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Esas cosas que nos pasan a todos
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Me robaron mi celular, y ésta es mi tragicomedia con el Ministerio Público

ministerio publico

(Especial)

Isaid Mera 05 febrero 2016 16:58

Ir al Ministerio Público (MP) es una de esas historias de terror que siempre nos cuentan, y que se vuelven realidad.

Esta semana una persona llegó a su casa con un teléfono que no era suyo. Teléfono que sacó de la bolsa de mi pantalón mientras ambos viajábamos en el Metrobús.

Luego del coraje, de cancelar la línea y de borrarle los datos vía remota, había que ir a levantar la denuncia al Ministerio Público. Chanchanchanchán.

Al principio parece fácil. Llegué como a las 11 de la noche, y un amable policía me indicó la zona donde tenía que dirigirme.

Las malas caras comienzan en la primera ‘ventanilla’. Un mostrador tenía detrás de él a una chica que sin sonrisa a la vista me preguntó a qué iba, detalles del robo y datos personales.

Luego del trámite y darme una hojita con datos del robo y míos, junto a la hora, dijo la primera frase que asusta. “Vaya al fondo a la izquierda con el licenciado De la Rosa, quien le atenderá. Hasta aquí termina mi labor, el tiempo que se tarde el trámite depende únicamente de él”.

Me acerqué amablemente al licenciado. Luego de darle un sorbo a su café en vaso de unicel blanco me alertó del lío que se venía.

Me dijo que tenían mucho trabajo y que no sabía a qué hora me podrían atender, esto mientras me enseñaba otros papelitos como el mío, donde resaltaba uno que tenía como hora las ocho y minutos de la noche. Es decir, alguien tenía casi cuatro horas, para entonces ya casi la medianoche, y no le habían atendido. ¡Madres!

Y ahí vamos. Supongo que todos los que vamos al Ministerio Público comenzamos la tortura con optimismo, o al menos así me ocurrió a mí. Pensaba que quizá esas historias de terror eran un mito, que quizá yo correría con suerte (Já), que a lo mejor y justo ese día las estrellas se alinearían y todo sería rápido y sutil.

Luego de media hora llegó un chico preguntando si lo habían llamado. Le dije que ni a él, ni a nadie. Platicamos un poco del por qué estábamos ahí y en eso me contó que llegó desde las 8 de la noche. Era él el del papelito del ‘miedo’.

Pasaron unos minutos y decidió algo sensato: dormir mientras le llamaban. Se acomodó como pudo entre el piso y una pared para recargarse y dejó que ‘Morfeo’ le hiciera más pasajera la espera.

Y pasaron más minutos, lentos minutos, mientras frente a mí tenía al licenciado De la Rosa y su equipo, conformado por tres hombres, y dos mujeres, todos llamándose entre sí “licenciados”. Había una chica más, también llamada “licenciada”, la cual iba y venía llevándoles hojas a sus compañeros. Tenía el cabello pintado de ¿rojo?, que contrastaba perfectamente con el rostro poco expresivo que tenía.

Y yo les miraba ahí y pensaba en qué pasará por su mente al vernos. Esos infelices que tuvieron la desdicha de ser víctimas de la delincuencia y que ahora ruegan por ser atendidos por alguna autoridad de nuestro sistema de justicia.

Lo peor quizá es que parece que sí están ocupados, y uno luego incluso piensa que deben ser cosas más importantes que lo que nos tiene ahí. Ilusiones ópticas.

Miré fijamente a uno de ellos, que además de vernos con desprecio no se veía muy apurado en atendernos pronto. ¿Qué pensará cuando a él le toca vivir cosas así? Por ejemplo, cuando va al seguro social y se tarda 4 horas en ser atendido para recibir una receta de Paracetamol ¿odiará a quienes lo hacen esperar? O quizá no, porque se acuerda de lo que ocurre en su oficina. Sabrá Dios, y el Santo de los Ministerios Públicos.

Por ahí de la 1 de la mañana llamaron a una señora que iba a denunciar que un hojalatero desapareció con el auto que le dio para arreglarlo. Iba acompañada de un señor que le quiso acompañar a su cita con el agente del MP, pero que fue detenido en seco por la chica del cabello ¿rojo?.

“Sólo pasa ella”, dijo directamente sin dar espacio para apelar la sentencia.

Casi al mismo tiempo pasó el chico del papelito del ‘miedo’. Antes de pasar lo desperté del profundo sueño, con cierta pena porque qué tal que estaba soñando que no estaba ahí.

Y enseguida el otro chico que reclamaba que una grúa del Gobierno le pegó a su coche y después huyó.

¿Por qué sabía a qué iban los demás? Entre los que esperamos pasar se crea una especie de hermandad, individuos con la misma esperanza de pasar pronto que se diluye con el paso de los minutos. Un clan que se hace compañía contándose sus desgracias, y también criticando en equipo a los “licenciados”.

La cosa es que ya habían pasado todos los que estaban esperando, menos uno. Exactamente: Yo.

Sin embargo ver pasar a los demás del equipo alimenta la esperanza de pasar pronto. Al final el licenciado De la Rosa y otro señor más estaban libres y quizá podría tener la dicha de que me llamaran.

Pero no pasó. Y los otros denunciantes seguían sentados frente a los agentes del MP contestando quien sabe cuántas cosas.

Luego por ahí de las 2:30 de la mañana un suculento olor avivó mis sentidos. La chica del cabello ¿rojo? sacaba tamales de una bolsa de plástico y los llevaba a un horno de microondas.

“No van a comer ahí en su escritorio”. “No nos van a hacer esperar más mientras comen sus tamales”. El maldito optimismo otra vez.

Jódanse todos. Sí comieron en su escritorio tres de ellos, y sí me hicieron esperar más por comer los tamales.

El licenciado De la Rosa, debo decir, no fue parte del convivio exprés que se organizó ahí. Sólo lo permitió. Benditos sean los jefes así.

Tres y media de la mañana, y el jefe le pide a una señorita que si puede atender el último caso pendiente, el del “robo del celular en el Metrobús”, frase que dijo con un desdén que dije, "bueno, quizá tiene razón, total sólo era un pinche celular". Total sólo era un pinche robo más de los tantos que hay en la ciudad. Total.

Y me llamaron. Me tomaron la declaración, con la cual la “licenciada” fue llenando un ‘machote’ que tienen ya listo para las demandas.

Unos 20 minutos y terminamos. Pensé que podría ir corriendo a encontrarme con mi cama, pero no. Había que ir con el policía de investigación. Qué nombre tan bonito, uno se imagina a un detective de película.

“¡Isaid Mera!”, gritó el policía de investigación, que tenía los ojos rojos, al mismo tiempo que se quitaba las lagañas.

Un buen tipo, muy peculiar. Comenzó preguntándome los hechos.

“Iba en el Metrobús, quería bajar en la estación Félix Cuevas, pero no pude por el amontonamiento y también porque un tipo me empujó hacia adentro, lo cual ahora me parece extraño. Como no pude bajar me seguí a la siguiente estación, Parque Hundido, donde descendí y justo al salir del coche me di cuenta que no tenía el celular”.

Primera duda de nuestro ‘Dick Tracy’ fue si no lo había perdido, e incluso cuestionó si no me quedé dormido y me lo quitaron, o bien si se me había caído. Le dije que no, que me lo sacaron de la bolsa.

Luego en una hoja pintó una especie de mapa con las estaciones Parque Hundido y Félix Cuevas.

“¿Entonces lo perdió en Colonia del Valle?”

-No, señor, en Parque Hundido

“Uy, ya está mintiendo, primero me dijo que en Colonia del Valle”.

Riéndome, y enojado, le dije que no era verdad, que incluso en esa hoja ¡¡¡pintó el nombre de las estaciones!!!

Se aferró a insistir en que había “inconsistencia” en mis declaraciones, que “cambiaba mi versión”.

Estaba tan enojado que me reía de la impresión. Con un esfuerzo importante me calmé y le dije que no había problema si no me creía, al final, justo como él dijo minutos antes, hay cámaras y ahí vería que mi versión es real.

Llamó a su “pareja” buscando un respaldo en su fantasía de que yo estaba mintiendo. El “pareja”, un tipo con una sensatez fabulosa y una chamarra de cuero negro que le hacía parecer policía (porque hay que parecerlo, ¡carajo!), lo calmó y le explicó que lo que decía tenía sentido y que también era verdad lo que decía yo en temas como que Parque Hundido es la siguiente estación luego de Félix Cuevas en dirección sur a norte.

Porque nuestro Dick Tracy incluso insinúo que me estaba inventando nuevas rutas del Metrobús.

Afortunadamente luego de unos minutos se relajó, apuntó más datos del robo y ya muy amigable me dijo que todo lo que pasó es “parte de su trabajo”, para “cachar a los mentirosos”.

“Usted es periodista y busca siempre decir la verdad, yo también busco la verdad”, me dijo con una cara de seriedad, ceja levantada, que habría envidiado cualquier actor de Hollywood en una cinta policiaca.

Cinco y media de la mañana y por fin salía del MP, pero antes debía recoger mi pasaporte, al cual le habrían de sacar una copia, pero ¿qué cree?

No había copiadora. Ni hojas. En nuestros MP a veces hay más “licenciados” que malditas hojas.

La chica del MP que me atendió pretendió por un momento que me esperara hasta que hubiera una papelería, o algo, donde yo (¡YO!) fuera a sacar la copia que ella requería.

“Es que de hecho ustedes deberían venir con la copia de su identificación, pero ni lo saben”.

JAJAJAJA. Exactamente señorita, soy tan imbécil que no sabía ese requisito.

Afortunadamente nuestro ‘superhombre’, el licenciado De la Rosa, me dio la venia para irme a casa sin entregar la copia, la cual deberé llevar cuando ratifique mi denuncia.

Para la ratificación, por cierto, firmé una hoja diciendo que recibí el citatorio. Pero no, ¡los engañamos!

No lo recibí… porque no había hojas.

Buenos días, licenciados. Hasta luego, ojalá nunca.

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