país, la inseguridad brotó por diferentes lugares, asociada con el narcotráfico, y la corrupción sentó sus reales.

A lo largo del periodo que transcurrió de 2015 a 2018, el gobierno y una parte importante del sector privado perdieron autoridad ante el grueso de los electores.

Ya no se aceptó la oferta de un futuro mejor bajo la lógica de la globalización y, en contraste, se valoró más ese pasado distante en el que todo parecía ir mejor.

El problema es que los apologistas del retorno a esa ‘edad de oro’ pierden de vista que ya no tenemos un sistema internacional de tipos de cambio fijos, que ya no cabe la sustitución de importaciones y ahora se requiere apoyar la competencia, que el Estado ya no es el ente poderoso de antaño. Y, en suma, que el mundo ya es otro.

Más allá de todas las virtudes del tiempo pasado, no es opción echar para atrás la rueda de la historia, al margen de deseos.

Y las razones de que esto no sea posible tienen que ver con que el entorno internacional que sustentó los arreglos institucionales del “desarrollo estabilizador” ya no existe. Pero aún más importante que ese factor está el hecho de que la población mexicana ya cambió, en términos sociales, económicos y políticos.

El intentar regresar, por ejemplo, a una estrategia de sustitución de importaciones ya no podría operar, porque el Estado ya no cuenta con la posibilidad de fijar el tipo de cambio para encarecer las importaciones y propiciar así la producción nacional o con la libertad para imponer diversos aranceles que limiten las compras al exterior.

Si se intentara echar mano de viejos instrumentos, probablemente se generaría un modelo de políticas inconsistentes e ineficaces que golpearía al sector exportador moderno sin revivir a los productores del mercado interno.

Un escenario es que la realidad acabe imponiéndose y que las promesas de campaña se topen con las numerosas restricciones del mundo actual.

Así, la esperanza del regreso a la utopía de millones puede convertirse muy pronto en la frustración de no conseguirlo y el enojo de haber sido engañados una vez más.