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Conoce por qué Moscú es la versión más ‘cool’ de Rusia

A menos de un año de arrancar el Mundial de Futbol, la capital rusa se reinventa como un modelo de la planificación urbana.
Por Valerie Stivers
Fotografías de Sasha Arutyunova
08 septiembre 2017 19:8 Última actualización 09 septiembre 2017 5:0
Moscú Businessweek

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Moscú tenía un aire medieval cuando llegué por primera vez hace casi 20 años, en enero de 1998, en busca de aventura. Había pocos espectaculares, anuncios o escaparates. En la pequeña tienda de abarrotes de mi zona, mujeres vestidas con chales pesaban mis compras en una báscula arcaica. Para comprar una manzana, tenía que hacer tres filas. Mi amiga Olga trabajaba en Krisis Genre, uno de los primeros bares de Moscú, y caminar hasta allí por la noche desde el metro Kropotkinskaya era recorrer calles completamente desiertas.

Qué grandeza tenía entonces Moscú, qué cultura. Aún en ruinas, era el lugar más hermoso en el que había estado. Estaba deslumbrada por la escala monumental de la ciudad, los enormes bulevares y la arquitectura brutalista, los océanos de mármol en los metros, las estatuas socialistas de mujeres obreras que miraban hacia un futuro utópico.

La disolución de la Unión Soviética en 1991, que Occidente celebró como un triunfo, había sido devastadora para muchos moscovitas. A los maestros y trabajadores de las fábricas propiedad del gobierno no les pagaron durante meses y la clase media pasó hambre. A finales de los años noventa la vida era menos penosa, pero había dos monedas circulando, la segunda emitida para hacer frente a la hiperinflación de la primera, y los servicios urbanos habían colapsado. Los parques estaban llenos de basura y de alcohólicos, las áreas de juegos estaban alfombradas con cristales rotos y olían a orina y las hermosas estaciones del metro estaban saturadas de puestos. Ni siquiera limpiaban la nieve en el largo invierno.

Hoy Moscú es limpio, verde y acogedor en las zonas que no están sometidas a una renovación diligente. Los destellos de majestuosidad han dado paso a un resplandor uniforme, aunque algo de su singularidad subsiste. En una calle donde una vez me senté en un banco a llorar de frustración por no saber usar una tarjeta telefónica soviética, ahora hay un café que ofrece un lugar cómodo para utilizar el nuevo Wi-Fi gratuito de la ciudad. La cafetería rebosa de risueños jóvenes rusos que cargan computadoras portátiles y beben café en vasos para llevar.

El cambio en Moscú refleja muchas cosas: una verdadera juventud postsoviética, la relativa estabilidad de Rusia, pero la apariencia radicalmente diferente de sus calles es también una historia de planificación urbana tan gigantesca en escala y ambición como aquellos monumentos del realismo socialista. Gran parte de la transformación ha sucedido en el pasado muy reciente o todavía está en curso. Abarca casi todo: las carreteras, el metro, los parques, las fachadas de los edificios, el alcantarillado, el cableado y el alumbrado.

Al parecer, el motor que está detrás de la reinvención de Moscú es su alcalde, Sergei Sobyanin. El funcionario de 59 años, quien fue gobernador de la región de Tiumén, fue primero fichado por el Kremlin para convertirse en miembro del personal administrativo de Vladimir Putin. En 2010 reemplazó, por designación, al presuntamente corrupto alcalde Yury Luzhkov. En 2013, Sobyanin ganó el cargo por voto popular en las primeras elecciones a la alcaldía en 10 años, derrotando al político de la oposición, Alexei Navalny, quien obtuvo el 27 por ciento de los votos.

Moscú, la capital del país y el lugar donde sus grandes corporaciones y oligarcas están domiciliados y pagan impuestos, es visiblemente próspera. Según el Brookings Institution, tiene la décima economía más grande entre las áreas metropolitanas mundiales por Producto Interno Bruto (Nueva York está a la cabeza, seguida por Tokio y Los Ángeles). Favorece que Moscú sea tratada más como un estado que un municipio bajo el código tributario ruso y se queda con un porcentaje desproporcionado de sus ingresos fiscales. Uno puede ver el dinero en los autos BMW y Bentley que circulan por las remozadas calles, en el glamour de los clubes nocturnos, en el nuevo metro o en los concurridos centros comerciales a las afueras de la ciudad.

Esto es así, a pesar de que la economía ha sufrido el desplome de los precios del petróleo y, en menor medida, las sanciones impuestas en respuesta a las incursiones militares del presidente Putin en Ucrania y el apoyo militar a Bashar al-Assad en Siria. Los ingresos de las compañías de petróleo y gas, que una vez constituyeron el 25 por ciento de la recaudación fiscal de Moscú, han caído a cerca del 5 por ciento, dice Sergei Levkin, director del departamento municipal de políticas para la construcción de obras. Pero Rusia ha resistido el derrumbe de los precios del crudo mejor que muchos países dependientes del petróleo, según el Banco Mundial, que también predice un modesto crecimiento económico para el país.

Moscú no ha resentido tanto los golpes de las sanciones. Las consecuencias más graves, explica Mikhail Dmitriev, presidente de la consultora rusa New Economic Growth, son regionales; el estancamiento de la industria financiera (un efecto secundario de las sanciones) ha frenado el desarrollo en las provincias, que a diferencia de Moscú no pueden pagar por nuevos caminos y puentes con sus presupuestos fiscales.

El presupuesto de Moscú en 2016 fue de 28 mil millones de dólares. Para poner esto en contexto, éste tiene que servir a una población que duplica la de Nueva York (17 millones frente a 8.5 millones) con poco más de un tercio del dinero. De allí la importancia de los planificadores para sacarle el máximo provecho a los recursos.

El sexto Foro Urbano de Moscú, organizado en julio, contó con la participación de 419 ponentes (entre financieros, visionarios tecnológicos, empresarios, arquitectos y urbanistas de Rusia) y el tema de este año fue la “aglomeración”, el fenómeno de las desbordadas megalópolis del futuro que se tragan suburbios y ciudades más cercanas para crear una sola masa urbana. Este proceso es inevitable, de acuerdo con las predicciones de población de la Organización de las Naciones Unidas, y Rusia lo ha adoptado para Moscú. En 2014 incluso tomó un trozo de territorio de la provincia circundante, duplicando el tamaño geográfico de la ciudad, y anunció planes para reubicar allí las oficinas gubernamentales que hoy están en el centro, una medida copiada de Beijing.

Durante el foro, funcionarios rusos de toda índole enfatizaron que siguen las mismas tendencias que impulsan el resto de las boyantes culturas urbanas del mundo, en términos de carriles para bicicletas y cafeterías, sostenibilidad y peatonalización. El alcalde Sobyanin inauguró el foro leyendo una carta del presidente Putin. “En la actual economía global”, rezaba, “la competitividad de las megaciudades de un país determina la competitividad del país en su conjunto y por lo tanto estamos prestando mucha atención a la calidad de vida en Moscú, todos los elementos de la infraestructura, el tráfico, el ahorro energético y la protección del patrimonio cultural”. Escuchar “calidad de vida” y “Moscú” en la misma frase es una sorpresa. En 2012 y 2013, Moscú tuvo el peor tráfico del mundo, según el índice TomTom.

La capital rusa enfrentó antes, y sigue enfrentando ahora, otro desafío a la calidad de vida, al menos desde una perspectiva occidental. El partido de Putin, Rusia Unida, llama “democracia soberana” a sus elecciones controladas y en la actualidad le impide a Navalny postularse a la presidencia. En 2013 se aprobó una ley que criminaliza la “propaganda gay”. El lenguaje de la ley es lo suficientemente vago como para significar que puedes ser multado por hablar sobre ser gay en público. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos la calificó como una forma siniestra de discriminación patrocinada por el Estado. También pueden encarcelarte por insultar la religión dentro de una iglesia. Los reportes de censura en las artes abundan en la prensa alternativa y de habla inglesa.

Putin, sin embargo, tiene un índice de aprobación perennemente alto. La disidencia pública se centra más frecuentemente en la corrupción que en las cuestiones de justicia social y libertad de expresión. Este año ha sido testigo de protestas anticorrupción inusualmente acaloradas, a pesar de las medidas de la policía para reducirlas. Un informe de 2016, del Comité de Iniciativas Civiles de Rusia, concluyó que la tasa de emigración del país es más alta que las cifras oficiales. Sir Roderic Lyne, el embajador británico en Moscú entre 2000 y 2004, calcula que entre dos y seis millones de jóvenes rusos han salido en los últimos 25 años.

Con todo, Moscú está enfocada en “competir globalmente diseñando localmente”. El programa My Street impulsa el rediseño de áreas céntricas para dar prioridad a los peatones sobre los vehículos y ecologizar cuadra por cuadra, convirtiendo el centro de la ciudad en un área de juego para los jóvenes, con columpios neobrutalistas cerca del metro Mayakovskaya y rampas de patinetas junto al río. La última adición es un programa de eventos y festivales llamado Moscow Seasons, que combina mercadillos, gastronomía, concursos y exhibiciones de arte a gran escala. En palabras de Lyne: “Si simplemente hablamos del entorno construido, esta es la mayor transformación que he observado”. Comenta que “algunos de los edificios erigidos bajo Luzhkov eran de una grandilocuencia y vulgaridad Trumpiana. Creo que el gusto ha mejorado con el cambio de alcalde, y Moscú se ha vuelto una ciudad muy habitable y moderna”.

Cuando Sobyanin asumió el cargo, una de sus primeras decisiones fue crear un departamento central de tecnología de la información. Contrató a Artyom Ermolaev como ministro de TI. La centralización ahorró dinero y le dio a la ciudad nuevos poderes en la recolección de datos. Más allá de las cuestiones de vigilancia, usar algoritmos basados en cuándo y cómo se mueve la gente ha permitido que el departamento de Ermolaev genere una amplia lista de funciones tecnológicas. Más de 200 servicios municipales están disponibles en los dispositivos móviles. En todos los distritos han aparecido centros de datos donde los residentes pueden solicitar documentos o pagar facturas con la ayuda de una persona. Una aplicación llamada Active Citizen, que cuenta con un millón 600 mil usuarios registrados, permite votar sobre cosas como rutas de autobuses y vacaciones escolares.

“Diría que Moscú está entre las primeras ciudades en términos de innovación”, dice Dominic Barton, socio gerente de McKinsey & Co. que habló en el foro. En ese pequeño club de alcaldes de vanguardia están “John Tory en Toronto, Sadiq Khan en Londres y el alcalde de Seúl”. No obstante, hay límites implícitos, los usuarios de la Wi-Fi pública, por ejemplo, deben identificarse. Eldar Tuzmukhametov, ejecutivo de TI encargado de aplicar las mejores prácticas internacionales, dice que esta imposición vino del Kremlin: “Sabes que Rusia y Moscú son cosas muy distintas”.

La conexión inalámbrica sin costo se agradece, pero la comodidad de una ciudad gravita en torno al tráfico, una potencial pesadilla. Las autoridades rusas están combatiendo esto. “Si te toma hora y media llegar al trabajo, tendrás menos fuerza y trabajarás menos productivamente, las personas buscarán otra ciudad para vivir”, dice Levkin, del departamento de obras. Por ello, Moscú se ha embarcado en la reestructuración inmobiliaria y del transporte, trabajando por un lado para que la gente se desplace con más facilidad y por el otro para acercar sus hogares y lugares de trabajo, una visión popular en los círculos de diseño urbano. La mejor megaciudad, nos dicen los especialistas, debe tener múltiples “nodos” peatonales, en lugar de uno o dos centros donde se aglomere la gente.

Moscú gasta el 15 por ciento de su presupuesto total en transporte; ha instituido cuotas a la congestión, añadió un anillo de circunvalación, conectó mejor los barrios periféricos y puso en marcha el popular tren ligero Moscow Central Circle de 54 kilómetros, que conecta los barrios periféricos entre sí y con las estaciones de metro existentes. Éstas se han limpiado y han eliminado el ambulantaje. La capacidad total del metro aumentó un 30 por ciento desde 2013 y se espera que se duplique en los próximos cuatro años. En el índice TomTom, Moscú ha mejorado en términos de tráfico, cayó del primer lugar hasta el decimotercero. No es un triunfo pequeño para una ciudad cuyas primeras avenidas fueron construidas 500 años antes del motor de combustión.

La reforma de la vivienda ha sido “menos exitosa”, dice el economista Dmitriev. En abril de 2017, el ayuntamiento adoptó un proyecto de ley para derribar cuatro mil 500 edificios de hormigón prefabricados de la época de Khrushchev, hogar de más de millón y medio de residentes, con la promesa de trasladarlos a mejores apartamentos en la misma área o una similar. Sobyanin declaró que el programa “evitará que tengamos que lidiar con viviendas estructuralmente deficientes en Moscú durante las próximas décadas”. Las protestas públicas no se hicieron esperar, algunos residentes se opusieron o entraron en pánico por la falta de detalles. En los meses siguientes, la ciudad ha dado algunas respuestas, ampliado el periodo de suscripción a través de la aplicación Active Citizen y modificado el proyecto inicial, que ahora incluye cinco mil 144 edificios. Se prevé que el proceso tenga lugar en un lapso de 15 años a un costo estimado de 58 mil millones de dólares.

Desde el anuncio, Moscú se ha visto inundado de conjeturas en torno al proyecto. El sitio web alternativo Meduza.io sugería que el proceso de votación por el cual los residentes se suscribían estaba amañado (en teoría, un bloque de departamentos seguiría en pie si la mayoría de sus residentes votaba por no). Se ha especulado que el programa es una oportunidad para la corrupción del gobierno o que es un rescate de las grandes empresas inmobiliarias de Moscú. Otros afirman que el gobierno está tratando de nacionalizar los bienes raíces. “Es una orden estatal con dinero público y eliminará totalmente a los desarrolladores inmobiliarios independientes”, dijo a Bloomberg Businessweek un ejecutivo del sector construcción.
No podemos saber si el desarrollo de Moscú es un complot para canalizar dinero público a los bolsillos de los amigos, una forma de enmascarar problemas económicos, un proyecto para construir un imperio o un intento razonable de generar riqueza y estimular la economía mientras se resuelven problemas de tráfico y vivienda, o un poco de todo. En cualquier ciudad es difícil distinguir los diversos intereses en juego para tabular quién saldrá beneficiado y quién perjudicado por los grandes cambios y Moscú no es el lugar más transparente. Lo que es innegable es la transformación física de la ciudad.

En el centro, los trabajadores han arrancado casi todas las aceras y las han reemplazado por banquetas más amplias de costoso adoquinado, han mejorado todo el cableado subterráneo, han puesto farolas de bajo consumo, restaurado las fachadas art nouveau y reemplazado el antiguo granito por nuevo. Las quejas por las obras se han convertido en la lingua franca. Es un momento complejo para Moscú, que busca competir internacionalmente pero se encuentra cultural, económica y políticamente en conflicto con Occidente.

El primer ministro de cultura de Sobyanin, Sergei Kapkov, apodado “el ministro hipster” por la prensa, es la mente detrás de la visión original de My Street, así como de la estrategia del cuidado diseño y el giro (fallido) hacia una mayor libertad en las artes. Kapkov dejó el gabinete en 2014, posiblemente por haber contravenido la política de conservadurismo cultural del gobierno federal. Queda por ver si los jóvenes rusos, ese importante capital humano, serán felices sin él o sin la clase de liberalismo cultural que él representaba. Sin su talentosa juventud, la ciudad podría resultar insostenible, una fachada, una aldea Potemkin en la tierra de Potemkin y la nueva gran estrategia del ayuntamiento es que los jóvenes lo sepan.